mis queridos amigos y enemigos

Mis queridos amigos y enemigos: contando los sesenta

La primera vez que vi a un cardenal: monseñor Hildebrando Antoniutti. El general Héctor Vázquez y el ministro Manuel Fraga Iribarne, en el Puerto de la Cruz. Siempre me interesé por la política y por los políticos, que entonces no cobraban
Almadi se dirige al público, en la avenida de Colón portuense. DA
Almadi se dirige al público, en la avenida de Colón portuense. DA
Almadi se dirige al público, en la avenida de Colón portuense. DA

Los cincuenta y sesenta, yo un niño primero y luego un joven muy inquieto, fueron muy ricos para mí en vivencias. Claro, yo tenía la suerte de vivir en el Puerto de la Cruz, que era el motor de la isla -y no sólo es un tópico-, además de proceder de una familia muy conocida, lo que me daba ventaja sobre los demás jóvenes de mi edad. Me colaba en todas partes, me interesaba -a diferencia de los chicos de hoy- por la política y por los políticos, que entonces no cobraban. Y posiblemente eran mucho más honrados que la mayoría de los de ahora.

El Puerto de la Cruz siempre recibió a gente importante. Recuerdo la visita del cardenal Hildebrando Antoniutti, recién elevado a la máxima dignidad de la Iglesia. Era nuncio en España y luego fue sustituto de la Secretaría de Estado vaticana. Me pegué a la comitiva, escuché todas las conversaciones y saqué de allí una impropia -para mi edad- afición por las cosas de la curia. Antoniutti era un hombre cordial y solemne, al mismo tiempo.

Los palomeros invitaban siempre al general José Héctor Vázquez, al que le gustaba mucho la colombofilia. Quizá porque utilizó las palomas para enviar mensajes de guerra, cuando fallaba la precaria tecnología del Ejército español. Héctor Vázquez era un capitán general pejiguera, que llamaba la atención a sus oficiales, por ejemplo, por llevar un bolígrafo en el bolsillo superior de la guerrera. Él y Gotarredona Prats fueron dos capitanes generales de tremenda mala leche, verdaderos virreyes de Franco en Canarias, que traían en jaque a sus subordinados y que eran muy temidos por la tropa. Los dos tenían la misma manía: pelar al cero a sus soldados.

A Héctor Vázquez le encantaba el Puerto de la Cruz y venía a cada momento. Recuerdo que una vez acompañó al ministro de Información y turismo, Fraga Iribarne, y al poncio Pablos Abril, a una visita oficial al Puerto de la Cruz. Hay fotos de esta visita, en la que recorrieron los primeros hoteles que se construyeron en la ciudad, a partir de 1958.

No cuento a los viejos establecimientos -Marquesa, Monopol, etcétera-, sino al Tenerife-Playa, Las Vegas, Bélgica y otros, alzados en la finca de los hermanos Fernández Perdigón, en los Llanos de Martiánez, hoy avenida de Colón. Quien traía a todos estos personajes era Isidoro Luz, entonces alcalde y luego presidente del Cabildo, al que destituyó de este último cargo un gobernador civil muy pesado que se llamaba Juan Pablos Abril. Un médico de Cáceres que se tomó muy en serio eso de ser poncio y amargó a todos los que no le caían bien. A Isidoro lo había nombrado presidente insular el anterior gobernador, Manuel Ballesteros Gaibrois, catedrático que fue de Historia de América. Franco lo mandó a llamar porque cobraba las conferencias que dictaba en distintos foros canarios. Lo cita el general Franco Salgado-Araujo en sus interesantes memorias. Con su hija Clarita tuve cierta amistad, en la casa de los Luz. Juan Pablos Abril, por cierto, publicaba, una vez que fue destituido, una serie de largos y pesados artículos en el vespertino La Tarde, recordando sus vivencias en la isla, ue debieron ser muchas porque los artículos eran interminables e infumables. Jorge Zurita se acordará de lo que digo, porque los sufría y era el encargado de insertarlos en el rotativo que dirigía primero su padre, don Víctor, y luego Alfonso García-Ramos.

Héctor Vázquez, Fraga y Juan Pablos Abril: buena madera pa’ trompos. DA
Héctor Vázquez, Fraga y Juan Pablos Abril: buena madera pa’ trompos. DA

En cuanto a personas a las que admiré por su cultura, por su erudición, una de ellas fue Álvaro Martín Díaz, Almadi, un escritor de raza, un periodista de los de antes y un excelente orador. Almadi era amigo de Isidoro Luz e iba mucho por el Puerto. La misma afición la heredó su hijo, Enrique Martín Braun, compañero de Radio Nacional, que cada vez que puede se da una vuelta por mi pueblo, donde tiene o tuvo casa. Almadi me encantaba por su forma de hacer el discurso: vibrante, con contenido, lleno de matices en la dicción. Lo mismo mantenía una fiesta de arte, de las de entonces, que escribía en los periódicos unos preciosos artículos líricos. Si no recuerdo mal, tenía una sección en uno de ellos que se llamaba Balcón sobre la Isla.

