El 25 de noviembre de 2019, o sea el otro día, a las 12 de la noche, leí, como hago todas las noches, los digitales. El País titulaba: “Las bases de ERC dan un apoyo masivo al plan para negociar con el PSOE”. Ok Diario: “El 96,4% de la militancia de ERC dice ‘no’ a Sánchez y exige un referéndum si quiere su apoyo”. El Mundo afirmaba: “Exigen que Cataluña sea ‘nación’ y un Gobierno central con ministros 100% suyos”. El Español, que dirige Pedro Jota, titulaba: “Las bases de ERC rechazan la investidura de Sánchez si no hay mesa de diálogo”. Y ABC: “Las bases de ERC rechazan investir a Sánchez salvo que abra una mesa de diálogo” (coincidiendo con El Español). Y El Confidencial abría con algo parecido: “ERC mete presión a Sánchez: o mesa de negociación o rechazo de la investidura”. Miren, yo llevo mucho tiempo en esto, 50 años ya, y me estoy volviendo majara. Admito cualquier comentario sobre mi salud mental quebradiza, viviendo como vivo en un país de locos, cuyo sanador, desde luego, no será Sánchez, un verdadero especialista en armar líos y aportar confusión a la vida. Realmente necesito urgentemente un psiquiatra, aunque solo sea para que me recite -muy despacio— la cita de Campoamor que escuché al gran Pepe Isbert en una vieja película, no sé si La Casa de la Troya, adaptación al cine de la novela de A. Pérez Lugín: “En este mundo traidor/nada hay verdad ni mentira/todo es del color/del cristal con que se mira/¡caramba!” (el ¡caramba! lo añadió Isbert). Me imagino que ustedes, que son muy jóvenes, no recuerdan las consecuencias de los desamores políticos de los españoles, que casi siempre acaban a tiro limpio. Cuando veo lo que pasa en Nicaragua, en Venezuela, en Bolivia, no quiero pensar que nos puede ocurrir lo mismo. Y sí.
