Tribuna

La noche de las grandes verdades

Cada edición de los premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS nos regala momentos imborrables

Cada edición de los premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS nos regala momentos imborrables. En tan solo cinco años ya se ha mitificado ese factor sobrecogedor que después recordaremos siempre. Esta vez, una de esas reliquias la urdió sobre el escenario el pintor Cristino de Vera, que, en un estado de fragilidad extrema, caminó con dificultad hasta el estrado, tras recibir el premio, y pronunció un discurso testamentario: “Me da mucha pena despedirme de ustedes, mi tierra, del mundo visible”. Y contó con la voz grave de Leonard Cohen cómo está viviendo su desvivir, cómo “una luz rodeada de silencio” le conduce al último tramo de su existencia con una “alegría espiritual”. El pintor de 88 años que se hizo célebre retratando el esqueleto de la muerte y que se hizo místico viajando a la India en su juventud, desnudó su alma en los Premios Taburiente. El Guimerá enmudeció escuchando sus palabras monacales que, en el fondo, eran un salmo onírico, un canto monocorde del gran anacoreta irónico que fue siempre Cristino, al que sus amigos de toda la vida recuerdan estimulado por la idea de sentirse un hombre finito detrás de una luz inagotable. Esta vez, con evidente franqueza en su confesión pública, Cristino estaba agradecido a su manera de vivir el sueño de un acto en el que todo sucedía como en sus cavilaciones más íntimas a orillas de esa luz.
Veía que el escenario se dejaba envolver por hombres sabios como un botánico que describía el futuro como parte del arte de vivir y que parecía feliz transmitiéndonos su amor por ese mañana de un mundo que a todos nos inquieta tanto. Wolfredo Wildpret fue el primero en abrir en el acto el campo de visión de la isla al planeta como se debate estos días. Cristino (“un halo interior nos da una fortaleza extraordinaria”, dijo) recordó las noticias del incendio de Gran Canaria como una reverberación desde Madrid sobre los terrores isleños que agitan la conciencia, incluso, de vivir sobre volcanes, donde el Teide guarda secretos instintos bajo la tierra. Federico Grillo, el portavoz de los héroes del incendio de agosto, recordaba los vínculos humanos que se tejieron esos días al calor del fuego. “Sí, el incendio me alarmó”, contó el pintor con un hilo de voz. Cristino, lúcido como un niño, está cascado por fuera, dolorido de las piernas y débil de salud (como toda la vida estuvo), pero por dentro no hay nadie más vigoroso que él, capaz de mirar a los ojos al límite eterno y sentirse un hombre del cosmos que va en buena dirección. “La espina pincha fuerte y duele, es la tenencia de la vejez, de la larga y penosa enfermedad, pero vivimos en la niebla, en el desconocimiento de las cosas profundas y tenemos que aceptarlo”. Recogieron el premio los rescatadores del niño Julen. El ingeniero de caminos narró la improvisación genial del mecanismo para sacar al niño del pozo de Totalán, porque “en España no dejamos a un niño en el interior de una montaña”. “Entramos 140 hombres y salimos 140 padres que habíamos ido a buscar a un hijo, y al final se lo pudimos entregar, no como hubiéramos querido, a sus padres”, añadió emocionado el responsable de los bomberos.
En el almuerzo, Cristino me deslizó un papel con una reflexión sobre “la emoción más hermosa y profunda que podemos experimentar.: la sensación de que lo que es impenetrable para nosotros existe realmente, manifestándose como la sabiduría más alta y la belleza más radiante”. Un pensamiento de Einstein que lleva en el bolsillo para no perderse en el camino que transita. Los Gofiones habían cantado su brindis y recordado su medio siglo de travesía folklórica desde que Totoyo Millares los convocara en el Jardín Canario a una cita para salvar al timple y sus adláteres. Paco Montesdeoca desplegó por todo el teatro su sonrisa telegénica que no le abandona como un niño feliz. A Luis Gutiérrez, el congresista de los latinos en los Estados Unidos de América, se le aguaron los ojos recordando a sus padres puertorriqueños tratados en Nueva York como criminales, enfermos tropicales y otras infamias. “Mentian y mienten hoy sobre los inmigrantes”, gritó desde Tenerife para que lo oyera Trump, ante la atenta mirada en primera fila de un hombre enjuto asido a su bastón, sin barbas blancas, pero con aire de Whitman. “El odio no es bueno. El hombre tiene que volver a la bondad”, proclamó después Cristino sobre el escenario antes de recibir una ovación.
“A ver cómo sale este potaje”, bromeaba Carlos Gamonal con la vis cómica de Paco Montesdeoca y después de Aarón Gómez. Y le salió a pedir de boca, porque la noche era pródiga en personas sabias, geniales y humildes como él. Las palabras que brotaban entre música y humor tenían un mismo hilo conductor que nadie pergeñó y un halo sapiencial que Cristino define así: “Sin darnos cuenta hay en nosotros un soplo de divinidad”. Divina y apoteósica, Cristina Ramos cantó como una diosa y habló como una niña que se recordaba en el conservatorio con una trompeta hasta que cantar se convirtió en lo mismo que respirar e, ironías de la isla, para triunfar tuvo que ir al continente. Amid Achi Fadul interpretó su galardón como un contrato con la vida: “Si me porto mal lo tendré que devolver; siempre supe que para ser buen empresario hay que ser humilde y buena persona”.
Había muchas personas presentes que estaban ya ausentes desde mucho antes, desde el 20 de agosto de 2008. Pilar Vera, la conservadora de la memoria de las 154 víctimas del vuelo JK5022 de Spanair, las recordó alzando el Taburiente al cielo y fue portada al día siguiente de nuestro periódico. Cristino miraba también al cosmos en su alegorizacion como un masoreta recitándonos su último manuscrito. “El cosmos es infinito como nuestro yo; descendemos como los místicos antiguos al templo interior de nosotros, donde está la verdad”, dijo calmo y sencillo, y extenso como un verso de Whitman.
Quizá por eso, porque las galas de los Taburiente son otra cosa, una ceremonia de la vida donde se dicen verdades a veces tan profundas, Lucas Fernández recordó que la verdad hace libres a los hombres y a los periodistas. Y disipó todas las dudas. DIARIO DE AVISOS, desde el 26 de mayo, no está subido a ningún pedestal, sigue estando en la calle, entre la gente. Juan Luis Cebrián (toda una generación de periodistas se siente encarnada en él y en El País) resumió, como hiciera Pedro J. en la gala de 2018, los tres sentimientos que se habían dado la mano esa noche: “El esfuerzo, la solidaridad y el futuro, que son obra de todos juntos”. ¿Y todo esto pasó de verdad, incluido Cristino de Vera? De veras.