En la frontera

El centro y el reformismo

Ahora que, de nuevo, la discusión sobre el centro político está en el candelero, la relación entre centro y reforma ayuda a aclarar algunas cuestiones. Por ejemplo, podemos afirmar que el rasgo que mejor define políticamente al centro es el reformismo. En efecto, en este concepto se encuentran conjugados una serie de valores, de convicciones, […]

Ahora que, de nuevo, la discusión sobre el centro político está en el candelero, la relación entre centro y reforma ayuda a aclarar algunas cuestiones. Por ejemplo, podemos afirmar que el rasgo que mejor define políticamente al centro es el reformismo. En efecto, en este concepto se encuentran conjugados una serie de valores, de convicciones, de presupuestos, que permiten delimitar con precisión las exigencias de una política que quiera considerarse centrada, o de centro.

En este sentido, el reformismo implica en primer lugar una actitud de apertura a la realidad y de aceptación de sus condiciones. A partir de esta base, las políticas que se proyecten deben caracterizarse por su moderación -cualidad esta esencial del centro- y por su realismo político. Asimismo, es una exigencia del centrismo la eficiencia, y la base primera de la eficiencia no son las convicciones políticas, sino la competencia profesional, aunque haya de entenderse esta como apoyo de la labor política, ya que propiamente la competencia o capacidad política excede los límites de la simple competencia profesional. Y han de ser también las de centro políticas equilibradas, en el sentido de que han de atender a todas las dimensiones de lo real y del cuerpo social, de modo que ningún sector quede desatendido, minusvalorado o negado.

Si en cuanto a su dimensión, las políticas de centro deben caracterizarse como reformistas, moderadas, realistas y eficientes, en cuanto a sus objetivos el primer rasgo que las ha de caracterizar es su contenido social, la acción social que impulsan: estar en el centro es estar en el mismo interés general.

Las políticas centristas son políticas de integración y en la misma medida se trata también de políticas cooperativas, que reclaman y posibilitan la participación de los ciudadanos singulares, de las asociaciones y de las instituciones, de tal forma que el éxito de la gestión pública debe ser ante todo y sobre todo un éxito de liderazgo, de coordinación, o, dicho de otro modo, un éxito de los ciudadanos. Algo que hoy, con tanto personalismo, con tanta falta de participación real, y con tanta ansia de manipulación y control, brilla por su ausencia.

Las recientes elecciones del 28-A han sacado a relucir un concepto que suele emerger con fuerza cuando los extremos y las ideologías cerradas hacen acto de presencia, tal y como ha pasado entre nosotros en los últimos comicios. Me refiero a la moderación, tan manida estos días como huérfana de aplicación práctica, pues suele confundirse frecuentemente con tibieza, pusilanimidad o indefinición demasiadas veces. Sin embargo, como veremos, y como sabemos, nada más lejos de la realidad.

La moderación es, entre otras cosas, un ejercicio de relativización de las propias posiciones políticas. Las políticas radicalizadas, extremas, solo se pueden ejercer desde convicciones que se alejan del ejercicio crítico de la racionalidad, es decir, desde el dogmatismo que fácilmente deviene en fanatismo, del tipo que sea.

Sin embargo, toda acción política es relativa. El único absoluto asumible es el hombre, cada hombre, cada mujer concretos, y su dignidad. Ahora bien, en qué cosas concretas se traduzcan aquí y ahora tal condición, las exigencias que se deriven de ellas, las concreciones que deban establecerse, dependen en gran medida de ese “aquí y ahora”, que es, por su naturaleza misma, variable.