Unos 85 años atrás, una mujer, formada en la rigidez académica junto a maestros eminentes en Madrid, miró a Canarias y se decidió a fundar una institución con dos patas: lo científico y lo propio. El acta fundacional se redactó y firmó en La Laguna el 11 de octubre del año 1932. Desde ese inicio, asomaron las preocupaciones que la futura institución defendería: uno, “carácter regional”; dos, una mirada responsable hacia la universidad (con propuestas como la allí escrita de una Facultad de Ciencias Naturales para la Universidad de La Laguna); y tres, un exquisito cuidado a la hora de asumir y defender los trabajos y dedicaciones a los que el centro se acogería.
Esa mujer fue doña María Rosa Alonso. La institución que nació entonces es el Instituto de Estudios Canarios. Si recordamos a doña María Rosa, traemos a la historia a otros nombres que subrayan su singularidad y la envergadura de aquel proyecto, de don Francisco Aguilar, don Andrés de Lorenzo Cáceres, don José Peraza de Ayala, don Elías Serra Ràfols… a don Wolfredo Wildpret o don Eduardo Aznar Vallejo.
El Instituto de Estudios Canarios está adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Tal cosa es importante en sí, porque tras el reconocimiento se deduce el valor de sus iniciativas sujetas a sus fines, que son: realizar y fomentar estudios y trabajos de investigación científica sobre las Islas Canarias, recuperar y conservar el acervo cultural y científico de autores canarios, antiguos y contemporáneos, difundir y divulgar el conocimiento de temas científicos y culturales canarios, editar publicaciones de interés cultural y científico, relacionadas con el archipiélago canario, etc. En una tierra en la que, por lo general, prima lo antojadizo y cierran las instituciones (incluidas las culturales), con índices de incultura sorprendentes y con designios políticos y no efectivos y consecuentes, una iniciativa tal se asume como una de las cumbres de lo que somos. La vergüenza del machismo y el exclusivismo respecto a la mujer se coloca en su lugar. Porque doña María Rosa Alonso fue mujer. A pesar de la carga que su tiempo le deparaba, hizo constar sus principios, sus derechos y su responsabilidad: el estudio y el rigor. Supo que para conseguirlo habría de sacrificar parte de lo que las mujeres comunes no estuvieron dispuestas a sacrificar. Lo hizo, luego se confirmó y lo confirmó. A punto de cumplir 110 años de su presencia en este mundo, eso es un modelo impar para todos, también para los hombres.
