La noche era oscura, llovía, no se apreciaban luces en la estrecha calle ni en las pocas casas de la misma. Algunos cuervos, tal vez grajos, se apiñaban alrededor de un tubo de una chimenea, en el tejado más alto de la calle. Ésta, la calle, acababa en una iglesia, la cual taponaba por un lado la rara U que formaba el pueblo. Tal vez la calle no terminase en el edificio dedicado a Dios, sino que empezase allí. Realmente todo esto no tiene mayor interés, pues la aldea, villorrio, ciudad o pueblo, es lo de menos, lo que importa son sus habitantes, los que duermen, o no, en las casitas terreras de la calle en U.
Todo pueblo irlandés que se precie tiene estos componentes básicos: un castillo, una iglesia y un pub, algunos incluso disfrutan de un río, riachuelo o riacho, pero no es fundamental. Este pueblo que ha salido de mi estropeado cerebro, Killingdogs, está situado, en el mundo de internet, pero en una época muy precisa, hacia la mitad del siglo XVII. Lo encontraríamos, en un momento sangriento, en Eire.
A Carlos I de Inglaterra acaban de cortarle la cabeza. En las monedas de aquellos años es donde aún se le puede encontrar (nos referimos, claro está, a la cabeza de Carlos I) Y aquí tenemos a Killingdogs ese pequeñísimo e inexistente pueblo irlandés, con su iglesia, su río, su castillo y su pub. En realidad pub no tenía entonces, pero tenía una taberna, claro, llamada “El dragón rojo”, donde se consumía gran cantidad de la cerveza fabricada por aquellos predios.
Oliver Cromwell, con cierta ironía llamado el lord Protector, había enviado sus tropas a conquistar la isla rebelde y, tuvo la mala idea de que sus soldados pasaran por nuestro pueblo de Killingdogs. Arrasaron, mataron y se hospedaron en las casas de los pueblerinos huidos o muertos, menos en una, la que los aldeanos llamaban la “casa de la Bruja” y, por si las moscas, los soldados se limitaron a guardar en ella la pólvora sobrante, no fuese que algún maleficio les condenase al fuego eterno.
Volvamos al principio, es decir a “la noche era oscura, llovía, etc.” y entonces apareció una mujer por un callejón. Era una persona mayor, entrada en años para no molestar, partera, comadrona o como se quiera llamar, la cual, en sus ratos libres también hacía tónicos capilares, filtros de amor o lociones para el sarpullido. Esa era la llamada “bruja”, pobre señora mía, que únicamente cuidaba parturientas y a sus vecinos y vecinas necesitados por una u otra razón, proporcionándoles desde una loción contra la picadura de las pulgas, a un filtro para curar amores no correspondidos o linimentos para evitar la caída del pelo.
Pensaba llegarse a la casa del alcalde, o como se llamase entonces el mandamás del lugar en aquellos tiempos, pero nunca llegó. Un soldado borracho le descargó un sablazo en el cuello y casi, casi, su cabeza le hace compañía a la de su difunto rey.
Aquí podría acabar la historia pero mis lectores preguntarían ¿Dónde está la gracia del relato? Gracia, lo que se dice gracia, no tiene y si no que se lo digan a la buena señora que vivía en Killingdogs y que hacía de partera en sus ratos libres.
Lo cierto es que esa noche el centinela que vigilaba y guardaba el depósito de armas y municiones se emborrachó. Hemos de advertir que esto era lo que ocurría el cien por cien de las veces después de un pillaje como el que hicieron en el pueblo que poseía un castillo, una iglesia y una taberna (e incluso en ocasiones un río), dando por resultado que tirase un farol sobre la pólvora y que, junto a unos cuantos grajos que dormitaban en la techumbre, saliese por los aires volando al ocurrir una gran explosión.
Naturalmente, este hecho confirmó sin lugar a dudas de las fuerzas malignas que detentaba nuestra buena señora que, ya para siempre, fue “la bruja de Killingdogs”.
Claro que esto no es lo peor. Si a alguno de ustedes, damas y caballeros, se les ocurre visitar en la actualidad Killingdogs, tendrán que soportar a un cicerone que explicará con pelos y señales, mucho mejor y más ampliamente que yo, toda la vida y milagros de la vieja dama que hacía de comadre entre los vecinos de la pequeña villa en los años en que Cromwell ordenaba masacrar irlandeses por el sureste de Irlanda.
La única ventaja de vivir cuatro siglos después es que ahora no existe un pub, hay tres.
