tribuna

La extrema derecha

Se habla del resurgimiento global de la extrema derecha y esto, a la vista de los hechos, parece innegable. Lo que aglutina esa corriente en el mundo es la llegada de Donald Trump al poder en el país que representa la guía de las democracias occidentales y encabeza las tendencias del orden económico. Ya en Europa se había visto cómo crecían modelos ultraderechistas que representaban una corriente antisistema. La corriente antisistema no es exclusiva de la izquierda, como se creía hasta ahora. Todos los movimientos surgidos en el viejo continente han ido encaminados a dinamitar las estructuras de la Unión. Así hemos visto lo ocurrido en el Reino Unido con el brexit, las amenazas desestabilizadoras de Marine Le Pen, en Francia, el crecimiento de ideologías neofascistas en Austria y Alemania, los nacionalismos enquistados de Bélgica, y otras tendencias que se incuban en los países recién incorporados, como Hungría y algunas repúblicas balcánicas. Lo que era un aviso se ha convertido en realidad en Italia, con el triunfo de la Liga Norte y el desembarco en el poder de un personaje como Matteo Salvini.

Lo que para nosotros representa una política regional de cercanías se ha desbordado a otros ámbitos, cogiéndonos por sorpresa el desembarco arrasador de Bolsonaro en Brasil, o el fortalecimiento de un personaje como Erdogan en Turquía. ¿Qué está pasando aquí? Hay algo que ha quedado demostrado: los esfuerzos de los medios de comunicación por denostar el triunfo de Trump sobre la señora Clinton no han servido para nada, porque, en lugar de debilitar la política conservadora de éste, lo que han conseguido es fortalecerla, a la vista del éxito que han obtenido sus imitadores. Lo cierto es que lo que se vende insistentemente como políticamente correcto, ese catecismo deontológico que se pronuncia cada día desde los altavoces de la prensa, no cala en la sociedad, que parece dispuesta a irse por otros derroteros y elegir opciones diferentes. Entonces surgen las alarmas contra la integridad de la democracia, y las ideologías tradicionales se atrincheran presentándose como las monopolizadoras de la seguridad del sistema. Se olvidan de que se han estado acusando mutuamente de ser las responsables de la desestabilización.

Aquí pasa lo de siempre, que no es otra cosa que la reafirmación de que la tercera ley de Newton, el principio de acción-reacción, actúa también en la dinámica de los cuerpos sociales. Cuando los grupos se sienten inseguros se aferran a cualquier solución con tal de no perder sus privilegios. Saben que, por muy mal que estén, pueden estar peor, y ante esta circunstancia intentan protegerse al amparo de algo que algún día les proporcionó un grado de progreso aceptable. El concepto de nación aparece inmediatamente abanderando cualquier marcha, porque los ciudadanos saben que encontrando una idea que les haga avanzar juntos tendrán garantizado su éxito. De aquí las evocaciones al realismo del America First, de Trump, a la modernización turca llevada a cabo por Kemal Ataturk, o al milagroso desarrollo del Brasil de Juscelino Kubitschek. Estos símbolos representan el retorno a valores tradicionales como recomiendan tanto Stéphane Hessel, el autor de ¡Indignaos!, que inspiró al 15-M, como George Lakoff, el sociólogo de moda de la izquierda americana, que intervino en la campaña de Obama y también en la segunda de José Luis Rodríguez Zapatero. Como vemos, todo sale del mismo laboratorio, porque la sociología es la que manda en el territorio de la comunicación política.

Ahora en nuestro país sale Vox, como si fuera un grito de las catacumbas. Metieron a 12.000 personas en Vistalegre y se han empezado a encender luces rojas. No se dan cuenta de que se trata de la reacción natural al desencanto. Abascal es un líder torpe. No tiene un discurso sugerente, pero de torpes y de inútiles están los gobiernos llenos. Tiene todo el derecho del mundo a intentar seducir a un electorado en torno a su ideología ultra. El ejercicio de los otros no puede ser especular sobre el daño electoral que les puede hacer a sus antiguos compañeros, porque el tsunami, si es que crece, viene para todos por igual. En América del Sur hay un hartazgo con las políticas de izquierdas que han ido cayendo, como cartas de baraja, en Argentina, en Uruguay, en Chile, en Perú y ahora en Brasil, después del fracaso de Lula. Algo deberíamos aprender aquí sobre dónde está el caldo de cultivo para la reacción. Si Vox surge con fuerza es porque alguien tiene la culpa, aunque no lo quiera ver. Algunos comentaristas aprovechan para asimilar a toda la derecha al espacio de los ultras. Entonces los socialistas ocuparían el hueco de los conservadores, los socialdemócratas de Podemos estarían en el centro y la izquierda habría dejado de existir. En este país se fabrica el traje ideológico de los ciudadanos con una facilidad pasmosa. Menos mal que la realidad no coincide con la opinión.

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