Por qué no me callo

El café de Sánchez con Clavijo

Felipe González, que gobernó del 82 al 96, y de ese modo batió un récord de permanencia en el poder en democracia prácticamente insuperable

Felipe González, que gobernó del 82 al 96, y de ese modo batió un récord de permanencia en el poder en democracia prácticamente insuperable (al precio que está la estadía de los presidentes), se empeñó en no recibir en la Moncloa a Fernando Fernández y eternizó la espera hasta que quiso. Tampoco fue muy diligente en dar audiencia a Lorenzo Olarte, que acuñó una de sus máximas: “La distancia entre las islas y la Corona es muy corta, pero entre Canarias y la Moncloa es sideral”. Repasar los documentos de la era de González colgados en la web de su fundación es un deleite para la memoria. González anotaba con resignación sus temores hacia el PNC (“están bien preparados y bien financiados”, escribía), y, llegado el momento, debió de verle las orejas al lobo: “Oleada de nacionalismo canario”, enfatizó en sus cuadernos en el 92. ¿Qué sucedió aquel 21 de febrero para llegar a ese punto? No lo sé, pero sí recuerdo que González recibió una llamada de Gabón nada más ganar por mayoría absoluta en el 82. El jefe de Estado de ese país presidía la OUA (la ONU africana) y había pactado con el Gobierno de Suárez cierta retribución, según las malas lenguas, por anular a Cubillo. UCD le pagó la mitad y reclamaba el otro 50%. De ahí que González sabía bien que el nacionalismo canario podía salirle caro.

Pero, salvo Hermoso, que le dio el voto de Mardones para la investidura del 89, clave para España en Europa, los políticos canarios se las veían y se las deseaban para tener una cita con el histórico Mitterrand español. En sus diarios manuscritos, González tiene a Canarias presente en sus oraciones: “Arreglar el problema de las carreteras”, anota de puño y letra, y volverá sobre el tema canario una y otra vez cuando coleaba el referéndum de la OTAN o cuando la moción de censura a Saavedra, al que rescató con dos carteras ministeriales. Sí, ya entonces el conflicto de las carreteras estaba plantado en ese jardín. Y 25 años después, continúa dando sombra a las relaciones de los dos gobiernos.

Tradicionalmente, los presidentes del PP tuvieron una mayor querencia canaria. Aznar y Rajoy se pegaron como lapas a CC, y le daban o quitaban el caramelo a conveniencia, pero procuraban tener el voto canario a mano. González y Zapatero se hacían de rogar.
Las aguas vienen como vienen. Los ojos de Madrid están clavados donde están: en Cataluña. Porque el Gobierno necesita como agua de mayo (habrá elecciones europeas y locales, no se olvide) los votos separatistas para sacar los Presupuestos de 2019 y anotarse un tanto. La inhóspita relación entre la Moncloa y la Generalitat alimenta uno de los debates nacionales más furibundos de la década. Y actúa como gasolina de los dicterios políticos al uso, son el caldo de cultivo del repunte de Vox. PP y Ciudadanos se conjuran contra el PSOE por concertar pactos diabólicos en los infiernos del procés y sus presos expresos. Pero hay una sensación irrefutable, al margen de la trifulca electoral CC-PSOE. Ante tan exquisito diálogo con los que Aznar califica sin ambages de “golpistas”, sobran razones para que Sánchez (antes del café oficial del 25) se hubiera reunido este sábado de Saramago en Lanzarote con Clavijo, que no es el presidente de CC, sino de todos los canarios, como Torra debiera serlo de todos los catalanes, mal que le pese, y ayer en el funeral de Montserrat Caballé tuvo su minuto con Sánchez en el tanatorio de Les Corts.