el charco hondo

Sin levantar la voz

Perder la memoria, dejar de reconocer, soltar la cometa que nos une al pasado y olvidar son síntomas de una dolencia que debe temer un país -ese montón de gente a la que ha pasado un montón de cosas compartidas, así entendida la patria en palabras de Manuel Vázquez Montalbán-. Si individualmente nos asusta la desmemoria que nos cuenta el pasado y explica el presente, ¿cómo no asustarse una sociedad ante la posibilidad de que le borren algunos capítulos de su historia? Olvidar no es saludable. La desmemoria aísla, encerrando a las personas y a los colectivos en una habitación sin referencias, rostros, nombres, experiencias, errores, alegrías, aciertos, amores, pesadillas, afectos y sueños cumplidos o no. La historia que nos ha traído hasta aquí también fueron cuarenta años de dictadura, cuatro décadas marcadas por la opacidad, los abusos, el miedo, la censura explícita o flotante, las arbitrariedades y las injusticias que definen el tiempo que corrompieron quienes, actores principales y secundarios del régimen, vivieron bajo las faldas del dictador. Cuarenta años que no merecen altares, y en consecuencia tampoco honores -sea escrito, dicho y leído sin levantar la voz o agitar brazos y manos-. Habrá quienes hayan visto con malos ojos que desentierren al dictador, y lo contrario. Discutamos. Discrepemos. Pero hagámoslo sin levantar la voz, porque si cuarenta años después de aquellos cuarenta años no somos capaces de pensar distinto sin recurrir a insultos o descalificaciones es que no hemos aprendido nada. Creo que un dictador no merece honor alguno, pero lo digo y escribo con tranquilidad, sin acalorarme ni exigir adhesiones a quienes me leen o escuchan. Es mi manera de verlo, otras habrá. Defiendo que un país debe tener memoria, pero igualmente lo hago sin levantar la voz. Entre otras cosas, porque la transición no habrá terminado mientras no sepamos hablar de estas cosas sin acabar levantando la voz. La transición no acaba exhumando a Franco, terminará cuando podamos hablar del dictador sin complejos pero sin aspavientos. La desmemoria debe asustar tanto a las personas como a las sociedades. Hay que recordar. Y, sobre todo, hay que aprender a hacerlo sin levantar la voz.

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