CONVERSACIONES EN LOS LIMONEROS

Conversaciones en Los Limoneros: “José Miguel Galván Bello fue el Tarradellas de Canarias”

José Antonio Duque, ex secretario general del Cabildo de Tenerife

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José Antonio Duque, ex secretario general del Cabildo de Tenerife. / SERGIO MÉNDEZ

En el Cabildo de Tenerife decían: “Que lo vea José Antonio y si él dice que no, es que no; no hay nada que hacer. Pero si él encuentra soluciones, el asunto se aprueba y va a misa”. Esta era una cantinela cuando se consultaba a uno de los mejores técnicos de Derecho Administrativo que ha tenido -y tiene- Canarias. Se llama José Antonio Duque Díaz y es de mi edad, 71 años. Nació en Santa Cruz. Su padre, natural de Los Llanos; su madre, de Teguise; o sea, que José Antonio, que coincide conmigo en tantas cosas, es, de nacimiento, un ciudadano multi insular. Entró en el Cabildo tinerfeño como técnico en 1970; fue oficial mayor del organismo insular en el 79; y desde 1997 a 2017, su secretario general. Pero es que cuando se constituyó el Parlamento de Canarias, en el 83, lo llamó Pedro Guerra, su primer presidente, para que desempeñara el cargo de secretario. Con él se aprobaron dos normas fundamentales, la Ley del Gobierno de Canarias, la 1/83 y el primer reglamento de esta ley.

Una vez me atreví a decir en un artículo que él era un hombre de Adán Martín y me contestó, pero no envió al periódico la respuesta. No, no era un hombre de Adán Martín, sino un hombre del Derecho. Un día publicaré una foto, en el campus de la vieja Universidad de La Laguna, en la que están Rubén Cabrera, magistrado (ya fallecido); Fernando González de Vallejo, notario de Santa Cruz; Antonio Giralda, magistrado (también fallecido); y el catedrático jubilado Luciano Parejo, una autoridad en España en Derecho Administrativo El quinto es José Antonio, con las notas en la mano. Eran todos alumnos brillantísimos de primer curso. “Qué tiempos, José Antonio”. Y recuerda: “Cuando don José Peraza de Ayala, profesor de Historia del Derecho, llegaba a clase, en Carnavales, o después de cualquier fiesta sonada a la que se iba de juerga, nosotros lo esperábamos, para aclamarlo desde la ventana del aula, y él saludaba sonriente, al bajarse del viejo Mercedes, sombrero en mano”. Don José nos impartió a ambos Historia del Derecho, y a mí (a José Antonio, no, que era un estudiante aplicado) me dijo una vez: “Señor González de Chaves; usted es un caradura que no ha estudiado nada y viene aquí a burlarse de su profesor. Voy a hablar con su padre”. Yo me iba, con la cabeza gacha, pero descojonado por dentro. El viejo me había trincado.

“Pedro Guerra” -me dice José Antonio- “quiso que me quedara en el Parlamento como secretario general, en el 83. Pero yo le dije que no podía, sin oposiciones. Pedro, convoca oposiciones y yo me presento. Y él que no, que me nombraba a dedo, porque no quería que un godo ocupara la plaza. Le di dos oportunidades más, concurso oposición o al menos concurso. Y que no, que me quedara con él, a dedo. Entonces decidí volver al Cabildo. José Miguel Galván me había dado permiso para ir al Parlamento de manera provisional. Estuve en el Parlamento algo así como un año y Pedro Guerra se cabreó mucho cuando me fui”.

“¿Y quién fue tu referente docente, o al menos profesional?”. “Bueno, por supuesto que el profesor Alejandro Nieto, a quien me une una gran amistad. Pero también Alonso Fernández del Castillo, mi antecesor en el cargo, me enseñó mucho. Alonso es un fuera de serie, tanto en lo personal como en lo profesional. Nosotros, en la universidad, tuvimos la suerte de que algunos de los catedráticos de entonces desempeñaban sus primeras cátedras y estaban muy bien preparados y otros profesores veteranos eran extraordinarios. ¿Quién no recuerda a Juan Miquel, al profesor Nieto, a Puente Egido, a don José María Hernández-Rubio, a don Felipe González Vicén, al profesor Morón Palomino, a un ayudante de lujo, luego catedrático, como Gumersindo Trujillo, a don Eulogio Villaverde, a don Antonio Martín?”.

