Conozco a un buen escritor venezolano que, por las recientes desgracias de su país, se ha refugiado en Santa Cruz de Tenerife. Aparte de narrador reconocido, es también un importante gestor cultural. De madre canaria, toda su parentela de tíos emigró a Venezuela en los años 50, cuando estas islas sobrevivían en medio de la miseria y de la dictadura franquista. Allí prosperaron y se hicieron hombres de bien y exitosos empresarios. Unos regresaron a sus tierras y otros permanecieron en el país de adopción. Corre en la familia la leyenda de que el padre de todos ellos, republicano confeso, estuvo a punto de ser fusilado por falangistas, y que si acaso sobrevivió fue porque el jefe del pelotón le quiso evitar la orfandad a los siete hermanos. El tiempo ha corrido sin que pase un día en que estos ahora progenitores no le agradezcan a Venezuela todo lo que les dio en tiempos oscuros.
Estos antecedentes vienen a cuento porque mi amigo escritor, en plena celebración del Año Nuevo, tuvo un intercambio de palabras con un vecino. Según me relata, se trataba de una reunión familiar en casa de uno de sus primos. Comían, brindaban y algunos bailaban. De pronto, a golpe de dos de la mañana, alguien toca a puerta. Por tenerla muy cerca, mi amigo la abre. Un hombre que se presenta como el vecino del piso superior le reclama el ruido de la fiesta. Mi amigo se excusa, pero le dice que nada puede hacer: es día de fiesta, le aclara, y toda la ciudad celebra. El hombre, airado, corta la conversación y regresa a su piso. Minutos después, desde su balcón, arroja un triquitraque al balcón de abajo, donde había niños jugando. Con asombro y temor, y también airado, mi amigo le reclama desde abajo, pero el hombre ríe y dice: nada puedo hacer; es día de fiesta y todo el mundo celebra. De seguidas, al escuchar las palabras de mi amigo y notar el acento venezolano, el hombre se burla y asume un tono despectivo, claramente racista, burlándose de la emigración venezolana y deseando que las autoridades expulsen a todos los refugiados. Menos mal que las de Venezuela, en los años 50, hicieron todo lo contrario a lo que añora este vecino, a quien por cierto le vendría bien conversar con alguno de los tíos de mi amigo, quienes encontraron en Venezuela una verdadera tierra de gracia y acogida.
Un poco a lo Dickens, después de escuchar a mi amigo, he querido convertir este penoso episodio en mi cuento de Navidad, pero no tengo elementos para completar la descripción del villano. Tan sólo diré que el vecino es médico, quizás ya retirado, y para mayor asombro pediatra (un pediatra, sí, que es capaz de arrojarle triquitraques a niños que podrían ser sus pacientes). El médico vive en la calle Campoamor, que para efectos de mi fábula podría ser un paraje o una comarca. Podría llamarse, por ejemplo, El doctor de Campoamor, pero quizás lo de doctor le quedaría grande a un racista. Prefiero remitirme a Cantinflas y rememorar sus personajes del padrecito o del compadrito, caracteres que aspiraban a ser más cuando eran pura medianía. Nadie que se doctore puede faltar a sus principios éticos o al respeto que todo semejante merece. Entonces mejor el título de El doctorcito de Campoamor para el personaje de marras. Está más a tono con la ¿figura? que mi relato intenta evocar. A menos que tampoco dé para personaje (que a veces pasa) y me tenga que quedar con la pura nadería, con lo que T. S. Eliot llamaba “los hombres huecos”. Hay tentativas narrativas que conviene dejar inéditas y ésta parece ser una de ellas.
