tribuna

Castillos en el aire

Españoles: después de tres años de guerra, cinco de posguerra y quince de pertinaz sequía…”. Así empezaba un famoso discurso de Franco para anunciar las líneas generales de su repunte económico. Siempre es bueno recurrir a los desastres del pasado para establecer las promesas del futuro. En la comunicación política todo está inventado porque los brillantes asesores, surgidos de las facultades de Sociología, han bebido en los libros de la historia y es difícil hacer innovaciones, como es imposible hacer cine sin Hitchcock o construir un discurso político sin recurrir a Julio César de William Shakespeare. Usando esta técnica manida de las comparativas se inicia el documento de acuerdo presupuestario entre el PSOE, de Pedro Sánchez, y Podemos, Comunes y Mareas, de Pablo Iglesias. El principio es como sigue: “Después de 7 años de recortes y asfixia…”. No me digan que no recuerda al triunfalismo esperanzado de los mejores tiempos de propaganda de la oprobiosa.

Digo esto porque la presentación rimbombante del proyecto no tiene el equilibrio de al menos tres patas que se le exige a algo para que no se venga al suelo. Solamente tiene dos, a todas luces insuficientes para mantenerlo en pie hasta su aprobación. Esto no solo lo saben quienes suscriben el acuerdo, lo sabemos todos. Se trata de un desiderátum, de una declaración política que no tiene garantizado su futuro. Es una invitación a la adhesión, igual a la que se hizo en 2016 con los cincuenta puntos acordados con Ciudadanos. Lo mismo que en aquella ocasión el documento planteaba como objetivo principal sacar a Rajoy de la Moncloa. En este que ahora se ofrece se hace una referencia explícita a este hecho y se presenta como una continuación de lo alcanzado con la moción de censura. En aquel momento se excluyó de la firma a una de las piezas claves, pretendiendo que hiciera causa común basándose en la coherencia de echar del gobierno al causante de todos los males del país. Es más, se culpaba, a quien no se subiera al carro de la investidura, del fracaso de una oportunidad de oro para todos los españoles. El resultado fue un trámite fallido y la debacle de los proponentes en las elecciones de junio, las últimas que se han celebrado hasta el momento. Estamos en las mismas, y lo saben. No se trata de aprobar unos presupuestos, sino de hacer una oferta ilusionante e imposible, con el único fin de alimentar una campaña electoral que se presenta larga. Los que no apoyen serán los culpables de que no se resuelva el problema de las pensiones, y de que las desigualdades sigan existiendo y el Estado del bienestar se destruya irremisiblemente.

Se habla del acuerdo entre las fuerzas progresistas para sacar adelante al país, dando por sentado que en ese ámbito se engloban partidos conservadores como el PDeCat o el PNV. También se hace la declaración de que “la voluntad política de un Gobierno se manifiesta siempre en sus presupuestos, ya que son la principal herramienta para demostrar las prioridades de actuación que contribuyen al cambio social”. Esto puede ser necesario, pero no suficiente. Unos presupuestos no solo deben atender al aspecto social, sino que están obligados a procurar un equilibrio en el balance para que la economía no se venga al suelo al aplicar medidas de urgencia que satisfagan a las masas y que arrasen todo el edificio productivo que nos lleva al crecimiento. Esta presentación al alimón, dejando pendiente el cierre de los demás apoyos, es indicativa de la debilidad del Gobierno, que ha sido incapaz de obtener un acuerdo global con los grupos que supuestamente lo sustentan, convirtiendo algo tan importante en una burda operación de marketing.

TE PUEDE INTERESAR