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Lass, inmigrante que llegó a Canarias en cayuco: “Hay que acabar con la falsa ilusión del paraíso”

Superviviente de un cayuco que llegó a El Hierro en 2008, en el que murieron cinco ocupantes, Lass Sangare trabaja hoy como camarero en Madrid, estudia teatro y será el protagonista de un cortometraje
Lass Sangare, de 27 años, junto al lago de la Plaza de España, en Santa Cruz de Tenerife, tras la entrevista con DIARIO DE AVISOS. J.C.M.

Llegó vivo de milagro a El Hierro después de una infernal travesía, primero por tierra entre Guinea Conakry y Mauritania, y después por un mar enfurecido a bordo de un cayuco con otros 64 ocupantes, en el que cinco se dejaron la vida en su sueño de pisar Europa, que fue rescatado cuando estaba a punto de perderse en el Atlántico. “Los chicos morían sentados, no te dabas cuenta de que estaban muertos”, relata Lass Sangare, que no olvidará el día del verano de 2008 cuando, después de casi una semana de navegación sin apenas comida ni bebida, sus ojos se abrieron y contemplaron su cuerpo lleno de cables y a varias personas con batas blancas rodeando la cama en la que había regresado a la vida.

La embarcación de Salvamento Marítimo impidió in extremis que la muerte abrazara a este adolescente marfileño, de 16 años. La última noche tiritaba de frío en la barcaza hasta que perdió el conocimiento. “Cuando llegó el barco que nos salvó oía cosas, pero no tenía fuerza ni para hablar. Lo siguiente que recuerdo ya fue en el hospital. No sabía dónde estaba, pero vi los cielos abiertos cuando comprobé que era tierra firme”, explica.

Nunca confesó a su familia que se embarcaría en un cayuco para cumplir su sueño de llegar a Europa. Cuando telefoneó a su madre desde Tenerife, un año después de abandonar su casa, ella, que daba a su hijo por muerto, no se lo creía: “¿De verdad que eres tú?”, “¿Cómo se llama tu hermana?” “¿Cómo se llama tu abuela”? A medida que llegaban las respuestas de Lass, empezaban a caer las lágrimas por las mejillas de su madre.

Han pasado más de diez años de la odisea y aquel chico, de padre guineano y madre marfileña, es hoy un joven de 27 años residente en Madrid, donde trabaja como camarero y estudia teatro. Pero su mirada sigue apuntando a África, donde dejó a su familia y sus amigos, con los que no ha perdido el contacto, especialmente con su madre, a la que visitó hace poco más de un año. “Siempre me pregunta cuándo me voy a casar, está un poco pesada con ese tema”, bromea Lass, cuyos sueños ahora sobrevuelan el mundo del cine. Su ilusión es dirigir alguna agencia de producción audiovisual en el continente vecino para denunciar la “gran mentira” y las “injusticias” que rodean al oscuro mundo de la inmigración irregular. De momento, está ahorrando para producir un documental el próximo año sobre la llegada de jóvenes africanos a nuestro país. Pero antes debutará delante de las cámaras en un cortometraje, titulado Sed, que grabará en mayo en Tenerife, su segunda casa, en la que residen sus “tías” Beatriz y Dolores, profesora y conserje del instituto de El Sobradillo, que lo acogieron desde el primer momento como un familiar más. En el documental, dirigido por Iván López y producido por el cineasta tinerfeño Juan Manuel Villar (Insularia Films), protagonizará el papel de un inmigrante que acaba de llegar a la orilla, donde conoce a una periodista. Ahí nace una historia con un gran trasfondo humano en la que aflora la “hipocresía social” sobre la inmigración, en palabras del director, autor de un peculiar guion que él mismo escribió rescatando comentarios de las redes sociales. “Quiero ayudar a que se conozca más de cerca la realidad de este fenómeno, sobre todo para frenar la inmigración en origen. Los que ya estamos aquí nos buscamos la vida como podemos, pero la prioridad es acabar con la falsa ilusión de muchos chicos para salir y llegar al paraíso. Se está engañando a la gente, hay demasiadas promesas y la realidad es bastante diferente. Es una gran mentira”, afirma Lass Sangaré a DIARIO DE AVISOS durante una visita a Tenerife.