Hablamos de algunas anécdotas de esos profesores. Don Eulogio Alonso Villaverde Moris era catedrático de Economía y Hacienda, si no me equivoco. Y muy torpe conduciendo. Una vez hizo un mal adelantamiento, con la mala fortuna de que, de frente, circulaban dos motoristas de la Guardia Civil. Lo pararon y el cabo se dirige a don Eulogio: “Señor, ¿no se ha dado cuenta usted de que ha realizado un adelantamiento cuando de frente había un obstáculo que lo impedía?”. A lo que el profesor, muy serio, respondió: “Agente, yo nunca he considerado un obstáculo a la Guardia Civil”. José Antonio se parte de risa en Los Limoneros, mientras Alejandro nos sirve la famosa ensalada de gulas -antes, angulas- con aguacate.

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José Antonio Duque, ex secretario general del Cabildo de Tenerife. / SERGIO MÉNDEZ

“Pues yo sé otra”, me dice. “Don Eulogio siempre repetía una misma frase varias veces en el curso y todos los alumnos estábamos esperando que la dijera, para formar el correspondiente jolgorio”. “¿Y cuál era esa frase?”, me intereso. “Pues era esta: “La Economía es la madre; la Hacienda pública, la hija”. Y entonces se producía la carcajada colectiva. Era aquel el tiempo de los primeros reactores que aterrizaban en Los Rodeos y cada vez que entraba alguno, don Eulogio decía: “Un reactor”. Y entonces un alumno se levantaba del pupitre y respondía: “No, don Eulogio, es un trueno”. Eso me hace recordar la de don José María Hernández-Rubio. Un día entra en clase, cabreado, al ver a los alumnos revolucionados. “¡Siéntese todo el mundo, que aquí no hay más cojones que los míos!”, gritó. Entonces se levanta un alumno de la segunda fila y le responde: “Y los míos, don José María”. A lo que Hernández-Rubio añadió: “Bueno, y los de ese señor”.

José Antonio está casado y tiene cuatro hijos, tres chicos y una chica, Bárbara, que por cierto es periodista. Uno es conservador de museos, el otro médico y el otro arquitecto. El arquitecto se llama Jorge Luis. “Claro, como Borges”, le digo tal obviedad. “No, como Borges, no, por Borges. Porque yo, que sólo sabía de leyes cuando era opositor y nada de literatura, compré un libro de Borges en Madrid. Era La historia universal de la infamia (uno de mis libros favoritos escrito por Jorge Luis Borges. El añadido es mío) y me fascinó. Entonces llamé a mi hermano Daniel, que es profesor de Literatura, y le pregunté: Oye, Daniel, ¿tú conoces a un tal Jorge Luis Borges? A Daniel se le cayó el teléfono de las manos del susto. Me llamó ignorante y de todo. Mi devoción por el gran escritor argentino viene desde entonces y como homenaje a él puse a uno de mis hijos, el arquitecto, Jorge Luis”. “¿Y tu mujer estaba de acuerdo, José Antonio?”. “Bueno, no, pero yo siempre he discutido de todo con mi mujer. Puedes poner eso”. Y se echa a reír porque sabe que no es verdad. Por cierto, que Jorge Luis fue a buscar a su padre a Los Limoneros, cuando terminamos la entrevista.

Tiene palabras duras para Torra, el presidente independentista catalán: “Es aldeano e ignorante; yo creo que no está bien de la cabeza”. Y cuando le pregunto por los tiempos del viejo Cabildo, con don José Víctor López de Vergara de secretario, recuerda, quizá por referencias directas: “Los expedientes se guardaban en cajas de camisas; don Leopoldo de la Rosa, su sucesor, tuvo que reconstruir las actas de años y don José, cuando las redactaba, lo hacía de memoria. Don Leopoldo fue autor de una tesis sobre las haciendas históricas de Canarias y en ella hablaba del haber del peso. Esta tesis fue posiblemente el origen del REF y se refería a las cargas a las entradas de mercancías. Vivía Franco y ya Canarias gozaba de un régimen especial, con renuncia del Estado a tributos que se cedieron a las islas. Hay mucha gente que ha trabajado históricamente en nuestro régimen diferenciado. Pero es que, mucho antes, la Corona de Castilla había renunciado a derechos tributarios propios, con reconocimiento a las aduanas canarias. Hoy se traduce en la aplicación del IGIC en lugar del IVA, entre otras cosas”.

