En Europa ocurre sólo en España. Resulta que las mujeres de una determinada ideología, espoleadas por políticos también de determinada ideología, se han echado a la calle. Protestan por casi todo, lo cual me parece estupendo, porque de la reivindicación puede llegar el conseguimiento. Y a mí me interesa mucho que las mujeres estén contentas, faltaría menos. Lo que ocurre es que en este país se lee poco o nada y entonces se sale a la calle con los conceptos prendidos con imperdibles, no pegados con La Gotita. Yo no voy a decir lo de Óscar Wilde: “Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche”. Válgame el Cielo, que entonces las feministas aguerridas me pondrían en la cúspide del machismo y de chupa de dómine. Esto se podía decir en la Inglaterra de Eduardo VII, cuando Lilly Langtry los encandilaba a todos, incluso a Óscar Wilde, que primero se casó y amó a mujeres y luego se volvió gay. Yo he estado alojado varias veces en el Cadogan, mansión que fue el nidito de amor del príncipe -luego rey- Eduardo con la corista; y sede de las conversaciones animadas de los tertulianos del rey, incluido Óscar Wilde. Es un hotel lujoso y pequeño en el que si las paredes hablaran se podrían escribir mil libros de la Inglaterra de aquellos años. Duró tanto la reina Victoria que el pobre Eduardo reinó sólo unos años, pero ejerció muchos de príncipe de Gales. Las mujeres se bañaban desnudas en las orillas del Támesis, lo mismo que reinan ahora, mal vestidas, en las calles de España. Cada uno tiene su época y las modas son las que mandan, entonces y ahora. La izquierdona femenina de este país le ha tomado la medida al callejero. Yo creo que se trata de sensibilidades contagiosas.
Sensibilidades contagiosas
En Europa ocurre sólo en España. Resulta que las mujeres de una determinada ideología, espoleadas por políticos también de determinada ideología, se han echado a la calle
