la casa blanca - latitud 38.9

El fin de la ‘caza de brujas’

Mueller termina por dar la razón a Trump
Robert Mueller. | EUROPA PRESS

Después de más de dos años esperando el informe final, aquel que libraría de una vez por todas a los detractores de Trump de su arrogancia e ignorancia infinitas, llegó por fin el resultado de las investigaciones por parte del Consejo Especial encabezado por Robert Mueller III, un investigador independiente con fama de ser metódico y no dejar cabos sueltos.

Cuando escucho el nombre de Robert Mueller III, suelo pensar en él con respeto y cierta admiración. No en vano, es su firma la que certifica mi Diploma de la Academia Ciudadana del FBI que obtuve hace unos años. Durante mi periodo de entrenamiento en la Academia, Robert Mueller fue el director y modelo indiscutible de los valores del Buró Federal de Investigaciones.

Sobre James Comey, su sucesor en el puesto más alto del FBI, quien alimentara a los medios con todos los golosos detalles de sus reuniones con Donald Trump en las que el presidente le exigía una lealtad propia de la mafia al más puro estilo de la película El Padrino y otros cotilleos a la prensa, a todos casi nos alegró su salida forzosa de la investigación sobre confabulación con Rusia para ganar las elecciones de 2016 por medio de la injerencia de los rusos en las redes sociales, y el escándalo de los correos electrónicos de su rival Hillary Clinton.

No nos gustó, obviamente, que se produjera de la forma en que se hizo ese despido: por Twitter y de la manera más humillante posible (Comey estaba en una reunión en California, se enteró de su cese por las redes sociales, y no se le iba a permitir volver en avión privado a Washington), y que se hubiera llevado a cabo con el único e ilegal fin de interferir en la investigación, es decir, obstrucción a la Justicia. El anuncio entonces de que el respetado y republicano Mueller, muy lejos de la atención mediática tan atractiva para Comey, y con una seriedad reflejada en un rostro impenetrable, sería el encargado de la investigación fue una noticia en términos generales, positiva. Durante todo este tiempo, mientras la prensa trataba de predecir el resultado final de las investigaciones, los enemigos acérrimos de Trump se entusiasmaban con la dirección que tomaba el proceso al ver un sinnúmero de imputados dentro del círculo presidencial. Todo empezaba a apuntar al fin de una era.

Nancy Pelosi, reinstaurada en el púlpito del Congreso, flamante reina de las elecciones de Medio Término en noviembre de 2018, defendía su postura de no buscar el impeachment del presidente, y dejar que la investigación siguiera su curso, convencida de que las cosas se iban a arreglar por sí solas.

Durante todo este tiempo, la portavoz de la Casa Blanca, Sarah Sanders, en la mayoría de las ocasiones con más desaciertos que mano derecha, se quejaba ante los medios del maltrato al presidente; su asesora Kellyanne Conway contribuía al circo con sus extrañas contradicciones sobre la actuación del mandatario, y Trump lloriqueaba constantemente sobre el abuso al que estaba siendo sometido, jurando que todo se trataba de una caza de brujas (curiosamente, nunca dijo de brujos).

Y por fin llega la noticia del fin de la investigación. En las últimas semanas, empezó a respirarse un aire de tensión provocado por el hecho de que el informe no iba a hacerse público, no en su totalidad. Por su parte, el nuevo fiscal general, William Barr, durante la audiencia para jurar su nuevo cargo en febrero de este año, ya había desvelado que se atendría a lo que dijeran las leyes en cuanto a la privacidad del documento, dejando entrever que muy difícilmente este vería la luz.

Las nuevas filas de la mayoría demócrata empezaron a mostrarse nerviosas, y a manifestar que una vez finalizada la investigación iban a exigir su publicación. Honestamente, todo empezaba a oler mal.

Llegado el día de rendir cuentas, Mueller entregó los resultados de sus pesquisas al fiscal general Barr, como se esperaba. Su labor había finalizado. Naturalmente, a todos nos hubiera gustado escuchar de sus propios labios la conclusión, pero esa no era la tarea que se le asignó.
Mueller hizo gala de una profesionalidad exquisita al entregar sus conclusiones basadas únicamente en evidencias, o falta de ellas, que a la mayoría nos supo a poco -o ya llegando a Semana Santa, se nos pareció demasiado al recurrido Poncio Pilatos, ejemplo personalizado de cómo lavarse las manos-.

De ese informe, sin embargo, y lo que sabemos es lo que nos han dejado hasta ahora ver los aliados de Trump, se concluye lo siguiente: por una parte, que no hubo, pese a todos los intentos de los rusos por influir en las elecciones generales de Estados Unidos, confabulación por parte de Trump, su campaña electoral o allegados con el Gobierno de Rusia para influir en los resultados.

Por otra parte, que, por falta de evidencias, el informe de Mueller no acusa, pero tampoco exonera al presidente de haber actuado de forma ilegal con obstrucción a la Justicia durante la investigación.

Esta parte es fundamental, porque fue precisamente este delito el que le costó a Nixon durante el escándalo Watergate la presidencia en 1974 y fue el que llevá a Clinton a la moción de censura en 1998.

Con estos resultados, no es de extrañar que los demócratas estén pidiendo aclaraciones y que no estén conformes con la forma en que se está manejando el acceso al informe, pero parece una batalla perdida.

Por su parte, Trump ya declaró victoria y salió fortalecido del percance legal. Ignorando lo que dice el informe, en sus declaraciones insiste en que ha sido completamente exonerado, y lo repetirá hasta que sus bases lo crean y poco importe lo que piensen los demás.

No cabe duda de que todos los que deseábamos ver al presidente actual desterrado de la Casa Blanca, y posiblemente imputado, hemos quedado decepcionados, al menos por ahora, y el país hundido en un sentimiento de desesperación que va a ser difícil remontar: dos años para nada.

Trump ya ha utilizado sus renovadas energías al conseguir que el Congreso no alcanzara los dos tercios necesarios para vetar su Declaración de Emergencia Nacional, y los fondos ya están siendo transferidos para la construcción del polémico muro fronterizo. La próxima batalla será el sistema de salud estadounidense, y quizás lo que decida su reelección, cada vez más probable, en las urnas en 2020. Trump, por ahora, no se va a ninguna parte.

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