Se me hace difícil sintetizar la conversación porque hablamos de muchas cosas. José Antonio Duque tiene palabras de elogio para José Miguel Galván, en sus dos etapas. “Una vez llegó al Cabildo don José Miguel a las siete de la mañana y encontró la puerta cerrada. Es que nadie trabajaba por la mañana, porque don José Víctor, el secretario, iba por las tardes y se instaló esa costumbre. Galván impuso un horario. Galván fue el Tarradellas canario, una persona extraordinaria y un político fuera de lo común. Cuando se constituye la Junta de Canarias y se le hacía el vacío a su presidente, Alfonso Soriano, en algunos actos y actuaciones, Galván dio la instrucción de que se le ayudara. No hay que olvidar tampoco que el gran armazón del primer Parlamento fueron los funcionarios de la Mancomunidad de Cabildos. Pero si Galván hubiese querido, la autonomía de Canarias no hubiera sido posible, tal era su personalidad y su poder”.

Y no acaban aquí sus elogios. “Todos los presidentes fueron muy buenos. Andrés Miranda, Rafael Clavijo, Pepe Segura, Adán Martín, Ricardo Melchior y el actual, Carlos Alonso, que ha realizado una gran labor y ha ayudado a poner a Canarias en el mundo. El Cabildo tinerfeño ha acometido obras de un enorme calado para la isla. Yo creo que, incluso, ha pilotado la Autonomía de Canarias”.

“¿Pero tú no crees que hay demasiadas competencias compartidas con ayuntamientos y Gobierno autónomo que retrasan todos los procedimientos administrativos?”. “Sí, ahí hay un fallo, sin duda”, reconoce. Y entonces le hablo de algunos descerebrados que creen, por ejemplo, que el Parque de San Francisco portuense, cuyo único mérito ha sido albergar el Festival Internacional del Atlántico, tiene una obra de reforma parada por Patrimonio del Cabildo por si hay algún fraile enterrado en el subsuelo. “Manda huevos, José Antonio”. Y él, prudentemente, no se pronuncia.
Ha vivido docenas de anécdotas. Una, de Jorge Valdano. “Me hubiese gustado que escucharas a Valdano explicar en el Cabildo, con Javier Pérez al lado, por qué se tenía que drenar el césped del Rodríguez López, que es un estadio precioso que se debe a Pepe Segura. Aquello parecía el relato de un tratado de paz internacional. Le acompañaba Ángel Cappa, su ayudante, que era igual de erudito”.

José Antonio fue el que aplicó en el Cabildo el principio de desconcentración. Es decir, la creación de órganos con atribuciones, dirigidos por un consejero, con capacidad para tomar decisiones políticas y administrativas. Esto facilitó mucho la agilización de los procesos. “Alberto Martín, que era el interventor, cultísimo y muy técnico, me decía que la justicia me quitaría la razón. Cuando ganamos el primer pleito le lancé la sentencia sobre la mesa. Y me dijo: “Qué poco nivel tiene el Tribunal Contencioso-Administrativo”. Yo me descojonaba de la risa”.

