
Hoy me ha dado por escribir de coches. Pero también lo haré de personas fallecidas, de compañeros y amigos que ya no están y que deberían estar. Una vez vi en Los Cristianos un destartalado Mercedes Pagoda, que me cautivó. Estaba en bastante mal estado, pero a través de un amigo, médico, conseguí comprarlo por 500.000 pesetas (3.000 euros de hoy); y a través de otro amigo, Eugenio, restaurarlo. Quedó perfecto. Era un 230 SL, pero tenía un motor más potente. Una auténtica joya. Subía la autopista a la Laguna como una bala y era la admiración de todo el mundo. Lo pinté con el techo negro y lo demás de blanco.
Pero, como ha ocurrido siempre, mi habitual falta de perras me obligó a vendérselo a Andrés Miranda, expresidente del Cabildo tinerfeño, amigo y gran coleccionista. Andrés me dio un millón doscientas mil pesetas por el coche, sería allá por los finales de los setenta. Era el TF 53.000, que había pertenecido al conocido Manolo Mendoza, que vendía coches de segunda mano en la calle Duggi, si no recuerdo mal. Él se lo vendió a un extranjero residente en el Sur, lo mismo que Andrés Miranda hizo más tarde.
Andrés y yo le hemos seguido la pista al coche, pero ya no aparece. He sido propietario de más de cincuenta autos en toda mi vida, pero a los que más cariño les tengo es a este Mercedes, al Simca 1.000 de mi padre en el que aprendí a conducir y al Mazda deportivo de capota intercambiable, que afortunadamente existe, en las manos de mi amigo el publicista Víctor Manuel Gonzalo Duboy, que lo cuida como oro en paño. Fue el primer coche que utilizaba gasolina sin plomo de los que llegaron a Tenerife y yo sólo podía repostar en la estación de la Disa del padre Anchieta. Me costó, si no recuerdo mal, dos millones de pesetas, que me prestó un amigo. Tuve también un Rolls Royce, con el que me quedé sin frenos en la autopista, con mi padre dentro. Se lo vendí a Enriquito Hernandis o a su empresa hotelera, no recuerdo bien, hace un montón de años. Conservo sus tapacubos nuevos, que mandé a pedir a Londres.
Del Simca 1.000 averigüé, por un guardia civil que trabajó conmigo, que fue en su día dado de baja en Tráfico y probablemente desguazado. Una pena. Me habría gustado conservarlo. Era el TF 22.434. Cada semana compro lotería con ese número, a ver si mi padre, paz descanse, me hace el favor de pedirle al Cielo la merced del premio. Confieso que, hasta ahora, con poco éxito. Algún reintegro y 900 euros hace dos o tres navidades.
Todas estas cosas que escribo –y así lo he hecho toda mi vida- despiertan ciertas incomprendidas envidias entre los plumillas, sobre todo. Cuando contraté a un chófer, sencillamente para hacer las cosas más deprisa cuando tenía muchas cosas que hacer, los colegas de la caverna pusieron el grito en el cielo: “¡Tiene chófer!”, decían, “¡el muy caradura!” (algunos me llamaron hijoputa, pero vamos a obviarlo). Como si lo estuvieran pagando ellos. Yo sólo quería vivir sin horas para aparcar, sin que me quedara dormido en la carretera y que pudiera parar en Los Limoneros a plantar un pino, sin tener, encima, que conducir el puto coche que me ofrecía gentilmente mi amigo Antonio de la Bárcena, de WV/Audi. Ahora nadie me ofrece nada, ni siquiera mi amigo De la Bárcena, que se los entrega, de baracalofi, a los jugadores del Tete. Yo ya no pinto un carajo en esta sociedad.

Hay una anécdota de otro de mis coche, un Hummer amarillo, que compré en Miami porque me enamoré de este todoterreno; y es que cuando estaba dentro de un contenedor, en el puerto de Miami, listo para traerlo a Tenerife, superó uno de los ciclones más terribles de la historia, no sé si el Andrew o el Katrina, ya no me acuerdo. Volaron todos los contenedores de los alrededores, menos el que guardaba mi coche. Lo vendí porque me cansé de no poder aparcar: era enorme.
