tribuna

Claudia y el cuento de los enanitos

Claudia lloraba y lloraba y no quería dormir sin que su abuelo le contase un cuento. Por fin apareció el citado señor que se dirigió a su nieta: No llores más, Claudia, que te voy a contar un cuento de enanitos de los que a ti tanto te gustan. Y mientras la niña cesaba en su llantina el viejo señor comenzó el relato.

“El enanito Teco era obeso, muy gordo, tan inflado que parecía un globo de las fiestas del pueblo y, en aquellos momentos, se acicalaba ante el espejo pues el enanito creía que había llegado el momento de presentarse ante su amada Uli y pedirle q ue se casase con él.

Se acercó, pues, a la casa de su amor y, una vez ante la dama, suplicó de rodillas que le aceptara como futuro esposo. Mas, la enanita, replicó fríamente “Mientras seas tan gordo deseo que jamás te acerques a mí”.

“Abuelo, dijo Claudia, interrumpiendo, ¿Por qué Uli habla de esa forma tan rara?” Se disculpó el hombre mayor: “Son cosas de los enanos, cállate que sigo con el relato” y continuó el viejo señor.

El pobre enanito Teco quedó muy maltrecho en su orgullo y regreso a su casa maldiciendo a Uli. Pero ya más tranquilo recapacitó y se dio cuenta de que su amada tenía cierta parte de razón. Y, sabiendo que en el pueblo de al lado vivía un médico famoso por sus tratamientos y curas, decidió acercarse hasta allí por ver si el galeno le daba alguna medicina que le hiciera bajar de peso.

Sin dudar se puso en camino a pie, pues la otra aldea quedaba cerca. Pero tuvo la mala suerte, al ir por un sendero al borde de un barranquillo, de resbalarse y salir rodando (fácil por su volumen) hasta empotrarse, de cabeza, en una gran mata de tuneras de gordos y afilados picos amarillentos. Un arriero que pasó con su burro en aquellos momentos fue su salvación, pues como pudo le sacó de entre los pinchos y lo subió al burro, terminando, una hora después, ante la consulta de aquel médico que buscaba, aunque fuese por otros motivos.

“¿Le dolía mucho, abuelo, como cuando a mi me pusieron la inyección de la vacuna?” Volvió a interrumpir Claudia.

“Sí, claro que le dolía”, dijo su abuelo, para añadir: “Por favor, no me interrumpas, pues pierdo el hilo del cuento.”

Más de un mes estuvo Teco en casa del médico mientras éste y su ayudante le curaban, le extraían picos y más picos y curaban sus numerosas heridas. Los amarillos pinchos que penetraron en su boca e incluso perforaron la lengua tuvieron, al fin y al cabo, un efecto beneficioso ya que se alimentó mucho tiempo con sopas y zumos que sorbía por una pajita y cuando terminaron de cicatrizar sus lesiones, al mismo tiempo había perdido un montón de kilos de peso. Y aprendió del ayudante del médico, con el que posaba muchas horas, que conseguir el verdadero amor era un poco complicado y que el único signo infalible era sentir, ante una mujer, una especie de de dardo en el pecho que te hacía casi perder la respiración. Ese era el flechazo y el síntoma infalible de la pasión y el cariño mutuo.

“¿Qué es el…?“ Ssssssssssss, cortó el abuelo, y continuó con el cuento del enanito Teco.

Finalmente el doctor le dio el alta y Teco, sano y ufano, o ufano y curado, volvió a su pueblo dispuesto a declararse de nuevo a Uli, confiando en que esa vez fuese aceptado como novio y futuro esposo. Sin embargo, al regresar a su aldea lo primero que le dijeron fue que Uli se había casado.
Desanimado se encerró en su cuarto y lloró.

Luego recordó al ayudante del galeno y decidió que, en cuanto pudiese, se acercaría a lugares donde hubiese mujeres, una fiesta, un baile, una feria, lo que fuese y se pasearía entre ellas hasta que sintiese, ante una de ellas, el flechazo.

Y acudió muy elegante al primer sarao que se dio en la aldehuela, y bailó con muchas y bellas enanitas, pero no sintió absolutamente nada. Pero, mira por dónde, al salir de la fiesta tropezó al bajar unos escalones (dicen las malas lenguas que iba algo borracho) y cayó de bruces en el duro suelo y al incorporarse notó un agudo dolor en el pecho al tiempo que una mano femenina le ayudaba a levantarse. ¡Era ella! No cabía duda que era su media naranja, pues en su pecho continuaba el ardor mientras contemplaba a la enanita que le había ayudado a ponerse en pie y que ahora sonreía tímidamente. ¡Ella, por fin! Y sin dudarlo, allí mismo le declaró su amor y le preguntó si quería casarse con él.

Ya terminamos porque sí, Teco y Fita, la enanita que le ayudó después de caer, se casaron y fueron felices pero no antes de que a Teco le extrajesen el pico de tunera olvidado que le había quedado exactamente sobre el esternón, en su pecho.
Claudia dormía.

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