SANTA CRUZ

Casi 80 años de difícil convivencia

Los vecinos de las calles que rodean al Centro Municipal de Acogida, el albergue, como lo conoce todo el mundo, reclaman una mayor atención de las administraciones públicas, no solo del Ayuntamiento de Santa Cruz, para solventar un situación que, aseguran, ha empeorado en los últimos tiempos de “desidia”

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Los vecinos avisan en cuanto ven colchones para que sean retirados por Urbaser, pero, dicen, al día siguiente aparecen de nuevo. Fran Pallero

Azorín no es un barrio cualquiera. Es imposible que lo sea. Sus parques y jardines, sus calles en ocasiones, se han convertido en una suerte de albergue al aire libre de Santa Cruz. Allí, personas sin hogar pasan sus horas esperando por el comedor, la lavandería o una cama donde pasar la noche. En definitiva, por los servicios que ofrece el Centro Municipal de Acogida, el que siempre ha sido el albergue, un sitio que para muchos es el único hogar que conocen, y como cualquier otra persona, su vida la desarrollan en torno a la que es su vivienda. Junto a ellos los vecinos, los que tienen una casa, una familia, unos parques de los que no disfrutan, unas calles en las que, reconocen, no dejan solas a sus hijas. El próximo año se cumplen 80 desde que el primer albergue abriera sus puertas en el barrio. Fue en 1940 y lo hizo como Refugio de Mendigos de Santa Cruz de Tenerife. Desde entonces han cambiado muchas cosas, unas a mejor, pero otras a peor, según los vecinos de Azorín, la zona de Los Gladiolos en la que se alza este recurso, el único para personas sin hogar de toda la Isla.

Precisamente su carácter insular, aunque la gestión la realiza el Ayuntamiento de Santa Cruz, hace que se vea desbordado en la atención a un colectivo que necesita de múltiples apoyos. Una atención que también reclaman los vecinos que soportan la mayor carga social de todo Santa Cruz, a lo que se une, como recuerda el presidente de la Asociación de Vecinos Azorín, José Luis Guzmán, “la alta tasa de paro, que hace que también tengamos una población en riesgo de exclusión con la que hay que extremar el cuidado y el apoyo”.

Un recorrido por el barrio es suficiente para entender la preocupación de los vecinos. Los colchones proliferan por las esquinas, “aunque vengan los servicios municipales y se los lleven, al día siguiente hay otro”, denuncian desde la asociación.

Las casas okupadas es otra de las dinámicas que se han instalado en el barrio, puertas y ventanas reventadas para colarse por ellas. “Cuando derriben los edificios de La Candelaria tendremos un problema serio, porque hay muchos okupas”, explican desde la asociación. La limpieza es otro de los caballos de batalla. “Tenemos gente en la calle haciendo sus necesidades en cualquier sitio, que dejan todo lleno de basura, y así un día tras otro”. Entienden que deberían tener un refuerzo de limpieza casi diaria. Les preocupa que acaben atropellando a alguien, pero también, afirman, que “la Policía Local, muchas veces cuando los llamas y les dicen que es en Azorín, ni siquiera se molestan en venir”. “Mucha de esa gente no tendría que estar ahí tirada, es gente que necesita ayuda, estar en un centro donde la atiendan”, añaden. Admiten que la noticia del cierre del comedor social de El Fraile, en Arona, les hizo pensar de inmediato en más gente para el albergue de Santa Cruz, con todo lo que eso conlleva.

ATENCIÓN MUNICIPAL

Esta misma semana la Asociación de Vecinos de Azorín se ha reunido por segunda vez con el Ayuntamiento de Santa Cruz, y eso, dicen, es muchísima más atención que toda la que han recibido en los últimos cuatro años con el anterior equipo de gobierno. Agradecen la sinceridad de la concejal de Asuntos Sociales, Marta Arocha, y también la esperanza que les ha trasmitido para que, en un futuro, el Centro Municipal de Acogida deje de ser un megacentro para personas sin hogar y se convierta en otro tipo de recurso.

Arocha ya ha analizado los distintos perfiles que acuden al Centro Municipal de Acogida, entre los que ha detectado a 35 personas con discapacidad que deben ser atendidas en otros recursos. También los enfermos duales, aquellos que tienen una enfermedad mental y algún tipo de adicción, que, resalta la edil, deben ser asistidos en otros centros. “Todo lo que trascienda a lo social, trasciende al Ayuntamiento”, defiende, para matizar que el Consistorio pondrá todo de su parte para ayudar con minirresidencias, pisos tutelados, lo que sea, para que las personas que tienen un problema de vivienda salgan de las calles. Con el resto exige el apoyo de las demás administraciones públicas. En esa pelea tiene el apoyo de los vecinos, que quieren dejar claro que su guerra no es contra las personas sin hogar, sino contra la falta de servicios, que, aseguran, llevan años reclamando y nunca nadie les ha hecho caso. “Ahora, con el nuevo equipo de gobierno, parece que puede haber un cambio, al menos nos escuchan y ya han venido dos veces a conocer la realidad del barrio. El anterior Gobierno local solo nos dejó desidia”, denuncia el presidente de la asociación. Esa actitud, aseguran, ha hecho que la convivencia haya empeorado en los últimos años, con brotes xenófobos y racistas que han intentado atajar desde la asociación de vecinos.

