POR QUÉ NO ME CALLO

Y hasta que mayo vuelva a ser domingo

Ha llegado Vox a la política española y ya los redichos están con la muletilla tras la oreja de que “ha venido para quedarse”

Ha llegado Vox a la política española y ya los redichos están con la muletilla tras la oreja de que “ha venido para quedarse”. Lo del tópico es una recurrencia facilona y muy maniática del español, y ya casi también del canario por lo general, que antes usaba refranes propios y latiguillos vernáculos, pero ya dejamos de llamar a la guagua, guagua, por el importado autobús. Los andaluces, que tienen su deje a mucha honra, se divierten con todo y no esconden la cabeza bajo el ala cuando toca hacérselo mirar, como en los ocho apellidos vascos. Ahora, en cambio, el andaluz se ha puesto taciturno. Desde que el califa Anguita no está en primera línea, los pecados capitales de ese Estado que es la mitad de España tenían menos proyección nacional. Desde este domingo, Andalucía le roba el foco a Cataluña y la gran incógnita es si, al igual que el efecto Arrimadas disparó a Rivera en las encuestas, este efecto Serrano -el juez de los 12 escaños de Vox- vuelve viral a Abascal, el hijo pródigo del PP que dio un portazo y montó el partido que regenta el espíritu nacional más de cuarenta años después de las cenizas de Franco.

Yo recuerdo a Blas Piñar, que es el precedente de diputado ultra en las Cortes, dotado de una oratoria de notario y mesías del franquismo. Era usual aquel perfil de español que leía a Machado o a Galdós como si fueran iconos de la patria reaccionaria por los versos mesetarios y los episodios nacionales. Eran cultos y locuaces, ganaban en el cuerpo a cuerpo. Luego se vinieron abajo y disolvieron en la gran siesta de los años de la Transición, trataban de pasar desapercibidos, pero seguían leyendo, instruyéndose, y comenzaron a aflorar novelistas y periodistas que competían a carcas y eran plumas brillantes, y la izquierda se dejó ir confiada en su arrogancia, sin dedicarle horas al estudio, hasta olvidar la teología de su propia idiosincrasia. A esa derecha ilustrada la he conocido bien y la he respetado toda la vida. Ahora estamos ante el desafío de verla crecer como una plaga en toda Europa, alentada por la chulería de Trump, que es el mayor ultra de este siglo, al que ya le crecen clones como el salvapatrias de Brasil. Y si Vox sigue los pasos del populismo aberrante europeo, que niega los derechos humanos, fomenta la xenofobia y la salida de la UE, tenemos un problema que no teníamos antes del desmadre catalán. Porque, acaso, con el resultado electoral de Andalucía, vayamos a exhumar no a Franco sino al franquismo. Y cuidado con jugar con fuego, que esos rescoldos nunca se apagaron del todo.

Susana Díaz, seguramente, se irá con su fracaso a casa, con las facturas de Sánchez y la abstención, pero también con los ERE y los años perpetuos en el poder. Cosa esta última que incomoda recordar a CC, cuando es lo más natural alternarse en el gobierno y la oposición. Y si Sánchez se aleja de los soberanistas, como es de prever, y agita el artículo 155 como arma electoral para reponer fuerzas, los sabremos pronto. Acaso cuando en mayo vuelva a ser domingo.