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¿Pero dónde estaba Píter?

Yo andaba por las islas Cícladas, pero por el Cabirdo -déjenlo así-, según cuentan los que saben, José Manuel Píter, como lo llama Calero, no apareció. Unos decían que andaba malucho, otros que huía de la quema, otros que como no iba a resolver nada, ¿para qué acudir al pleno? Pero Píter, Pitti, no confundir con el de los perritos calientes de toda la vida, no dio señales de vida. A esa hora, yo andaría bailando con Abba, que como estábamos en una isla griega, las vecinas de mi habitación del hotel, unas chicas americanas y su madre, que estaba más buena que el pan, escuchaban con grandes alardes de volumen. Me hablaban, los que sabían y estaban, del pleno, de su receso por una excusa tonta y de la ausencia manifiesta de Píter, José Manuel, querido amigo, que se perdió por los laberintos del infierno, porque allí no estaba. Al final, lo previsto, ganó Pedro Martín, que era muy chico cuando yo, de mantenedor de las fiestas de Guía de Isora, llevé del brazo a su hermana, que era la reina. Me alegro por Pedro, que es un político eficaz, ha sido un gran alcalde y, sobre todo, es honrado a carta cabal. No tengo el teléfono de Pitti y no lo pude llamar, pero mantuvo con el culo estrecho a su bancada, según me cuentan -ya digo que estaba en Grecia-, porque si sale la jugada contra Unidas Podemas (¿o es Podemos?) su voto sí podría haber sido necesario. Yo escuchaba a Abba cantar lo de su trama griega para solaz y entretenimiento de las chicas americanas y de su señora madre, a quien Dios conserve su piel blanca, su sonrisa rubia y su canesú. Y Píter con Wally, perdido por esos predios de San Miguel, que él domina con singular destreza.

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