Claves para ser brillante

Procrastinación: claves para vencer el arte de postergar

Enfrentarnos a determinadas actividades o tareas en nuestro día a día puede resultar un verdadero suplicio

Enfrentarnos a determinadas actividades o tareas en nuestro día a día puede resultar un verdadero suplicio. Todos conocemos esa sensación de saber que tenemos asuntos pendientes a los que atender y, al mismo tiempo, la experiencia de sentirnos paralizados en ese momento crucial de elegir si nos animamos a llevarlos a cabo, o bien los dejamos para mañana. Tenemos toda la intención de ponernos manos a la obra, pero llega el momento y, como por arte de magia, surge algo que nos distrae, o nos convencemos de que cualquier otra cosa es más urgente, importante, interesante o divertida. ¡Mañana será otro día!, o eso pensamos… pero mientras tanto planea en nuestra cabeza la sombra de la culpabilidad, recordándonos una y otra vez que debemos hacerlo. ¿Te resulta familiar?

¿Por qué postergamos?

No te alarmes, nos ocurre a todos. Los seres humanos hemos perfeccionado el arte de postergar durante siglos. De ahí que los antiguos filósofos griegos llegaran a concebir el término para describir este comportamiento como akrasia, o estado de actuar en contra de tu mejor juicio. Dicho de otra manera, es cuando haces una cosa aunque sabes que debes hacer otra. No es pereza, ni falta de voluntad, es procrastinación.

Llega la hora de ir al gimnasio, pero no te apetece; el armario está hecho un desastre, pero sientes que hoy no es el momento de poner la casa patas arriba, tienes que entregar unos documentos o estudiar para un examen y se te hace cuesta arriba. Es un desafío que se puede convertir en una lucha constante, pero ¿porqué lo hacemos? ¿Qué ocurre en nuestra cabeza que nos invita a evadir lo que sabemos que tenemos que hacer?

¡Disfruta!

No se trata de una mala gestión del tiempo o falta de organización. Procrastinar está directamente relacionado con el manejo de las emociones, ya que cuando postergamos no solo estamos evadiendo tareas, sino también las emociones que estas nos provocan. El cerebro tiende a valorar las recompensas inmediatas más que las futuras, busca el placer y la gratificación instantánea ideando excusas para distraernos de aquello que nos causa aburrimiento, frustración, dificultad, o estrés.

Resulta paradójico, ya que procrastinamos para sentirnos mejor, pero acabamos sintiéndonos peor porque nuestra mente racional también valora los beneficios a largo plazo que nos reportará cumplir con estas tareas. La buena noticia es que para salir del bucle basta con establecer recompensas inmediatas a estas actividades, asociándolas con algo que te haga sentir bien y te motive. Por ejemplo, si te encanta la música, llévatela contigo al gimnasio, si estás enganchado a una serie o programa, acompáñalo de alguna tarea doméstica que tengas pendiente, o llévate el portátil o material de estudio a ese lugar inspirador que tanto te gusta para disfrutar del ambiente mientras adelantas algo de trabajo.

Cambia la perspectiva

Timothy Pychyl, psicólogo y miembro del Grupo de Investigación sobre Procrastinación de la Universidad Carleton, ha estudiado este tema durante más de 20 años, revelando que el problema no reside en las tareas, sino más bien en la forma particular que tenemos de percibirlas. Cuando no encontramos utilidad, sentido o significado a las cosas, perdemos el interés. Seremos más proclives a la dilación o al abandono de esas actividades, ya que nuestro cerebro no entiende por qué tenemos que dedicar tiempo y esfuerzo a trabajos que percibimos como poco estimulantes.

Nuestra actitud cuenta, y mucho. Para combatirlo es necesario darnos la oportunidad de comenzar, dar el primer paso y comprobar cómo se siente. A menudo, una vez que nos concentramos en la tarea nos damos cuenta de que no era para tanto, que incluso disfrutamos realizándola cambiando nuestra temible idea inicial. Y lo que es aún mejor, la satisfacción que obtenemos al concluirla es mucho mayor y vale más la pena que todo lo que hemos padecido esquivándola.

Otra de las claves que podemos poner en práctica es inducir que las tareas nos resulten más sencillas y alcanzables, tal como llevó a cabo el exitoso novelista inglés Anthony Trollope, que logró escribir decenas de trabajos gracias a la “rutina de los 15 minutos”. Una estrategia que consiste en clasificar las tareas por orden de prioridad, empezando por lo más importante, y medir el progreso trabajando en lapsos de 15 minutos. Esto nos permite disfrutar de momentos de satisfacción y logro, al tiempo que fortalecemos la motivación de sentir que avanzamos, especialmente en trabajos o actividades más complejas.

Ten presente que la motivación no siempre precede a la acción. Con la misma frecuencia, nuestra acción alimenta la motivación. O como decía Steven Pressfield en La guerra del arte: rompe los bloques y gana tus batallas creativas internas, no puedes esperar a estar de humor. Solo empieza.

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