Por Julio Fajardo
Cuando era un niño hacíamos ejercicios de caligrafía en el colegio. Usábamos palilleros y plumines diferentes para las distintas letras. Los introducíamos en el tintero y nos poníamos perdidos, pero luego el trazo oscuro aparecía, como un milagro, sobre las hojas blancas a las que llamábamos planas. Más tarde, esas planas vacías se presentaban ante nosotros como un desierto al que había que llenar de dunas y de oasis, de vientos arrastrando la arena, de noches estrelladas y frías, y de mediodías abrasadores. Aprendíamos la escritura en lo que denominábamos ejercicios de redacción. Aún sigue siendo una aventura para mí enfrentarme al papel en blanco y elegir un tema en el que tenga que verter todo el mecanismo asociativo que hay en mi cerebro. Un batiburrillo de conocimientos, de impresiones percibidas por los sentidos, de informaciones, mal o bien digeridas, de imágenes almacenadas en los rincones del subconsciente, y de emociones con las que el alma transforma todas estas cosas, es vertido sobre la hoja blanca que me invita a violentar su virginidad con mis ideas desordenadas. Lo que parece un automatismo impredecible lo convierte la disciplina y el esfuerzo en un producto armonizado que es capaz de transmitir balbuceante el mensaje de lo que fabrica mi mente.
Hoy es una de esas mañanas en que me someto a esta tarea. Las planas amables, que antes se ponían sobre mi mesa para dejarse poseer, se han convertido en la pantalla agresiva del ordenador que va matando poco a poco a mis ojos. Ese es el peaje que debo pagar para seguir fiel al compromiso que he adquirido con la comunicación. Me sirve cualquier cosa para relajarme y abstraerme. Alguien dice que solo distrae, pero para mí es imprescindible disponer de un acompañamiento cómplice. En este caso es Mahler. La pantalla se va llenando de tipos, como las planas con garabatos de tinta que usaba cuando era un niño. Me he pasado la vida haciendo lo mismo. Otros se dedican a cultivar fresas. El destino de esta acción de relleno es que alguien esté dispuesto a descifrarla. Igual pasa con las fresas, que con nata están riquísimas. Digo esto porque es ahí donde comienza la aventura de esa plana impregnada de caracteres que va a emprender su viaje como la carta de un náufrago dentro de una botella. Cuando era un niño me estaba preparando para una acción inocua. Algo que suponía que no tenía riesgo, pero sí que lo tenía. No sospechaba que iba a existir alguien capaz de hacer una exégesis inquisidora sobre mis pensamientos expresados con libertad. Me equivocaba porque los Torquemada estaban acechando detrás de las esquinas. No querían rebatir nada de lo que yo decía. Solo estaban al acecho para convertirme en sospechoso de un crimen de desafección, simplemente porque no alababa directamente aquello que estaban acostumbrados a perfumar con inciensos ripiosos. Ahora he aprendido a convivir con su molesta e incómoda compañía. De vez en cuando hablo sobre el amor, sobre la soledad, o sobre la escritura, que es lo que estoy haciendo en este momento. Soy de la generación que fue activa en la transición. Nuestro primer objetivo era desechar la intolerancia. Creo que lo conseguimos por un tiempo. Ahora ha vuelto a rebrotar, como hacen todas las malas hierbas que nunca desaparecen del todo, y en ese renacimiento intenta devorar las expresiones bellas de la libertad. Este martirio no durará mucho, porque si es cierto que en las planas que relleno no habrá más borrones, ni hay que esperar a que se seque la tinta, ni aplicarles aquellos secantes curvos que parecían acariciarlas con el toque final, la pantalla de brillo intenso de mi PC terminará arruinando mi vista para la tranquilidad de todos aquellos que rechazan habitualmente lo que escribo.
