Ha llegado un momento en el que la buena narrativa audiovisual se ha mudado del cine a las series. No digo con esto que no se hagan hoy buenas películas –las sigue habiendo, por supuesto, sobre todo en el campo de las producciones alternativas o artesanales–, sino que el empuje que han recibido las producciones seriales es digno de reseñarse porque también traen consigo otros cambios de patrones. Es una constante decir, por ejemplo, que los grandes guionistas de Hollywood se han mudado a las series, pues allí gozan de libertades que el cine no les da. Hay televisoras que hoy sólo se especializan en series, desde la producción hasta la emisión, cambiando incluso los hábitos del espectador. El concepto de temporada en las series correspondería en literatura al tomo de una novela serial, pues si antes los novelistas del siglo XIX hacían entregas parciales de su obra (los llamados folletines), las productoras de hoy se permiten decir que para ver la temporada quinta o sexta de ‘Game of Thrones’ o ‘House of Cards’ habrá que esperar más de un año. Son patrones de lectura que hemos resucitado de otros tiempos, sin que la pulsión de inmediatez que parece propia de esta época se imponga.
Narrativamente hablando, una serie está más cerca de la novela, que no del relato bien estructurado que es toda película. Las series permiten profundizar en los personajes, desarrollar subtramas, crear puntos variables de clímax, hacer recorridos históricos. Se impone, por lo tanto, una escritura larga, episódica, por etapas, que es lo más ajeno a los hábitos de instantaneidadque caracterizan estos tiempos cibernéticos. Ese concepto de levedad o ligereza, que Italo Calvino postulaba como propuesta del nuevo milenio, ¿habrá sido asumida por estos nuevos patrones narrativos? O, dicho de otro modo, ¿con qué tipo de velocidad se narra actualmente? Diera la impresión de que los flujos narrativos se están escondiendo en otro orden, que en ningún caso escapa a la subjetividad. Y la subjetividad no comulga bien con la velocidad (valor siempre horizontal, donde los haya) sino en todo caso con la verticalidad, esto es, con la necesidad de profundizar en un mismísimo punto, hacia arriba (futuro) o hacia abajo (pasado). Las series, precisamente, permiten ese recorrido: el de la subjetividad de los personajes que, por proyección, termina siendo también la de los espectadores.
En síntesis, el apogeo de las series quizás tenga que ver con un momento de requerimientos narrativos en el que el libro es muy lento y las películas muy rápidas. Vienen las series a ofrecer una simbiosis muy particular en la que se funden los valores profundos de la novela (su densidad introspectiva)con la vertiginosidad del discurso visual (su propensión a reflejar la realidad como no lo hace ningún género). El resultado salta a la vista: la mediación entre géneros ha creado un monstruo narrativo con el que conviviremos por mucho tiempo.