Otro buen cronista fue Pedro Félix de Benito, un hombre culto, que conocía muy bien la ciudad portuense. Otro, Antonio Ruiz Álvarez, portuense, que había sido librero en París y al que Isidoro lo nombró primer secretario general del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias. Tenía un carácter difícil. Una vez, cuando el incendio del empaquetado de los Betancores, Antonio Ruiz, en pijama, presenciaba el pavoroso fuego. Y se le ocurrió preguntar, con cierta prepotencia: “¿Dónde está el imbécil del jefe de la Policía?”. El jefe de la policía era mi tío Miguel Sotomayor, teniente del Ejército, que salió de entre el fuego, medio chamuscado y con las gafas negras del humo, y que justamente escuchó el comentario del erudito. Le dio un piñazo y le dijo: “Aquí, estoy aquí, luchando contra el fuego y tú en pijama, pedazo de cabrón”.

Al Instituto de Estudios Hispánicos, al que pertenecí y no sé si aún pertenezco, venían profesores de gran prestigio a impartir conferencias y a intervenir en sus famosos Cursos para Extranjeros, que todavía existen. Uno de los que yo escuchaba con verdadero deleite era a Emilio Lledó, hoy miembro de la Real Academia Española de la Lengua y reputado filosofo. Era catedrático de Filosofía en La Laguna, una persona de lo más agradable, que a mí me paraba en el padre Anchieta, haciendo auto-stop, para llevarme al Puerto, tras acabar las clases en la Facultad de Derecho y en la Escuela de Periodismo. Le tenía mucho afecto y creo que él a mí también.

Otro que impartió conferencias inolvidables fue el poeta Luis Rosales, amigo de García Lorca, también académico y ya fallecido. Recuerdo, ya más tarde, al profesor Guirao Pérez, que fue el fundador de la Facultad de Medicina (fue decano-comisario). Guirao me animaba a estudiar las dos carreras, Medicina y Periodismo, porque sostenía que la ciencia sin divulgación no era nada. En Medicina (que comencé en Sevilla) sólo duré un año. Los muertos de la sala de disección y yo estábamos peleados.

Juan ‘el marqués’, ¿el primer gigoló de la historia? DA
Juan ‘el marqués’, ¿el primer gigoló de la historia? DA

Por esos años pululaba por el Puerto el último gigoló. Juan Ríos, alias el marqués de Ríos, un personaje entrañable, excelente persona, caballeroso y sonriente, que había nacido en el Puerto de la Cruz en el seno de una familia humilde, pero que era un hacha en la conquista de extranjeras de edad madura, a las que enamoraba. Juan era hombre de discoteca, trabajó más bien poco y su simpatía desbordante le hizo cosechar notables éxitos amorosos. Limpio, yo diría que impoluto, dotado de un excepcional don de gentes, yo le pondría su nombre a una calle, como homenaje a tal personaje popular. Jamás dio un escándalo, era saludador, caballeroso, atento, amigo de hacer favores –sobre todo a ellas-. Varias veces fue invitado al extranjero por sus efímeras novias y fue, sin duda, el precursor de Gigi el amoroso, que creo que cantaba la Carrá. Cuando falleció lo sentí mucho, porque yo apreciaba a Juan de verdad. Jamás contó una historia de sus hazañas. Las guardaba para él, por respeto a las otras personas. Ya digo, un auténtico caballero. Eso sí, trabajar, lo que se dice trabajar, más bien poco.

Recuerdos

Digo yo que si uno no los nombra, todos estos personajes caerán, más pronto que tarde, en el olvido. A Fraga Iribarne le encantaba montarse en los camellos de Lázaro, los dromedarios más fotografiados del mundo porque eran la única atracción que tenía el Puerto de la Cruz de entonces. Los pobres animales se asustaban cada vez que veían a don Manuel, con sus zapatones, encaramarse en los incómodos sillones. Isidoro Luz le hacía de contrapeso. Todos estos recuerdos, como ustedes saben, los saco a colación sin consultar una sola nota. No hay notas, a pesar de que ya he publicado varios libros de memorias, en distintas colecciones. Cuando los releo, a veces me emociono, porque me traen un montón de recuerdos.

A diferencia de la gente joven, yo leía todos los días tres periódicos, El Día, La Tarde y el ABC, que llegada por correo a la casa de mi abuelo, al día siguiente de salir en Madrid. Estaba suscrito. Me enamoré de la Tercera, la página más maravillosa que puede publicar un periódico. Escribir en la tercera de ABC era un privilegio al alcance de pocos. También por ahí, además de con la lectura de grandes periodistas del ABC, me entró la afición por esta profesión, que mantengo, más de cincuenta años después.

Tengo, ordenados y encuadernados mis primeros artículos periodísticos de cuando tenía catorce y quince años, mis primeas crónicas en el Aire Libre, mis primeros trabajos de redacción. Afortunadamente, nada se ha perdido.

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