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Justicia para los kurdos

Por qué hacemos filosofía? ¿Por qué escribimos, como hago yo aquí, artículos o un cuaderno de notas? Decía Merleau-Ponty*: los autobuses de la plaza de la Contrescarpe, llenos de niños, delante de los que se prohibía el silencio. Pues bien, mutatis mutandis, ahí estamos. Ante este abandono a los kurdos de Siria del que hace más de diez días somos testigos, horrorizados e impotentes, ante las imágenes de esos camiones llenos de desplazados, supervivientes de bombardeos de los que se deshacen como si fueran basura, callarse no es una opción. La Historia explicará las razones de ese abandono.

Yo tengo mis propias teorías, consignadas en el libro L’empire et les cinq rois (El imperio y los cinco reyes), que trataba de hacer un gran retrato americano. Con espanto, veo que mis previsiones se cumplen. Sin embargo, la historia acabará por dejar claro cuáles han sido todos esos intereses, cobardías y, quizá, la simple estupidez que ha permitido que Estados Unidos traicionara al pueblo kurdo que, en la región, era su mayor aliado.

Lo que podemos decir a día de hoy es que no se conoce precedente a semejante ultraje a un pueblo. El pueblo kurdo, que ha sido escudo, muralla y la vanguardia en esa lucha a muerte contra el DAESH, arrojado a los perros. Quizá hallemos un precedente en Salambó, en la traición de Amílcar a los soldados de Matón, solo que los kurdos no son mercenarios, ¡sino hermanos y hermanas de armas!

Lo que podemos decir es que el verdadero crimen de Donald Trump, el que le valdrá, tal vez no el impeachment, excepto un final en los basureros de la Historia, está en la orden de retirada, anunciada hace ocho meses, a los 2.000 soldados que eran los guardianes de sus hermanos. Una retirada que equivalía un “Que aproveche, señores” dirigido a Erdogan: Trump no solo ha apartado los ojos o ha bajado el pulgar, sino que ha anunciado su derrota.

Lo que se puede y se debe decir es que, sea cual sea su decisión a partir de ahora, sea cual sea el cambio de rumbo que adopte, su palabra ya no valdrá nada ni, desgraciadamente, la de una América que, al igual que su poder militar, debía su autoridad al crédito moral del que disponía: hoy en día, se les ha agotado; no hay ni un solo aliado de Estados Unidos, ni uno solo, ya sea en Europa o en Oriente Medio, en el mundo árabe o en Israel, que pueda creer en el valor de su palabra; es peor que un crimen, es una falta, que le dijo Talleyrand a Napoleón después del asesinato del duque de Enghien. Esta puñalada en la espalda de los kurdos, por la conmoción moral que la acompaña, es más que un crimen, más que una falta, es un suicidio, un complot de Estados Unidos contra sí mismo.

Lo que no podemos dejar de decir es que la OTAN, que se suponía que nos protegía, prácticamente ha dejado de existir desde que uno de sus miembros, Turquía, decidió bombardear en nuestro nombre a los que habían pagado con sangre el precio de defendernos: siempre podemos, por supuesto, echar a Turquía de la OTAN; podemos intentar eliminar las 50 cabezas nucleares almacenadas en territorio turco, en Incirlik; sin embargo, hemos cometido el mayor error estratégico que puede cometer una alianza militar: aceptar que nuestros mejores soldados sean entregados, a la vez, a Putin, a Bashar, a los ayatolás de Irán y a los lobos de Erdogan. Hemos saboteado la alianza.

Y estamos obligados a decir, sin mayor dilación, que todo Occidente, al consentir esta catástrofe y no imponer una fuerza de intervención que sustituya a los 2.000 estadounidenses evacuados, también se ha deshonrado a sí misma: en una guerra, aún tiene un pase mancharse las manos y la conciencia con la sangre de los enemigos; ¡pero ay la de los amigos! Esa mancha de sangre de Rojava, que solo nos da la posibilidad de elegir entre manos sucias y la náusea. ¿Hasta dónde se extenderá? ¿Se borrará algún día? ¿Cómo podemos hacer frente, si tenemos fe en el humanismo europeo, a esta mancha, a esta vergüenza, a esta desolación que sabe a cenizas, a esta angustia?

Cabe decir que hay miles de yihadistas en Siria que, hasta ahora, estaban recluidos en prisiones seguras porque fueron encerrados por nuestros aliados kurdos y que ahora estarán bajo custodia del neosultán hermano musulmán que los dejó entrar a lo largo de los años, de un asesino psicópata damasceno cuyo primer gesto hace ocho años cuando declaró la guerra a los civiles en su país fue abrir sus propias prisiones y liberar a los líderes de Al-Qaeda: ¿cuántos de estos yihadistas ya se han aprovechado de la confusión para escapar? ¿Cuántos de los que han urdido los ataques contra el Charlie Hebdo, el Estadio de Francia, el Hyper Cacher, desde Mosul y Raqqa, volverán a ser puestos en libertad por capricho o por el chantaje de estos satélites de venganza? ¿Y cómo no ver que al dejar caer a los kurdos corremos el riesgo de perder de nuevo la guerra contra el terrorismo que estábamos ganando?

Al mismo tiempo, quiero decir que los grandes pueblos pueden perder batallas, pero nunca la guerra: el pueblo kurdo es un gran pueblo; está en Rojava, una zona que no conozco; está en Iraq, que conozco bien y donde tuve el honor de estar filmando, durante meses y meses, en unidades de primera línea de peshmergas. Allí, como aquí, hay un vestigio del Kurdistán que todavía es posible proteger; quedan, en esas montañas —que los kurdos dicen que son, en las horas más oscuras, sus únicas amigas—, un alma, un corazón, unas fuerzas que siempre es posible santificar; si Europa y si Francia quieren encontrar en el continente ese “estremecimiento generoso” que se produce cuando estalla una injusticia en el mundo del que hablaba Victor Hugo, quizá entonces todo cambie.
*Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) fue un filósofo existencialista francés.

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