tribuna

Los ultras

Todos llevamos un ultra dentro que, de vez en cuando, tiende a desatarse. La civilización ha consistido en esa lucha de moderación, de acallamiento de los impulsos que no logramos dominar del todo. Decía Bertrand Russell que el hombre es un cúmulo de pasiones y de instintos, y Herbert Marcusse, que la civilización consiste en una represión de la libido. Algo de esto hay.
Dijo Aristóteles que la civitas, el Estado-ciudad helénico, hacía posible la vida en comunidad, pero a la vez procuraba que esa vida se desarrollara en condiciones de estética, de moral y de equilibrio. En definitiva, que la tendencia sería alcanzar el mayor grado de felicidad de sus habitantes.
La vida de la selva, instintiva y salvaje, se trasladó a las primeras urbes, en los tiempos de Ur, o de Uruk, cuando el príncipe Gilgamesh todavía dialoga con su amigo Enkidú, que sigue viviendo entre animales. De estas luchas ancestrales no nos podemos evadir. Es el componente ultra y cerril del que no logramos desprendernos.
La memoria de la posición ultramontana va por barrios. Ahora la UE ha acordado vetar la exaltación de manifestaciones horrendas evocadoras de un pasado reciente que es preciso olvidar. Lo ha hecho de igual forma con el fascismo y con el comunismo, los dos azotes que han causado mayores desajustes en el orden civilizado que hemos elegido para entendernos, y que se llama democracia. La democracia, por tanto, es incompatible con la posición ultra, aunque esta se disfrace de tal para lograr imponerse.
No todos lo entendemos igual, porque siguen presentándose modelos ideológicos, alineados a un lado y a otro de un imaginario eje central, donde unas tendencias son aceptadas mejor que otras, y en lugar de erradicar las pandemias sociales que han arrasado a nuestro mundo, seguimos intentando que una de ellas se imponga sobre la contraria. De ese debate no hemos logrado salir todavía, a pesar de lo que acuerde la UE.
¿Qué es lo que nos lleva a comportarnos así, si la Historia nos indica donde se encuentran nuestros errores? Debe existir un componente profundamente instintivo de nuestra condición humana primitiva que no hemos podido domeñar del todo. Algo biológico, que pertenece al subconsciente colectivo, y que no nos permite marchar hacia delante en nuestro perfeccionamiento como seres evolucionados. A veces lo hacemos en nombre del progresismo y otras en el de la reacción, pero siempre surge esa brutalidad primitiva que nos impide entendernos de manera adecuada. Se presenta de vez en cuando, como las tormentas tropicales. Los fenómenos climáticos adversos existen desde siempre, lo que ocurre es que no lo hacen en el mismo lugar, y los que los padecen los ven como una excepción extraordinaria. Con la aparición de los desórdenes sociales ocurre lo mismo. Aparecen de forma inesperada, pero andan ahí, latentes, formando parte de lo peor de nuestra condición.
Ahora nos toca asistir al renacimiento de lo ultra. Lo vemos con la naturalidad del que contempla caer la lluvia. Incluso resulta atractivo el considerarlo como una plaga extraña que hay que mirar como hace un entomólogo observando el comportamiento de los insectos. Nuestro espíritu democrático nos obliga a no alarmarnos. Todo sea en nombre del respeto a la libertad que tenemos para expresar nuestras preferencias.
Sea como sea, ya están ahí. Como una plaga de langostas, que aparece con unos pocos animales agotados por el viaje dispuestos a rearmarse para oscurecer el cielo con sus nubes rojizas que amenazan con destruirlo todo. Estamos en la primera fase. Aquella en la que los niños se acercan con curiosidad y meten a los ejemplares en cajitas de cartón para alimentarlos en un acto de ingenua bondad infinita. Luego el monstruo crecerá y acabará por devorarnos.

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