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Los vecinos de Azorín coinciden en pedir más seguridad y limpieza para un barrio que “siempre ha convivido con el albergue”. Fran Pallero

PREOCUPACIÓN

“No dejo salir sola a mi hija a la calle. Al instituto, que está a 400 metros de casa, la acompaño, igual que cuando va a la piscina municipal”, explica Salvador, uno de los vecinos del entorno de Azorín. Lleva tres años viviendo cerca del Pancho Camurria, aunque conoce la zona desde niño. Allí vivían sus abuelos. “Antes no era así, se podía caminar por la calle”. Denuncia que hay días en los que se ve a la gente orinando en los coches (cuenta cómo lo han hecho en el suyo) o la suciedad de todo tipo que se acumula por los rincones: “Dejan todo tirado”. Pide “más limpieza” y también más “presencia policial”, porque “aquí todos los días hay broncas y de todo lo que te puedas imaginar”. Lamenta que la falta de civismo de quienes ocupan los alrededores hace que ni siquiera valoren la ayuda que reciben: “Hay veces que se les intenta ayudar y pasan. Mi hija muchas veces ha intentado llevarles comida y ha visto cómo se la rechazan o no le prestan atención, porque van a lo que van”. Salvador reconoce que no todos son iguales y habla de una pareja de señores mayores que viven en la calle. “Da pena verlos”. “Hemos visto de todo”, dice.

Mercedes es de la misma opinión que su vecino. A sus 68 años ha visto casi de todo en el barrio, en el que lleva viviendo más de 40. Recuerda cómo primero fue refugio y después albergue. “Hemos tenido épocas mejores, pero ahora… Yo misma no salgo temprano a caminar porque enfrente del bloque hay un señor que hace sus necesidades temprano, ahí, en medio…”. Ella tampoco deja que su hija de 17 años vaya sola por el barrio. Como a Salvador, le preocupa la pareja de personas mayores que viven en la calle, en los alrededores del albergue. “Ellos son muy respetuosos, recogen todas sus cosas, hasta limpiaban donde estaban y si les das comida la aceptan”, cuenta poniéndolos de ejemplo de personas sin hogar con los que no hay problemas de convivencia. “Otros defecan en cualquier parte, te piden el teléfono móvil y no sabes ni qué decir”, añade. Ángel Brito es vicepresidente de la asociación de vecinos de Azorín y cuenta cómo los alrededores de la sede vecinal a veces están impracticables por los restos y los olores que proceden de los jardines. “Exigimos más limpieza, que vengan más seguido, no somos un barrio cualquiera de la ciudad, pero, sobre todo, lo que necesitamos es que le den una salida a estas personas para que dejen de estar en la calle”.

Hablan de la poda de los árboles que nunca llega, del peligro de la valla abierta junto a la TF-5, que, denuncian los vecinos, “va a provocar una desgracia un día de estos”, o de la necesidad de que haya una ambulancia fija a las puertas del albergue, pero, sobre todo, que ayuden a esas personas.

EL OTRO LADO

Esas personas son como Juan y Miguel (nombres ficticios). Ellos pasan las horas bebiendo cerveza y esperando a la hora del almuerzo y la cena en el parque de Manuel Castañeda, en la calle Ramiro de Maeztu. Juan no duerme en el albergue. Tiene una habitación que puede pagar con la pequeña paga que recibe, pero el resto del día lo pasa en el parque con su amigo Miguel. Lleva pocos días en Santa Cruz. Viene del Sur. Y, aunque pudiera parecer lo contrario, coincide totalmente con los vecinos. “Claro que somos nosotros los que ensuciamos los parques, pasamos horas aquí sentados, sin hacer nada”, dice. Incluso va más allá: “Yo soy padre y no traería a mi hija aquí ni loco”. También reivindica que es necesario que se les dé una salida. “¿Por qué no se nos pone a limpiar? No sé, se da algo de dinero y que ellos mismos sean los que limpien. Se trata de que ocupen su tiempo, porque si no están ahí sin hacer nada”, detalla.

Su amigo Miguel tiene 58 años, pero pareciera que tiene 20 más. Lamenta que el barrio posea tan mala fama y defiende que no todo es culpa de ellos, que el barrio en general está muy abandonado, y pone como ejemplo precisamente que hayan quitado los bancos: “Quién va a venir a un parque en el que no hay donde sentarse”. Fue la Asociación de Vecinos la que pidió que se retiraran para evitar que se convirtieran en improvisadas camas. En el mismo parque, otras ocho personas se arremolinan junto a las escaleras, bebiendo y fumando. Delante del Centro Municipal de Acogida un chico, no llegará a los 20 años, duerme en el suelo con su cabeza apoyada en una mochila.

Esta es la realidad de Azorín, que pide que se le preste más atención, más limpieza, más cuidado, más policía, pero también más centros para atender a las personas sin hogar. Calculan que en los últimos cinco años han muerto unas siete personas en el entorno del albergue. “Es intolerable”, dicen. “No queremos que muera nadie más”.

POLICÍAS MUNICIPALES ATENDÍAN EL PRIMER ALBERGUE

La evolución de esta zona en torno al albergue viene recogida en el I Plan Municipal para Personas Sin Hogar que se aprobó este mismo año. Allí se refleja el trabajo de la que fuera la primera trabajadora social del Ayuntamiento de Santa Cruz, María Dolores Tejedo, y primera responsable del albergue. En sus inicios era atendido por policías municipales y un administrador. También había un encargado del centro, quien tomaba nota de las personas que entraban en él, y una señora de la limpieza.

Los vecinos de Azorín coinciden en pedir más seguridad y limpieza para un barrio que “siempre ha convivido con el albergue”

Desde la Asociación de Vecinos de Azorín se trabaja a destajo para conseguir un poco más de limpieza y seguridad para las calles de alrededor del albergue, también piden al resto de asociaciones del barrio, “que las hay”, que se impliquen. Quieren dejar claro que dan su voto de confianza a la nueva concejal de Asuntos Sociales, Marta Arocha, y también al resto del equipo de gobierno municipal. Confían en que, por una vez, “nos ayuden a solucionar los problemas sociales que afectan a Azorín desde hace tanto tiempo”.