“La mano dura de gobiernos como el de Italia no es el camino para afrontar el problema”, sostiene Lass Sangare. DA

“A mí me ha salido bien, pero hoy los niños en África no son conscientes de ese sufrimiento y están convencidos de que hay que dar el salto sea como sea sin importarles lo mal que lo pueden pasar. Todo lo disculpan si hay un final feliz”, explica Lass, pero recuerda que la meta soñada es, por desgracia, un espejismo. “No hay final feliz, porque cuando llegas acaba una angustia y empieza otra. Es verdad que tu vida ya no corre peligro, pero comienza otro calvario. Conozco casos de personas que llevan en España más de 10 años y todavía no tienen papeles. Cualquier follón que se encuentren por la calle tienen que esquivarlo antes de que aparezca la Policía”.

El joven marfileño advierte de que detrás de esa percepción equivocada que se proyecta desde países como España está el enorme poder de las redes sociales. “Están haciendo mucho daño. Yo mismo me he concienciado y controlo mucho lo que difundo en las redes. Un desayuno en la Gran Vía, fotos con ropa de marca… esas cosas ayudan a falsear la realidad y lanzar un mensaje que alimenta una ilusión engañosa entre los chicos. Yo he sido una referencia para muchos de ellos y no me enorgullezco por eso”. Preguntado por un posible repunte en la llegada de cayucos a Canarias, Lass Sangare está convencido de que más pronto que tarde la ruta hacia el Archipiélago se reactivará. “Empezará otra vez ahora, en un par de meses. Muchos chicos están preparándose para venir porque ahora mismo España es la opción número uno. Cuando se produjo la llegada masiva entre 2005 y 2008 aquí se atendió bien a la gente, dentro de lo que cabe, todo lo contrario de lo que está pasando ahora en Italia. La mano dura de ese país no es el camino para afrontar el problema. Parece no enterarse de que el fenómeno de la inmigración es imparable”. Allí, en Italia, un primo de la familia, que se subió en una barcaza en Libia después de cruzar Guinea, Mali y Argelia, fue interceptado por el servicio de guardacostas y días después falleció en un centro de inmigrantes. Lass quiere que se aclaren las circunstancias que rodearon su muerte.

En un castellano casi perfecto pone el ejemplo de la realidad que se vive en la zona donde nació y transcurrió su infancia. “En mi pueblo no quedan niños y yo mismo trato de complacer en todo lo que puedo a mi hermano para que se quite de su cabeza la idea de salir porque todos los chicos de su edad intentan escapar, muchos de ellos a través de la ruta de Argelia y Libia”.

El superviviente del verano de 2008 relata que hoy, más de un decenio después de su odisea, la forma de actuar de los grupos de traficantes de seres humanos es otra muy diferente a la que sufrió él. “Para empezar, yo nunca oí la palabra patera sino barco, ni tampoco Islas Canarias sino Europa. No había ningún contacto en los pueblos por los que pasaba, mientras que ahora hay ojeadores pendientes de las guaguas que llegan y ofrecen servicio de alojamiento e información para llegar al siguiente pueblo, donde esperará otro organizador. Es una cadena y por eso ahora los viajes cuestan el triple. Con el dinero que yo salí no me da hoy ni para ir a la esquina”, relata Lass, que subraya otro problema añadido a la penuria de los inmigrantes: la corrupción policial en los controles y puestos fronterizos.

el recuerdo de alan

También lamenta el efímero impacto sobre la población de Occidente ante este drama. “Cuando la gente ve esas terribles imágenes de chicos inmigrantes aprisionados en las ruedas o entre el motor de los camiones, la gente dice “pobre gente”, “qué fuerte”, “cómo es posible que pasen estas cosas”, pero al minuto siguiente ya están con otro tema en su cabeza, la tragedia se olvidó. ¿Cuántos se acuerdan ya del pequeño Alan? (el bebé que murió ahogado en las costas de Grecia cuya imagen dio la vuelta al mundo). Todos los días salen de África muchos niños como Alan. Por eso mi empeño en dar a conocer esta realidad”. Lass no renuncia a sus sueños y se esfuerza cada día para materializarlos. La constancia y la ilusión son sus compañeras inseparables de viaje desde que abrió los ojos a su nueva vida en el hospital de El Hierro hace más de 10 años. Admite que echa mucho de menos Tenerife, isla que visita cada vez que puede, y confiesa que aplica en su día a día las lecciones de solidaridad que le inculcó su abuela, “una mujer muy sabia”, de la que aprendió que “una mano no se lava sola y si lo hace, nunca estará tan limpia como si se lavaran las dos”.

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