tribuna

Que el sacrificio de Notre Dame despierte conciencias; B. H. Lévy

Por Bernard-Henri Lévy

Notre Dame de París. Desde Berlín, donde me encuentro ahora mismo, aterrado ante las llamas, la destrucción y la ceniza. Un tesoro de la civilización para quienes creen en el cielo y también para quienes no. La Europa de la belleza, de las santas esperanzas, de la grandeza y la dulzura. Como todo el mundo, estoy consternado.

Y nos podemos dejar llevar por los recuerdos. Por Victor Hugo, cómo no. Por Louis Aragon: “Nada es tan fuerte, ni el fuego ni el rayo / Como mi París desafiando a los peligros / Nada es tan hermoso como este París que yo tengo”. Y “bella, ¡oh, mortales!, como un sueño de piedra”, un verso que bien se le podría aplicar a Notre-Dame de París. Y la leyenda de los siglos franceses. Y la caballería mística de nuestra Historia, gloriosa o sombría. Y la misa de la Libertad reencontrada, en 1944. Y una joven hermana convertida en Notre Dame. Lloro con ella. Lloro con toda la cristiandad, herida en lo más profundo, que ve partir en el humo su iglesia visible y, quizá, con ella, también una parte de su iglesia invisible.

Martes por la mañana. El despertar. Notre Dame, la Francia de la Resistencia y la Europa de la literatura. Es la santidad gótica y la dulzura del Sena. Es la fe y la belleza. Victor Hugo y Louis Aragon, de nuevo, cuyos versos no dejan de rondarme por esta cabeza mía de insomne. ¿Hoy, mañana, ante un fuego tan inmenso? Sí, Victor Hugo, justamente: “El tiempo es el arquitecto, pero el pueblo es el obrero”.

Martes a mediodía. ¿El incendio está completamente controlado? Es un suplicio para un parisino volver a ver las imágenes de ese corazón de la ciudad atrapado en la violencia de las llamas. No es solo una iglesia lo que se derrumba. Es un trozo de humanidad. Un trozo de inteligencia, de belleza, de grandeza humana. Es un fragmento del alma y del espíritu de cada uno. Y sin embargo. Todo el mundo, igual que nosotros, los parisinos, pensábamos que esta venerable dama era inmortal. ¡Y ahí la tenéis, incendiada, impotente ante su propia suerte! Igual que nosotros en la víspera, impotentes ante las llamas. Pero ante esas imágenes que nos abaten, sentimos una oleada de emoción mundial. Italianos, suecos, irlandeses, españoles… Todos en comunión con nosotros, el pueblo de París, como tras un atentado, tras una tragedia nacional, la gente dice: “Todos somos París”. Y luego esto, en fin. Notre Dame, en el momento en que arde, nos recuerda la fragilidad de nuestra historia, la fragilidad de nuestro patrimonio, la precariedad de lo que hemos construido y la finitud de esta Europa milenaria, patria de las artes de la que ella es uno de sus mayores emblemas.

¿Qué pensar? Y, sobre todo, ¿qué hacer tras la emoción? Esperar que el sacrificio de Notre-Dame sirva para despertar conciencias aletargadas; que mediante el desastre nos demos cuenta de que Europa es todo ese arte tan elevado, ese patrimonio en peligro, esos estallidos de inteligencia compartida; y que todo eso es demasiado importante como para que permitamos que unos pirómanos desunan a este pueblo constructor de templos, de palacios y de belleza que es el pueblo europeo. La lección de Nuestra Señora de París. Una nueva lección de Tinieblas.

Y una última cosa: La Règle du jeu, nuestro medio de comunicación, ha oído el llamamiento del presidente de la República. Participará -así como yo mismo, su director- en la campaña nacional de donativos para que este corazón de Francia se salve y para que se reconstruya todo lo que se pueda reconstruir. Todos los lectores están invitados a hacer lo mismo. Lo repito: el tiempo es el arquitecto, pero nosotros, el pueblo, somos el obrero.

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