Tribuna

Grecia

Los editoriales de El País hay que leerlos en clave interna, aunque traten de reflejar lo que ocurre fuera de España. Se estaba echando de menos un análisis del resultado de las elecciones en Grecia. Por fin aparecen publicadas las reflexiones del editorialista, que parecen ser fruto de la oportunidad de contemplar una situación paralela, […]

Los editoriales de El País hay que leerlos en clave interna, aunque traten de reflejar lo que ocurre fuera de España. Se estaba echando de menos un análisis del resultado de las elecciones en Grecia. Por fin aparecen publicadas las reflexiones del editorialista, que parecen ser fruto de la oportunidad de contemplar una situación paralela, animada por las estrategias de los pactos para formar gobierno y del desprestigio creciente de determinadas opciones. Para empezar, se achaca a una gran decepción el descalabro de Tsipras. Una decepción que marcha pareja con una promesa en la que se depositó una excesiva confianza. Recordemos el debate sobre la posición heroica frente al duro rescate impuesto por Europa, y el apoyo solidario que tuvo en la izquierda de nuestro país la resistencia numantina a las medidas de ajuste. Esa, y no otra fue la respuesta a las torpes políticas para enfrentar la crisis llevadas a cabo por Rajoy, que hoy, a la vista de los indicadores que nos han llevado a una supuesta recuperación, nadie pone en duda. Dice el artículo que la culpa del fracaso la ha tenido “la gran esperanza y la gran decepción que representó para la izquierda, no solo griega, sino también europea, la llegada de Tsipras al poder en 2015, con un discurso de oposición tajante a las políticas económicas inflexibles basadas en criterios técnicos más que en las repercusiones sociales”. Curiosamente, este periodo coincide con la parálisis institucional que se sufre en España después de los comicios de 2015, también con Tsipras en el horizonte del debate, ofertado como la gran solución para la nueva opción progresista que representa la democracia real.

Ahora el escenario es diferente. Europa parece recomponerse, y la presencia influyente del socialismo español en la conformación de los nuevos órganos de gobierno de la Unión hace que las cosas se vean desde otro prisma. Seguir en el camino de Syriza no es recomendable; por tanto, hay que huir de la contaminación del fracaso como si se tratara de apestados. Esta es una de las razones fundamentales para que Sánchez le niegue la entrada a Podemos en un gobierno de coalición. No se pretende renegar del progresismo, ni de un programa con un alto grado de coincidencia, ni siquiera de abominar de ese presupuesto milagroso pactado hace escasamente unos meses, que parecía la panacea que nos iba a resolver todos los problemas. No importa, si hay que retocarlo se retoca. El progresismo tiene distintas soluciones para los mismos problemas. Igual valía ese como el que se había pactado con Ciudadanos en 2016. La política actual ya no se rige por los modelos ideológicos tradicionales. No lo digo yo, lo dice George Lakoff, que justifica soluciones progresistas o conservadoras para según qué cuestiones.

Hoy nos damos la mano con Macron, que dice que la derrota de Tsipras ha sido una buena noticia. No parece muy democrática esa declaración, pero es lógico que se alegre de quitarse de encima a los correligionarios de Mélenchon, de la misma forma que aquí se sonríen con la boca pequeña pensando en los efectos que pueda tener sobre esa mosca cojonera que se llama Pablo Iglesias, que venía a comerle la tostada a todo bicho viviente, incluido Pedro Sánchez. Ha caído también el grupo ultraderechista Amanecer Dorado. Eso no está nada mal.

Quizá puede ser una premonición de lo que ocurra con Vox. Entonces habremos matado dos pájaros de un tiro en ese retorno lento al bipartidismo en el que, de forma silenciosa, estamos enfrascados.