tribuna

Brexit y nacionalismo

La tan cuestionada primera ministra británica Theresa May acaba de presentar el borrador del último acuerdo con la UE, que tantas disonancias ha producido en el mismo Reino Unido, y ha invocado como una victoria el cambio del sistema migratorio de su país, de manera que los ciudadanos comunitarios ya no podrán “saltarse la fila” […]

La tan cuestionada primera ministra británica Theresa May acaba de presentar el borrador del último acuerdo con la UE, que tantas disonancias ha producido en el mismo Reino Unido, y ha invocado como una victoria el cambio del sistema migratorio de su país, de manera que los ciudadanos comunitarios ya no podrán “saltarse la fila” de inmigración, y pasar por delante de ingenieros de Sydney o desarrolladores de software de Delhi.

Como ha afirmado el tan citado profesor israelí Yuval Noah Harari, en su última obra, 21 lecciones para el siglo XXI, “los brexiteros sueñan con convertir Gran Bretaña en una potencia independiente, como si aún vivieran en los tiempos de la reina Victoria y como si el aislamiento glorioso fuera una política viable en la era de internet y del calentamiento global”.

Justamente Harari dedica uno de sus capítulos de esa entrega reciente al nacionalismo, pero no al nacionalismos de los pequeños países en fase de secesión, independencia o descolonización, sino a los grandes Estados del mundo, entre los que coloca en primer lugar a esa Inglaterra en proceso de separación de la Unión Europea, y, cómo no, a los Estados Unidos de Donald Trump, en segundo y merecido lugar, a Rusia, a la India y a China. Todos ellos han ido cerrando filas y desentendiéndose de compromisos globales para concentrarse en la defensa de sus fronteras y de sus ciudadanías respectivas. Una versión del nacionalismo estatal de nuestros días que a nadie le puede pasar desapercibida.

Siempre supimos a través de Johann Gottfried Herder, el filósofo prerromántico alemán nacido en la Prusia oriental en 1744, que “la política crea los Estados y la naturaleza crea las Naciones”. Lo que no sabíamos es que los Estados fortalecidos pretendieran convertirse en Naciones hegemónicas, en identidades unificadas e impenetrables.

Herder, ya lo hemos escrito en otra parte, concebía la nación como una escala hacia la “Humanidad”, y en esa aspiración recomendó siempre al pueblo alemán, colonizado por el arte, la poesía, la teoría política, la filosofía, francesas, el rescatar su individualidad germana, su propia voz y su propia alma perdidas.

Se trataba de ser ellos mismos y de traducir esa identidad en estructuras políticas propias. Lo que no tardaron en conseguir, pese a los tiempos no favorables. La cosa iba de menor a mayor, una voz menor que se convertía en una voz mayor y conseguía traducir esa ventaja verbal en un estatus político diferenciado.

El prestigioso historiador británico John H. Elliot nos dejó dicho hace ya tiempo que los nacionalismos eran el producto del centralismo burocrático y administrativo de los últimos decenios practicado por los Estados convencionales, del centralismo burocrático y administrativo de los Estados ahora convertidos en naciones intransigentes, como la Inglaterra de May o los Estados Unidos de Trump.

Hace unos pocos meses, el controvertido intelectual de izquierdas estadounidense Noam Chomsky reconoció que los nacionalismos que se basaban en una cultura local no podían ser menospreciados.

Una cultura local, una manera de ser, de estar, de pensar y de actuar en la vida. ¿Por qué no volver a pensar que nacionalismo y liberalismo son conceptos muy cercanos? ¿No es el nacionalismo una oportunidad de trasladar los principios de autonomía y libertad de la esfera de la persona a la de los pueblos conformados en comunidad de vida y de conciencia social por la unidad del territorio donde viven, de su origen, de costumbres y de cultura en términos generales? En esa línea de coherencia, desde la Segunda Guerra Mundial se han formado en Europa Estados como Chipre, Irlanda y Malta, tres islas.

Toda esa teoría lógica sobre el nacionalismo es la que ahora pretenden usurpar Estados que se saben no naciones unitarias. Lo hacen para decirle al mundo que sus fronteras no son culturales pero sí políticas.

El sueño globalizador y solidario de antes de ayer empieza a saltar por los aires, la aldea global se está convirtiendo en barrios que ya no quieren saber nada de sus vecinos.
La impresión que da es que el concepto de nacionalismo nacido contra el imperio napoleónico y los absolutismos y con la Filosofía Ilustrada francesa y el Romanticismo alemán ha sido secuestrado por Estados que empiezan a inquietarse ante los desafíos de una globalización que ya no parece cómoda para nadie.