Amanecía. Las franjas de colores de la alborada se extendían como cables rojos de montaña a montaña en un gigantesco teleférico de otro mundo. El conductor de la carreta sujetó las riendas con firmeza y dando un grito de aviso fustigó a los caballos para iniciar la marcha.
Deseaba llegar al paso de montaña lo antes posible, pues la pendiente era bastante abrupta y no quería sufrir los embates de Febo en plena cuesta. Luego ya todo era llanear o incluso bajar hasta el río que, una vez atravesado por el vado, le dejaría a las puertas de su hogar.
Deseaba llegar temprano, quería volver a ver la cara de su esposa, de los tres hijos y del ambiente sereno que rodeaba su vivienda. Ya no existían bandas de pieles rojas que le pudiesen acarrear problemas en el viaje, si bien pudiera surgir algún inconveniente que retardase su llegada.
Las cumbres quedaron atrás con sus cimas aún pintadas de blanco. El aire olía a artemisa y ya se veía el azul del cielo en una mañana magnífica. De pronto, una manada de bisontes asomó por una barranquera a su derecha y estuvo a punto de arrollarle. ¡Vaya por Dios! Los únicos animales de esta especia que quedan por estos andurriales y vienen a pasar precisamente ahora por aquí, exclamó.
A esperar tocan. Pacientemente encendió su pipa tras llenarla de aquel tabaco con melaza que tanto le gustaba y volvió a pensar en su casa y, retrocediendo en el camino, en el río, en el vado y en los posibles, aunque no probables, retrasos en su marcha por alguna fortuita incidencia.
Pasaron los bisontes dejando tras ellos una gran polvareda que hizo toser al conductor de la carreta y que obligo a los caballos a trastear adelante y atrás para librarse de aquel pequeño vórtice.
Adelante. Adelante arreando a los solípedos que respondieron con presteza. El llano le recibió convertido en un mar de arbustos de flores amarillas que casi cubrían la senda. Al aplastarlas con las ruedas de la carreta el aire se convirtió, de marrón polvo en ocre neblina que envolvió por unos momentos todo el horizonte del hombre. Finalmente llegaron a unas lomas, de corta pendiente que dejaron atrás la florida sabana.
Más curvas, Un ciervo intentó emular a un corredor de élite y espantó a los caballos. Zonas de alta hierba, algunos árboles dispersos que parecían mojones que señalaban la dirección de la corriente fluvial y, finalmente, el tan ansiado río, con su vado, que le permitiría estar en sus lares en poco tiempo.
Pero al llegar a la ribera contempló con desasosiego el rojo armatoste que cerraba el paso:
¡Otra vez el cabrón de mi yerno ha ocupado todo el espacio del vado con su furgoneta!… ¿Cómo entro yo ahora en el garaje?
