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El síndrome del impostor

No se trata de ningún tipo de complejo o trastorno mental pero ha sido protagonista de numerosos estudios en psicología debido al enorme y asolador impacto que tiene en la vida de millones de personas en el mundo

Síndrome del impostor| DA
Síndrome del impostor| DA

En mayo de 2015 la exitosa Natalie Portman ganadora de un Óscar a mejor actriz, daba un discurso en la ceremonia de graduación de la Universidad de Harvard, la misma que la vio graduarse unos años antes en la carrera de psicología mientras compaginaba su trabajo como actriz. Sorprendió a todos confesando que cuando ingresó en la prestigiosa universidad “sentía que había habido algún error, que no era lo suficientemente inteligente como para estar en este sitio y que cada vez que abría la boca tendría que demostrar que no era sólo una actriz tonta”. Con estas duras palabras reconocía haber sentido la devastadora influencia del síndrome del impostor.

¿Cómo identificarlo?

No se trata de ningún tipo de complejo o trastorno mental pero ha sido protagonista de numerosos estudios en psicología debido al enorme y asolador impacto que tiene en la vida de millones de personas en el mundo. Sus descubridoras, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, lo definieron como un fenómeno en el que la persona experimenta un sentimiento interno de incompetencia, inseguridad y baja valoración de sus propios logros. Unido al irracional temor a ser expuestos, a que otros descubran el supuesto “fraude” que nos consideramos a nosotros mismos, lo convierten en una auténtica trampa mental y emocional llegando a cuestionar y menospreciar nuestras propias capacidades o habilidades para alcanzar el éxito.

No soy capaz, no estoy preparado, no voy a dar la talla, se van a dar cuenta que no valgo, no soy tan bueno como todos piensan,… son algunas de las expresiones características que hacen visible el silencioso síndrome. Los supuestos “impostores” son personas que temen ser rechazadas, tienden a minimizar sus logros o éxitos achacándolos a la suerte o a la casualidad, les incomodan los halagos porque internamente no se creen merecedores de un reconocimiento excesivo, se sienten abrumados por las expectativas que otros tienen acerca de sus habilidades, o bien pueden verse intimidados por el nivel de competencia de otras personas ya que tienen la sensación de no estar a la altura, de ser un fraude.

¿Impostoras o impostores?

Aunque en un principio la investigación se centró en mujeres, se ha comprobado que el síndrome del impostor afecta a los hombres en igual o mayor medida independientemente del cargo profesional, posición económica o estrato social. Sin embargo, es más común que las mujeres exterioricen este tipo de sentimientos debido a que los estereotipos de género condicionan la expresión de las emociones en los hombres. Esto incluso provoca que ellos se vean más afectados ya que el miedo a ser juzgados por el entorno y la sociedad les obliga a cohibirse, a llevar esta situación en un insufrible silencio.

Las consecuencias de entrar en el bucle del impostor pueden ser desastrosas a nivel profesional ya que existirá la tendencia a evitar riesgos como pedir un ascenso o postular para un mejor empleo porque la sombra del miedo a no ser suficientemente buenos nos conduce a vivir por debajo de nuestro potencial. También podemos convertirnos en perfeccionistas extremos en busca de una excelencia imposible de alcanzar, en adictos al trabajo para sentir que validamos nuestros logros trabajando más duramente que el resto para merecerlos, o en buscadores de la maestría suprema en la continua adquisición de conocimientos y formación sin obtener nunca la sensación de sentirnos preparados.

¡No estás solo!

¿Te sientes identificado? Investigadores de la Universidad de Salzburgo (Austria) revelaron que este fenómeno es más común de lo que imaginamos. Se estima que el 70% de las personas se han sentido “impostores” en mayor o menor medida en algún momento de su trayectoria profesional, incluso aquellos que han logrado grandes éxitos o notoriedad. Algunas celebridades como Kate Winslet, Meryl Streep, Denzel Washintong o Michelle Obama han reconocido públicamente sentirse abrumados, inseguros y expuestos a los efectos del síndrome del impostor.

Vivimos en la cultura de la apariencia, obligados a evitar mostrar el fracaso, expuestos a la continua exigencia de ser excelentes padres y madres, magníficos profesionales, extraordinarios en todo lo que hacemos. Es agotador, estresante y va contra la naturaleza del ser humano. Somos personas, con nuestras fortalezas y debilidades, y aceptar que no estamos obligados a ser perfectos es el primer paso para sentirnos un poco más libres.

Tomar riesgos y desafíos que pongan a prueba nuestras capacidades a pesar de las expectativas de los demás reforzará nuestra autoestima. Poner en valor lo que hacemos bien y aprender de aquello que debemos mejorar nos permitirá sentirnos realizados. No necesitamos cumplir las expectativas de nada ni nadie para ser valiosos. Y la próxima ocasión que alguien te haga un cumplido no trates de justificarte o excusarte, prueba simplemente a dar las gracias.

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