Mi vida, como ven, siempre ha estado ligada a un aparcamiento. Me llamaron de Miami para decirme: “Su coche se ha salvado de milagro”. El dinero para comprarlo me lo prestó Rodolfo Núñez (a través de CajaCanarias, claro). Tuve que hacer todos los trámites para matricularlo en España (traía la matrícula ACH 2), mis iniciales, de Florida. La conservo. Fue un coñazo, pero valió la pena. Disfruté mucho. A comprarlo me acompañó mi entonces más frecuentado amigo Vicente Álvarez Gil (su mujer está enfadada conmigo y ya nos vemos poco) y una amiga mía de Madrid.
No sé si esto les interesa a ustedes o no. A lo mejor, no. Pero me apetecía rendir homenaje a estos y a otros coches que tuve en mi vida –ahora voy mayormente en taxi-, a través de los cuatro citados. Un coche, sobre todo algunos, nunca se olvida. Uno puede repasar su vida, a través de los coches que ha disfrutado y mi vida ha sido larga y los automóviles han sido muchos.
Pasa igual con los compañeros que han desaparecido. Uno los echa mucho de menos, sobre todo si recuerda los momentos vividos. He encontrado una vieja foto del 25 de mayo de 1984, al menos esto pone por detrás, que registra la celebración del 50 aniversario de Radio Club Tenerife. La foto pertenece al archivo de este periódico y debe ser que me la mamé, tras el cabreo porque me echaran precisamente en 1984, por motivos que no vienen al caso.
En esta foto aparecen personas vivas y muertas. Entre los vivos, y Dios quiera que sea por muchos años, Juan Padrón Morales y un servidor. Entre los muertos, Juan Rolo, Genoveva del Castillo y Manolo Perdomo Alfonso. El de gafas no sé quién es, a lo mejor me puede ayudar Paco Padrón, que en esos tiempos dirigía Radio Club, a quien el elemento barriada siempre ha llamado “la Radio Crus”, porque al barriada le encanta hacerse el godo cuando no debe.
Gente que ha desaparecido de mi vida. Tanto con Juan Rolo como con Genoveva tuve momentos estupendos en mi trayectoria periodística. Juan era un profesional como una casa de grande, tanto en la técnica como en la información, cuando hacía falta. Y Genoveva una periodista y locutora magnífica, que no le tenía miedo a nada. Yo estoy ahí, no sé si entregando o recibiendo un premio, ni siquiera me acuerdo del lugar en el que se celebró este acto. Lo único que me queda de él es el traje azul y las gafas Cartier, que compré en El Corte Inglés de Las Palmas, recién abierta su Óptica 2000.
Me dirán que cómo me acuerdo de todo eso. Pues me acuerdo. Por eso esta sección es, mayoritariamente -porque a veces la cambio y hago entrevistas y reportajes- un homenaje a la memoria. En el periódico me han dado cancha libre para contar lo que me dé la gana, supongo que dentro de un orden.
Uno escribe sus memorias, o como las quieran llamar, según fluyen, sin seguir un orden, sin darse cuenta, sólo agitando un poco la cabeza, ayudado por viejas fotos que he coleccionado a lo largo de mi vida. Hasta de los coches. Aunque he tenido periodos en que no guardaba nada, es verdad que casi todo lo he conservado. Las imágenes ayudan mucho a que los recuerdos le vuelvan a uno a la cabeza (en el Puerto a la cabeza la llamaban pantana en mis tiempos mozos, no sé ahora).
En fin, que por hoy yo creo que ya está bien. He hablado de mis coches. Jueguen al número 22434 de la Lotería Nacional. Yo le tengo mucha confianza a mi padre y estoy seguro de que un día me toca. De momento, he pedido a Begoña, la dueña de El Gordo Feliz, que me reserve dos billetes enteros para Navidad, aunque merme mi pensión.
De este año no pasa que me toque el premio gordo. Me encantaría compartirlo con ustedes, así que anímense y compren el décimo. Porque si no lo compran es absolutamente imposible que les toque, aunque le recen y le hagan misas a mi señor padre, para que los escuche, allá donde esté. También pueden intentarlo con el 53.000 (el Pagoda) y con el 7.239 (el Mazda). Pero para estos dos no cuenten con mi padre.






