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Traje al tinte

El otro día me invitaron a una cena-homenaje, muy agradable, en el Casino de los Caballeros. Hacía tiempo que no acudía a un evento –horrible palabro— de estas características, pero me vestí con el traje de Hugo Boss, comprado en El Corte Inglés cuando atábamos los perros con longaniza, cogí un taxi y me planté en el lugar. Había aperitivo previo, muy rico, de sushi, morcilla sofisticada, quesos y de todo, con lo que, como es habitual, mi impecable traje sufrió los embates propios de la ocasión. Es decir, el prójimo coge la gamba, se la come y se queda con la cola en la mano. Entonces llegas tú, saludas al prójimo y éste te da una palmadita en la espalda y te deja la cola de la gamba pegada a la chaqueta, al tiempo que aprovecha y te frota un poquito para limpiarse los dedos. Al final de la fiesta acabé con media chaqueta untada de gambas y la otra de quesos, por lo que he tenido que mandar el traje al tinte, donde me cobrarán una pasta; y ya nada será igual porque mi prenda de Hugo Boss habrá perdido su frescor. Yo no voy en flu –como dicen los venezolanos— a ninguna parte, sino que visto informal, con las prendas de Inurria Style, prendas anti gambas, pero existen ocasiones en que tienes que vestir elegantemente. El otro día, cada golpecito en la espalda me sonaba tan mal como cuando me tocan el cogote y lo tengo sudado, con lo cual el saludador realiza una maniobra retorcida y se seca la mano en los alrededores, dejándote perdida la manga de la camisa y sus aledaños. Todo el mundo debería saludar a los demás de palabra, sin tocamientos, que es mucho más higiénico. Y de beso a las señoras, que el beso en España lo lleva la hembra muy dentro del alma.

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