tribuna

Debate inútil

No voy a hablar del debate porque considero que esto se ha convertido en una estrategia para tontos, un monólogo insulso en el que cada cual va a colocar su rollo que ya trae ensayado. Es una repetición de todo lo que se ha dicho durante estos últimos meses, donde el final está escrito de antemano, un concurso amañado, en el que cada miembro del jurado trae metido en el bolsillo el veredicto antes de escuchar a los concursantes. Por eso, más que en el contenido, que ya nos sabemos de memoria (nihil novum sub sole) prefiero hablar de las valoraciones posteriores. A veces se es tan partidario que uno es capaz de reconocer su propia estupidez con tal de no adjudicársela al otro. Lo importante es ganar, aunque sea un concurso de tontos, en donde, con toda lógica, lo conveniente es quedarse colista. Esto me recuerda a un personaje que cuando escuchaba decir: “Hay perros más inteligentes que sus dueños”, respondía: “¡Los míos!”.

Quizá yo esté equivocado y los que entienden de esto son los integrantes de los distintos paneles de expertos, pero está claro que los veredictos dispares no hacen otra cosa que desacreditar a quienes los emiten. En algo tendrían que estar de acuerdo, se supone, para hacer creíble ese ejercicio de estulticia que consiste en alabar al de casa sin que quepa crítica alguna. Aquí falta Risto Mejide para elevar el nivel de exigencia de los analistas. Me hace sospechar que todo está previsto por los asesores, incluso el grupo de palmeros que aplauden incondicionalmente a sus líderes en su exhibición al escaparse de todo compromiso por pronunciar aquello que estamos deseando escuchar: “Cómo lo van a hacer para salir del atolladero”.

He oído lo de siempre: que gobierne la lista más votada, y que en Cataluña no pasa nada. Solo hay un problema doméstico; algo que se puede arreglar con un psicólogo especialista en conflictos de pareja. Que yo sepa a nadie condenan con sentencia firme por llevarse mal. Quien niega esto no se da cuenta de que está poniendo en cuestión la capacidad y competencia de los tribunales. Es decir: hacer del país un escenario de disidencia insalvable entre las ideologías, en donde se insulten y agredan unos a otros es un simple escollo en la convivencia. No se trata del orden, ni del respeto a los principios democráticos, ni a la Constitución, ni a las obligaciones que de ella derivan. No, consiste solo de un pequeño problema de falta de armonización. Si hablamos lo arreglaremos muy pronto. Así entendido, una guerra se puede también reducir a un asunto de incomprensión. Claro está que esto es llevándolo al grado extremo. Se puede extrapolar al resto del país y afirmar que no convivimos bien porque tenemos un enfrentamiento ideológico permanente. Parecía que estas cuentas se habían saldado en el 78, o ahora, recientemente, con el colofón del traslado de los restos del innombrable, pero no, parece que las dificultades continúan porque en la tensión es donde se vive más cómodamente.

Casado va a lo suyo, pero no puede quitarse de encima a la mosca cojonera que tiene por compañera de viaje. Tiene el lastre de la corrupción. Todavía anda planeando la Gurtel, y lo que te rondaré morena. Ahora se lo saca Rivera, que insiste en lo de la regeneración democrática. El propio naranjito sigue exhibiendo ladrillos, gráficos y carteles, al más puro estilo Rufián. Abascal es el nuevo populismo de derechas. Dice lo que quieren escuchar algunos oídos que no analizan más allá de lo anecdótico y efectista de sus propuestas. Tiene la osadía del que sabe que nunca estará en el Gobierno. Lo malo es que hay gente obtusa que se emociona regodeándose en utopías irrealizables. ¡Hay gente pa to! Al final, quien se muestra más discreto es el provocador de insomnios, a pesar de su lapsus con las mamadas. Con todo, es el que tiene más peligro y menos sensatez, aunque se empeñe en demostrar lo contrario: “dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces”

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