Por qué no me callo

Esta semana todos los días son sábado

Antes de llegar a esta semana de infarto, a la que todos asisten sin más certidumbre que un juego de azar, hace cuatro años otros resultados pusieron la primera piedra de este pandemonio y dejaron que, mes a mes, año a año, unos y otros fueran alimentando las ganas de venganza y las de conservar […]

Antes de llegar a esta semana de infarto, a la que todos asisten sin más certidumbre que un juego de azar, hace cuatro años otros resultados pusieron la primera piedra de este pandemonio y dejaron que, mes a mes, año a año, unos y otros fueran alimentando las ganas de venganza y las de conservar a toda costa el poder. No son incompatibles las dos cosas, pues una vez acariciado el terciopelo de las moquetas se llega a la conclusión de que la política es una actividad vengativa y codiciosa; no existe el término medio, o irrumpe el monstruo y se adueña de la situación, o no estamos hablando de lo mismo.

El sábado saldremos de dudas. No antes, ni siquiera en la víspera. Los algoritmos que rigen la estadística del árbol de los pactos establecen que lo conveniente es llegar a los metros finales con varios triunfos en la mano, distintas opciones y múltiples faroles, a fin de asestar en el último instante -ese que, a la postre, define todo lo humanamente cierto- el golpe de gracia definitivo. Canarias inventó los pactos en España antes de que los demócratas más formales perdieran el pudor y se decidieran a hacer los tejemanejes sin escrúpulos que son imprescindibles para actuar unas vez contabilizados los votos salidos de las urnas. Somos doctos en la materia. Por eso, una vez consumada la tramoya del pacto de progreso anunciado a los cuatro vientos por Sebastián Franquis el viernes, no pasaron 48 horas y uno de los socios, Nueva Canarias, perdía la primera de una tanda de alcaldías irrenunciables: Telde. Los mismos negociadores se tiraban piedras sobre su tejado, por la sencilla razón, como decía, de que hasta el último minuto el pescado no puede estar vendido de ninguna de las maneras, tratándose de política y de Canarias.

Ha sido enternecedor recibir noticias de viejos enemigos irreconciliables sentándose a comer para limar asperezas. Ver a Asier Antona saliendo por su propio pie de la hondonada en que cayó el jueves por la infidencia de un pope del PP que se sinceró con EFE en Madrid sobre las cartas marcadas de su partido a la hora de negociar con los de Sánchez en Canarias. El sudoku emocionante de todos contra todos y contra sí mismos hasta que tome decisiones el azar. El único sabio en la materia. Si el azar piensa como pensamos que piensa, habrá gobiernos de cambio en todas las plantas del falansterio. Pero si los lobos se esparcen por todas las estancias, locos de rabia y zafiedad, habrá destrozos, jirones y desgarraduras, aunque solo sea por joder.

Al filo de lo que tenga que pasar esta semana, solo nos cabe continuar expectantes ante el espectáculo de los que vienen y de los que se van. Los veremos cruzarse en el camino, hacerse zancadillas, la cosa se pondrá fea hacia el miércoles o el jueves. Tal será la urdimbre de pactos que acabaremos hartos, como siempre, y diremos aquello tan recurrente de: “que hagan lo que les dé la gana”. Cuando amanezca el viernes, el silencio y la bulla se repartirán por barrios, hasta que al atardecer circulen los últimos rumores, tan sórdidos y pavorosos como los primeros, y nos sembrarán las últimas dudas, sin poder arrancarnos esa muela. El sábado saldrá el sol como de costumbre. Será un día sobrecogido y hastiado por la ansiedad de los últimos cuatro años y estos meses insufribles en que los perros no han parado de ladrar. Y después habrá orden y desconcierto.