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El hundimiento

En los dos artículos publicados en sendos jueves de los últimos quince días hemos ido barruntando -y titulando- lo que nos parecía evidente que iba a ocurrir -y ha terminado por hacerse realidad-. El avance decisivo de la implantación municipal socialista, que les ha llevado a gobernar en las dos capitales canarias y en La Laguna, y, junto a una muy inteligente estrategia negociadora, ha propiciado que alcancen también el Gobierno canario, es decir, el control político de las principales instituciones isleñas, empezando por el Parlamento, junto a los presupuestos públicos y la agenda, las prioridades y las relaciones con un Ejecutivo nacional más que amigo.

El triunfo socialista ha implicado el derrumbe paralelo de Coalición Canaria, derrumbe que -con razón- ha sido calificado de un cambio de régimen. Porque, dadas las características estructurales de este partido y su composición, muy dependientes del poder y del control institucional de la sociedad civil, este hundimiento pone en cuestión su propia existencia como partido significativo en el sistema político canario, además de inutilizar los muy buenos resultados y las dos diputadas obtenidas en las generales de abril, junto a su papel en la investidura de Pedro Sánchez. Ya advertíamos que, si querían gobernar Canarias, los coalicioneros debían cambiar su estrategia negociadora y sustituir a su candidato, cuyos problemas judiciales lo invalidaban y no parecían tener solución. Pero el cambio de estrategia se hizo desde la torpeza y la lentitud: primero ofrecieron a los populares dos consejerías y una Presidencia con aspecto testimonial que conllevaba una relevante Vicepresidencia de Fernando Clavijo, lo que no fue aceptado; y después exigieron que, para compensar la retirada de Clavijo, fuera Australia Navarro y no Asier Antona la titular del Gobierno. En este caso, se ha dicho que fue Antona el que se apresuró a no aceptar y, al parecer, esgrimir la fidelidad personal -y no a Génova- de algunos diputados populares. Y mientras discutían si eran galgos o podencos, llegaron los socialistas. La torpeza de coalicioneros y populares ha coincidido con el fracaso de Ciudadanos en la elección de sus candidatos y la negociación de los pactos, bajo la responsabilidad de su Secretaría de Acción Institucional. De una razonable expectativa de estar en el nuevo Gobierno y ser una pieza fundamental en la política canaria, pese a sus modestos resultados electorales, han pasado a la irrelevancia y a sufrir una crisis interna de impredecibles consecuencias. Es muy importante conocer el resultado de los procesos abiertos por el partido contra el presunto transfuguismo e incumplimiento de las directrices de pacto de la Dirección nacional de sus dos concejales en las capitales tinerfeña y majorera. Y no sería una mala idea que acometieran cambios en profundidad en su estructura orgánica regional para revitalizar su proyecto en las Islas, muy desprestigiado por lo sucedido.

Ciudadanos ha sufrido el problema de todos los nuevos partidos, que disponen de estructuras regionales muy débiles y a medio hacer, sin la imprescindible capilaridad social; importantes carencias de medios humanos y materiales, y dirigentes improvisados o aceptados con premura sin la necesaria contrastación. Es el precio del fin del bipartidismo.

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