instantÁneas

El azar objetivo

Con ese título, que fue todo un concepto para el Surrealismo, se exhibe desde marzo a julio en el TEA una importante exposición sobre fotografía de vanguardia

Con ese título, que fue todo un concepto para el Surrealismo, se exhibe desde marzo a julio en el TEA una importante exposición sobre fotografía de vanguardia. Ese género que se quiso sucedáneo de la pintura y antecesor del cine fue cobrando autonomía en los albores del siglo XX. Y no es de extrañar que haya sido el movimiento surrealista, que más o menos nace hacia los años 20, el que lo adoptará para experimentar con imágenes imposibles. Las técnicas de revelado, el ingenio de los retratistas y el impulso de mezclar elementos irreconciliables abrían las puertas de la percepción. Se buscaba el quiebre de la realidad, tal como la concebíamos, y para esos efectos la fotografía venía como anillo al dedo. Esa especie de fidelidad perfecta que el género prometía se va deshaciendo entre las sombras, los pliegues y los revelados sinuosos. He aquí una propuesta para soñar o pensar en realidades alternas. Y si no, piénsese en lo que pudieron aportar fotógrafos como Henri Cartier-Bresson o Man Ray, pioneros donde los haya. El gran sacerdote del Surrealismo, André Breton, cuya estancia en Tenerife nutre las imágenes de su libro fundacional, Nadja, quiso incluir para su primera edición unas cincuenta fotos, prueba de que la ya potente narración necesitaba unas muletillas visuales.

Pero la magnífica exposición también invita a reflexionar sobre la evolución del género, cuya autonomía ya nadie discute y cuya actual factura abarca todo lo imaginable. No hay como ese cruce entre luz y sombra, realidad y sueño, eternidad e instantaneidad, para representar la vida contemporánea (la manía del selfie, por ejemplo, vendría a sobreexponer sus posibilidades). Si hoy se discute que los aprendizajes son cada vez más icónicos y cada vez menos dependientes de la letra, eso habla de una evolución en cuyo origen estuvo la fotografía, esto es, las ansias por pescar una imagen e inmortalizarla. Si en la cotidianidad ya el empeño es enfermizo y nos lleva a otras consideraciones (dejar de vivir en la realidad y anteponer su representación), rescatemos al menos el curso que la fotografía artística lleva para remitirnos a una noción de humanidad plena y siempre profunda. Una fotografía, por ejemplo, del brasileño Sebastião Salgado, en la que retrata a decenas de hombres subiendo por escaleras paralelas, se convierte en una composición visual, y otra donde posa desnuda la artista italiana Tina Modotti se transforma, al decir del poeta Gonzalo Rojas, en un “trato de arteria y luz”.

Estos albores en los que vemos el nacimiento de un género, con toda la libertad de ejecución y con todo el experimentalismo del que la época era capaz, fueron los fundamentos de lo que hoy nos invade en todos los rincones: el imperio de la imagen. Al menos en la fotografía, esa pulsión se enmarca no para obnubilarnos, sino para mirar hacia adentro y descubrir que el alma también puede ser revelada cuando de grandes fotógrafos se trata.

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