tribuna

El estado del malestar

Creo que hablamos demasiado de política. Con ello conseguimos que nos contagie la negatividad de las situaciones complicadas. Eso nos provoca ansiedad. Quiero decir que alimentamos una preocupación excesiva por cuestiones que no están en nuestra mano resolver. Esto, que lo podríamos encontrar en cualquier manual elemental de psicología, no nos conduce a alcanzar ningún tipo de bienestar, y, por tanto, se convierte en un distorsionador de nuestro estado saludable de felicidad. La inestabilidad no es recomendable porque nos contagia de la inquietud que nos impide enfrentar las cosas con serenidad. No quiero decir que tengamos que pasar de lo que ocurre a nuestro alrededor; en absoluto, pero sería muy aconsejable que huyéramos del peligro de obsesionarnos con asuntos en los que nos quieren hacer partícipes para que seamos corresponsables de los fracasos individuales, porque alguien se empeña en que sean colectivos.
Quizá es un pensamiento excesivamente liberal el desear egoístamente la salvaguarda de nuestra individualidad, pero, ya se sabe, la caridad bien entendida empieza por uno mismo. La tendencia a esta visión personal de las cosas nos lleva a una imparcialidad que naufraga en un ambiente de filias y fobias, de lealtades y militancias, de posicionamientos en bloques enfrentados, de progresistas y de los que no lo son -como si alguien fuera capaz de adjudicar esa etiqueta-, de dos mundos diferentes y opuestos que están obsoletos en las realidades relativas en las que vivimos. En esa marea de incertidumbre se hace cada vez más necesaria la cohesión de una sociedad que no participe en el festín de la confusión, que le dé la espalda a la desorientación y que fije su objetivo en el mantenimiento del equilibrio personal de sus individuos como método para lograr el del conjunto de sus integrantes. La meta de cada uno de nosotros es la felicidad, y, en tanto que la alcancemos, estaremos logrando construir una comunidad feliz, cuyos intereses estén enfocados a ese fin. Un mundo que se pinte ilusionante para unos a costa de provocar la zozobra sobre los otros no puede ser considerado como un desiderátum de perfección. Un ambiente que provoque el sueño placentero de unos a costa del insomnio de otros no parece muy recomendable a la hora de fabricar un destino unitario para la sociedad global. Al contrario, es el significante más claro de la división y del enfrentamiento.
Estas dicotomías absurdas pueden llegar a producir quiebras en el entendimiento saludable con las personas a las que queremos; pero no porque entablemos discusiones en las antípodas de nuestras visiones particulares, sino porque inundan el motivo de nuestras conversaciones, no dejando espacio para cuestiones íntimas, propias de la estética del espíritu, que deberían hacernos bien, en tanto que son constitutivas de la armonía que necesitamos para enfrentar la vida con cierta racionalidad. Todo el tiempo que emplee en comentar el absurdo día de la marmota, en valorar acuerdos de constituir mesas para llegar a acuerdos, en la reiteración estúpidamente aburrida de volver a lo mismo sin posibilidad de avance, nos está distrayendo de contemplar la belleza de un amanecer, de la profundidad de una mirada amiga, de la ternura de un corazón abierto a la esperanza, en definitiva, de la bondad de las cosas buenas.
Todo esto, desgraciadamente, nos lleva, sin que nos demos cuenta, a elaborar el horizonte del estado del malestar, que es todo lo contrario de lo que debería ser nuestro interés más inmediato.

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