Yo me acuerdo de que, cuando Franco, escribí un artículo sobre unas braguitas de mujer encontradas en una carretera mientras conducía. Creyendo que eran otra cosa, paré el coche y examiné con cautela la mercancía. Era sólo una prenda íntima, muy limpia, pero por lo extraño del hallazgo escribí un artículo sobre el lance, que Alfonso García-Ramos, a la sazón director de La Tarde, me censuró: “Estás loco”, me dijo, “esto no nos lo pasa el delegado de Información y Turismo” (que era el jefe de los censores). Y guardé el artículo, pero lo he perdido. Le pregunté a Alfonso: “Entonces, ¿de qué hablo hoy?”; “habla del tiempo, coño, que hace un frío del carajo”. Y recuerdo perfectamente que escribí, sobre la marcha, el primer artículo sobre el cambio climático que se publicó en el mundo mundial. Un auténtico churro, pues no tenía un solo dato más que mi nariz y mi percepción, posiblemente heredada del mago, de que “los tiempos están descambiados”. Y a la vista de lo que veo y leo por ahí, y a la vista de lo que ocurre también por ahí, lo mejor es hablar del tiempo, del frío que baja del Teide por las noches y de lo despejados que están los cielos en esta segunda mitad de enero que comienza. No digamos lo que ocurrirá en febrero, que aquí, en este Norte, es el mejor mes del año. Tampoco dudo que este artículo, como seguramente hubiera ocurrido con el de las bragas, no lo lea nadie, porque a nadie le interesa un carajo que yo prediga el tiempo por sugerencia del director. Y así pasan los días, como cantaba Nat King Cole, y yo desesperado. Ocurre tal cúmulo de despropósitos a mi alrededor que sí, que tienen razón, lo mejor es hablar del tiempo. Del tiempo que me queda para irme pal carajo.
Pues entonces hablemos del tiempo
Yo me acuerdo de que, cuando Franco, escribí un artículo sobre unas braguitas de mujer encontradas en una carretera mientras conducía
