Tribuna

Dos Españas

A parte de las diferencias sociales, económicas, culturales, geográficas e ideológicas, hay dos Españas, igual que hay dos Francias, dos Alemanias, dos Italias y dos de todo lo que ustedes quieran poner sobre la mesa. No siempre están. Son un ectoplasma una de la otra que aparece, de vez en cuando, para ponerlas en desacuerdo. […]

A parte de las diferencias sociales, económicas, culturales, geográficas e ideológicas, hay dos Españas, igual que hay dos Francias, dos Alemanias, dos Italias y dos de todo lo que ustedes quieran poner sobre la mesa. No siempre están. Son un ectoplasma una de la otra que aparece, de vez en cuando, para ponerlas en desacuerdo. Goya las pintó gigantescas arreándose garrotazos, Cervantes hizo chanza de ellas, con el más fiel retrato de lo que somos. De aquí que la palabra quimérico se asimila a quijotesco, desde que creó ese maravilloso personaje.

No tienen nada que ver con la guerra civil, como algunos se empeñan en demostrar. Son mucho más antiguas. Ese término ya fue empleado por Mariano José de Larra, en el siglo XIX, cuando dijo: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. Luego Antonio Machado auguró: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Todos hablan del tiempo en que están presentes, que es aquel en el que las ilusiones se mueren y reina la crisis de la decepción. No existe una idea que las aglutine para olvidar, por un tiempo, la existencia de ese barranco profundo que las separa. El último acontecimiento que nos sumió en una profunda depresión fue el desastre de Santiago de Cuba, que dio origen a una brillante generación de escritores desesperados. Juan Ramón, deprimido congénito, se refugió en un burro y unas gallinas de Moguer para describir cómo un remanso de paz es posible donde no existe más que crispación. Por eso le dieron un premio Nobel.

A todos nos ocurre. Cuando desaparece la idea fuerza que une a los pueblos, estos se dividen en facciones que, en lugar de perseguir el entendimiento de las ideas, tienden a la destrucción de unas a manos de las otras. Según Elias Canetti, en una maravillosa descripción en su obra Masa y Poder, la Alemania terrible que surge en los años treinta es producto del fracaso de la experiencia democrática de Weimar, y de la debacle sufrida en la Primera Guerra Mundial, al ver sofocado el carácter militarista que define a ese pueblo. Los franceses han tenido que tirar mano de nuevas afirmaciones de los fundamentos de su República para poder renovar ideas y seguir adelante defendiendo eso que llaman la grandeur de la Nación. Todos encuentran un motivo para renacer. Lo peor es conformarse con el retrato fatal de esa duplicidad insuperable y considerarlo como una situación crónica de la que nos es imposible desembarazarnos. De aquí que la idea de las dos Españas sea la más significativa para expresar lo que somos. Nosotros descubrimos que existía un espacio común en el que se diluyeran estas diferencias aparentemente insalvables: se llamó Transición. Con ese sistema hemos convivido cuarenta años de progreso y estabilidad. No se puede pedir más. Todo, hasta que algo que se encuentra latente en nuestra genética sale a la calle para decir: “No nos representan”. El problema es que otro cree, con cierto complejo, que con ese eslogan le van a comer el terreno en el liderazgo de lo que se llama la izquierda ideológica. En ese momento se enconan las posiciones y aparecen de nuevo esas dos Españas de Goya, de Larra y de Machado. Los fatalistas dicen que es nuestro carácter y que no podemos evitar responder a ese cliché. La historia, sin embargo, demuestra que son situaciones superables. El problema es que en la solución se lleven por delante más cosas de las que serían necesarias. Claro que hay dos Españas, pero existe una mayoría, yo creo que apabullante, que cuando ve que las dos están dispuestas a entrar a la gresca, dice: “Arreglen eso”.