después del paréntesis

Evo Morales

Europa miró con simpatía lo que ocurrió en su tiempo en Bolivia. Un descendiente de los indios aymara, hablante de esa lengua, ocupó la presidencia del país el 22 de enero de 2006. Se sumaba a ello el que fuera de procedencia baja (agricultor y ganadero de llamas) y que se reputara como sindicalista, activista en pro de los derechos civiles, de los desamparados y de los indígenas. El muestrario daba a ver una posibilidad razonable: en sustancia ética, camino hacia la democracia. Así ese lugar de América Latina podría ser un referente de la nueva política. Si Cuba apuntó a ese fin, la dictadura comunista lo cercenó. Se constata la libertad del país como patrimonio; lo cuestionable no. Y es que, como ocurre por lo común en esos lugares del mundo, lo insensato descoyunta el orden: el narcotráfico que disloca la violencia (Colombia, México), la atonía especulativa en la construcción de la nación (Argentina), la disonancia por la autoridad en la conmoción del Estado (Venezuela), la ultraderecha radical (Brasil), etc., etc. De lo cual se deduce que hace muchísimo tiempo que esos países son proyectos erráticos, pese a la altura de Bello, Bolívar, Martí o Rodó. Eso es América.
Concurre, también, en Evo Morales la trama del poder, eso que ha mordido el cuello de la tolerancia, como propagaron Perón u hoy Maduro: la perpetuidad en el cargo. Se dirá que la iniciativa es indigna. Es mucho peor. Lo que se estimaba en el líder boliviano era la responsabilidad. No fue. La argucia fue reconvenir la voluntad de los votantes con un pucherazo, como ocurrió en la Argentina de los años 30 en pos del infausto peronismo que aún perdura. Pero el mundo es una condena cierta, remata el desenfreno y pone a cada cual en su lugar. ¿Qué ocurrirá ahora en Bolivia?, ¿que se recuperará la estima de la razón para ser un Estado consecuente? No lo sabemos, o lo dudamos.
Lo cierto es que el singular cumple con la circunstancia. Su casa, el lugar en el que vivió, la zona de propiedad y de reconocimiento, fue arrasada por el pueblo que otrora lo encumbró. Hoy su alma se muestra lejos de la tierra que lo construyó, lo formó y lo guareció; vive el extravío, el desplante del ser, en el exilio, en un lugar extraño.
No se gobierna en perpetuidad. Todo gesto político lo es en efímero. Es posible que te lleves al despacho el mundo. Alguna vez lo tendrás que desalojar. Y eso queda: una infausta realidad que no solo proclama la pérdida sino el desvarío.

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