Muchas veces el arte urbano tiene la capacidad de romper esa barrera donde el grafiti suele verse como algo que pertenece solo a la juventud.
En la cotidianidad del hogar Jesús de Nazaret, gestionado por la Fraternidad Divina Providencia, el hermano Julián y Loli rompieron ese concepto e imaginaron algo distinto: querían que las paredes dejaran de ser límites para convertirse en espejos. Así nació la colaboración con el artista Matías Mata, conocido como Sabotaje al Montaje, quien ha transformado una pared en un monumento a la vida compartida.
Ambos habían visto el mural que Matías hizo en la rotonda del municipio vecino de La Victoria de Acentejo y pensaron que podían retratar a usuarios del centro que llevaban mucho tiempo allí. Se lo propusieron el año pasado y no lo dudó. Para él también fue un reto ya que era la primera vez que pintaba en una residencia de mayores y personas con diversidad funcional.
El resultado no es una obra abstracta sino un pedazo de realidad en la que convergen rostros de personas que representan el corazón de la residencia, como Guillermina, una de las más longevas, y su hijo Ramón, con síndrome de Down. Su retrato captura un instante único, ese amor incondicional de madre que trasciende el tiempo y la condición, una mirada que Matías consiguió después de hacerle a ambos más de 50 fotografías.
La vocación de cuidado se refleja a través de Jenny, una enfermera, y Javier, un usuario, quienes simbolizan la mano tendida y la salud como un derecho humano basado en la cercanía.
También la humildad aparece en la obra, en este caso la del hermano Julián, retratado de forma informal, con su hábito pero cerca de la gente.
Empezó a trabajar a comienzos de abril con lluvias incesantes que intentaron frenar los trazos. Entre sprays y nubes, Matías hacía aparecer rostros gigantes en cuestión de días. Una especie de milagro que los residentes observaban con ojos de asombro porque veían a sus propios compañeros. “Cada vez que venían pensaban que iba a estar un mes y cuando me despedí de todos ellos se quedaron como descolocados”, confiesa el artista.
“Les brillaban los ojos porque quizás nunca habían visto algo así y porque los colores abrazan siempre a la vida, da igual a quien se retrate, eran compañeros y compañeras suyas. Hoy en día, en un mundo saturado de filtros y egos, que ha aumentado debido a las redes sociales, es muy difícil retratar a la gente”, recalca Matías.
Los colores devuelven a Guillermina, Ramón, Javier y Jenny el protagonismo que merecen y deja claro el mensaje: el cuidado de las personas es uno de los pilares más importantes. Gracias a su arte y al empeño de Loli y del hermano Julián, ese cuidado es visible y permanecerá durante muchos años en una pared del inmueble situado en el número 38 de la calle La Resbala, en La Matanza de Acentejo.






