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Cuidado, Antonio

Un ligero mareo (acostado, bien; de pie, mal) acabó ayer con el doctor Antonio Alarcó en las urgencias hospitalarias del HUC

Un ligero mareo (acostado, bien; de pie, mal) acabó ayer con el doctor Antonio Alarcó en las urgencias hospitalarias del HUC. Le buscan una ligera isquemia o bien una presión cervical que le produce vértigo y mareos. Todo parece indicar que se trata de algo leve, pero me da que Antonio, con su actividad frenética, era el tipo más propenso a un desmayo de la población canaria.

Su dedicación a los demás, tanto en la política como en la medicina, me parece encomiable y peligrosa y su vocación de servicio hace que duerma poco, trabaje mucho y esté continuamente en un avión. Y eso, tarde o temprano, pasa factura. Que me lo digan a mí, que tuve que sufrir un cateterismo, incluso jubilado como estoy, porque sentí el mismo mareo dos o tres veces. Al final no era casi nada, pero descubrieron que tenía un soplo en el corazón y que debía bajar mis niveles de glucosa en sangre.

Me ocurrió otra vez, pero no dije nada, porque el hospital al que me llevaron le pegó tal zumbido a mi seguro médico que la compañía me lo rescindió. Y ahora transito por los insondables caminos del 38/ (treinta y ocho barra), como un guerrero apache. Es decir, que, de repetirme, me llevarán al mismo sitio que a mi amigo el doctor Alarcó, a reparar en lo posible el tembleque. Cuando me ingresaron, hace ahora un año, Alarcó llegó a la clínica antes que mis hijas, que aparecieron en minutos.

No me pregunten cómo se enteró. Ayer le tocó a él y yo no voy a ir a urgencias; primero, porque no me dejarían entrar a verlo; y segundo, porque estorbo. Pero anoche pasó la noche allí y hoy probablemente lo manden a casa. No irá a casa, sino a trabajar y eso es lo malo. Que se cree que es inmortal. Cuidado, amigo.

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