El charco hondo

Psicosis

Transcurridos los primeros doce días de tanteos, acercamientos informales, tomas de contacto, ofertas, cafés, reuniones oficiales, contraofertas y telefonazos, quienes están negociando los pactos en ayuntamientos y cabildos, en la búsqueda de una mayoría parlamentaria que abra las puertas del Consejo de Gobierno, o en todo a la vez, amanecen con pensamientos confusos, estados de […]

Transcurridos los primeros doce días de tanteos, acercamientos informales, tomas de contacto, ofertas, cafés, reuniones oficiales, contraofertas y telefonazos, quienes están negociando los pactos en ayuntamientos y cabildos, en la búsqueda de una mayoría parlamentaria que abra las puertas del Consejo de Gobierno, o en todo a la vez, amanecen con pensamientos confusos, estados de ánimo cambiantes, ideas extrañas, sospechas crecientes, creencias falsas, percepciones que se contradicen, alteraciones de conducta, dudas, golpes de optimismo, dudas, ausencias de certezas, dudas, zarpazos de pesimismo, dudas. Doce días después, los negociadores despiertan adentrándose en las arenas movedizas de las inseguridades, preguntándose qué conversaciones han tenido lugar o están ocurriendo sin saberlo, recorriéndoles un escalofrío cuando en el transcurso de una reunión les viene a la cabeza la posibilidad de que la reunión real esté teniendo lugar en otra parte, en otro hotel, en otro restaurante, en otro reservado (y que, en consecuencia, tu reunión es la de relleno). Los responsables de alcanzar acuerdos, y quienes en sus manos están, entran a las puertas del fin de semana en una fase diferente, embarcan en días en los que realidad e irrealidad se funden en un solo cuerpo, volviéndose permeables a teorías de conspiración, a sucesos paralelos e intenciones que escapan a su conocimiento o control. Temen que estén pasando cosas que desconocen, conversaciones que el radar no detecta, avances desconocidos del adversario. Los negociadores, y quienes de ellos dependen, empiezan a tener una pesadilla que no se diluye al despertar, y que consiste en poner la radio y escuchar que otros han anunciado un acuerdo. Cuando se entra en este tramo, terreno fértil donde el nerviosismo se multiplica como la mala hierba en los márgenes de las carreteras, el cansancio sube a escena, el temor a ir un minuto por detrás de los otros se dispara y consciente o inconscientemente todo se acelera. Cala la convicción de que hay que cerrar cuanto antes. Se agiganta la sensación de que se está llegando tarde, o de que los otros están llegando antes. Doce días después la presión de los propios y el miedo a perder la partida provoca que los acontecimientos se precipiten. Las negociaciones han empezado otro capítulo. El miedo a perderlo todo empieza a condicionarlo todo.