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Jugando al golf en Caracas

Preocupado, llamo a un amigo en Caracas. “Aquí, todo bien; fíjate que mi hijo, después de salir del trabajo, se fue a jugar al golf”

Preocupado, llamo a un amigo en Caracas. “Aquí, todo bien; fíjate que mi hijo, después de salir del trabajo, se fue a jugar al golf”. Me recuerda los relatos de cuando estallaban los obuses en la Ciudad Universitaria madrileña, en plena guerra civil, y los intelectuales se reunían en los cafés de Recoletos, rodeados de meretrices y de otros vagos, para hablar de política. Hay varias guerras dentro de una, siempre, que se ven mejor desde fuera que desde dentro. Desde dentro no se ve nada, hasta que te matan. Le pregunto a mi amigo, que sale el próximo primero de mes del país: “¿Y cómo llegas al aeropuerto?”. Y tan tranquilamente me responde: “Como siempre, en el coche”. En Venezuela hay dos presidentes, dos Asambleas, dos pueblos enfrentados, un hambre sola y mucha desolación, pero desde dentro no se ve nada. Hay gente que juega al golf y que va a almorzar al Urrutia. A cenar, no, porque te pueden robar el jeep del aparcamiento o matarte en el trayecto los malandros o las brigadas chavistas, que vienen a ser lo mismo. Igualito que en el Madrid del Frente Popular, cuando se extendían aquellos vales: “Vale por dos polvos a la miliciana Pepa”. Y se quedaban tan frescos. Se confiscaba un coche a un rico y se iba a buscar a la Pepa para darle lo suyo. Estas guerras civiles, que no se acaban, sólo las termina una asonada militar, pero en Venezuela hay miles de militares presos, escoltados por comisarios cubanos. Hasta que no se acabe con el poder cubano, Venezuela no volverá en sí. Maduro no es sino un payaso a las órdenes de Raúl, aunque ya Raúl no esté, que si está. Los motores del avión están calientes, en La Carlota. Maduro tiene un pie en Cuba, pero para que todo se acabe debe tener los dos.

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