Ha preparado a cientos de funcionarios. Y habla con mucho respeto de Manuel Florián de Tomás Ibáñez, amigo mío, el último secretario general de la Mancomunidad, ya fallecido: “Organizó el Plan Provincial de Obras y Servicios, hizo posible puertos como el de Tazacorte, Santiago y Valle Gran Rey, se realizaron obras de gran impacto en El Hierro, creó el IAC con Francisco Sánchez. El IAC es la institución más prestigiosa que tiene Canarias”. “Pues yo, José Antonio, en los últimos tiempos de Florián, vi cómo lo habían relegado a un despacho pequeñito, desaparecida ya, o casi, la Mancomunidad de Cabildos”. “Lo que sea, pero fue un gran técnico, un funcionario sabio, un maestro”. Y la conversación toma otros derroteros. Su estancia en Madrid, como opositor a técnico de la Administración General del Estado o al Cuerpo de Secretarios de la Administración Local, que no recuerdo bien la etapa. Y le hablo de don Blas Pérez González, catedrático de Civil de Barcelona, ministro de la Gobernación de Franco y de los políticos palmeros desagradecidos que han retirado su busto de Santa Cruz de la Palma. “Estoy de acuerdo contigo en que no hay derecho a esa retirada del busto. Yo soy un hombre centrado, no me decanto por ninguna opción política. Cuando yo estaba en Madrid, don Blas, en su casa y los domingos, recibía sólo a canarios. Yo no tenía un duro ni para la guagua. Iba a casa de don Blas a tomar café con leche y a comer galletas, pero sobre todo a escucharle. Era un genio del Derecho. Durante su etapa como ministro se promulgó la Ley de la Expropiación Forzosa, del 54, que está aún en vigor. Y la del Régimen Jurídico de la Administración General del Estado. Y la Ley del Suelo del 56 fue la primera norma legal de ordenación del territorio del mundo. Y no me olvido de la Ley de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa. Era un gran jurista e hizo muchísimo por La Palma y por los palmeros, que le deben reconocimiento y no olvido”.

Y ahora, otra de palmeros. Genial. Blas Pérez pidió a Franco que lo destituyera. ¿Saben por qué? Pues porque Tazacorte fue la única población española que se opuso a una ley franquista, creo que fue a la Ley de Cortes. Don Blas, que era palmero de corazón y de sentimiento, se vio obligado a dimitir ante el caudillo porque habiendo nacido en La Palma y siendo ministro de su Gobierno se sentía, en parte, humillado: “Usted se queda”, le dijo Franco, que añadió: “Hay que ver qué valiente y cuánta personalidad tiene ese pueblo de su isla”.

“¿Se ha dilapidado el dinero del Cabildo, José Antonio? Me refiero a obras tan caras y variables de presupuesto como la del Auditorio”. “No, esa es una opinión generalizada y falsa. Se han confundido las obras complementarias con los modificados y no es lo mismo. El Auditorio se concibió de una forma y luego se cambió el solar, se tuvo que cambiar también la cimentación por ese motivo, se modificó el escenario para poder representar óperas, que no estaba previsto; se construyó el aparcamiento; la gente habla sin saber. No se tiró ni un duro”. Melómano convencido, es asiduo de todos los acontecimientos musicales cultos que se representan en la isla. “Cuando se decía que la escalera del Auditorio no cumplía con la norma, Calatrava afirmaba que aquello no era una escalera, sino un paseo escalonado; y cuando se opinaba que era incómoda para bajar, Calatrava decía que esa escalera no estaba concebida para bajar, sino para subir. Y tenía razón. Se sube tan bien y tan cómodamente por ella que está indicada en el plan de evacuación, pero es tremendamente incómoda para bajar. Al final sólo accedió a que colocáramos pasamanos”.

Le hablo de las normas complicadas del territorio. De que no hay forma de poner de acuerdo a las administraciones, lo cual retrasa las inversiones. “Y tienes mucha razón. Hay que arreglarlo de una vez, sobre todo en materia de ordenación del territorio. Ahora se han cedido competencias a los ayuntamientos y los reglamentos que entrarán en vigor en los próximos meses solucionarán el problema. Hay que tener en cuenta que Tenerife tiene el 50% del territorio protegido y un 25% de terreno declarado rústico. Tenemos una jurisdicción contencioso-administrativa demasiado estricta con la planificación. No se puede dejar a Arona y a Santa Cruz sin plan general y remitir a planes de hace 20 años. En Marbella han declarado nulo un plan ¡porque faltaba un informe de género! ¿Pero qué tiene que ver el género con el urbanismo?”.

“José Antonio, los funcionarios están vendidos. Tienen miedo de los jueces, los fiscales y los procesos judiciales”, le digo. Responde: “Y con razón, porque un informe favorable es jurídicamente peligroso y no informar o informar negativamente no lo son. Y esto significa parálisis de la Administración”.

La conversación es larga, cuatro horas. Pero yo tengo problemas de espacio. Da gusto hablar con este alto funcionario y amigo. En Los Limoneros no queda ya casi nadie. Son las seis y media de la tarde y empezamos a las dos. Jorge Luis viene a buscar a su padre y nos hacemos el selfie de despedida. Me ha faltado espacio para seguir transmitiendo la interesante conversación. Lo siento.