La vigésima séptima convocatoria del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana ha recaído, muy justamente, en el poeta venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930), quien a sus ochenta y ocho años engrosa la prestigiosa lista de laureados que, desde 1992, han ganado el premio. Entre otros, vale mencionar a Gonzalo Rojas, Claudio Rodríguez, José Hierro, Ángel González, Álvaro Mutis, José Ángel Valente, Pere Gimferrer, Nicanor Parra, Juan Gelman, Antonio Gamoneda, Blanca Varela, José Emilio Pacheco, Francisco Brines, Fina García Marruz, Ernesto Cardenal, Ida Vitale y Claribel Alegría. Por correspondencia generacional, esta distinción le ha debido llegar antes, pero de todas maneras se celebra con creces, porque además es el primer escritor venezolano que lo gana. Habrá que esperar ahora hasta el mes de octubre para que Cadenas asista al acto de premiación que se hará en la Universidad de Salamanca.
Durante 2016 y 2017, por no hablar de estancias previas, Cadenas visitó Tenerife y Gran Canaria. En septiembre pasado, por ejemplo, estuvo en Santa Cruz, ofreciendo recitales en el auditorio de Cajasiete y en el Círculo de Bellas Artes, que contaron con la compañía de los poetas Cecilia Domínguez y Ernesto Suárez. Los poetas canarios y, en general, la poesía española conocen bien y valoran la obra de uno de los grandes de la poesía castellana, cuya obra se caracteriza por un sentido profundo de despojamiento, por un lenguaje transparente y preciso, y por una intención de ver en la poesía un ejercicio permanente de aproximación, que no de logro. Su cercanía a las filosofías orientales, que conoce a cabalidad, convierte sus versos en verdaderos talismanes, capaces de concentrar instantes de profunda revelación.
En otro orden de ideas, el premio de Cadenas tiene una honda significación para un país desahuciado como Venezuela. Ningún gesto de reconocimiento se podrá esperar del oficialismo, que calla convenientemente y que, en general, ha querido enterrar la cultura venezolana bajo consignas doctrinarias, pero sí será recibido por los ciudadanos de ese país como una señal de esperanza, de ejemplo y de convicción ciudadana. A falta de país, la obra de Cadenas se ha convertido en un país alterno, autosuficiente, lleno de señales de vida. Sus lectores se han refugiado en esos versos a la espera de que el país real reaparezca, para así poder saltar de la letra a la realidad. Vale decir que en este trance histórico los escritores venezolanos han estado a la altura de las circunstancias, plantando cara, oficio y opiniones a favor de la libertad de opinión y creación. Cadenas es sólo un máximo ejemplo de una legión que no claudica.
