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Otra de Sánchez

Pedro Sánchez, ese apuesto joven, quiere promover una ley que meta en el talego a los que hablen bien del franquismo. A los que destrozan Cataluña, no, sino a los que sean partidarios del dictador viajero. Pues que viva la libertad. ZP, que rozó el idiotismo, y este de ahora, la tomaron meona con el viejo general, que yacía dentro de un destartalado ataúd en Cuelgamuros; lo sacó Sánchez y lo llevó a Mingorrubio, donde ahora se venden reliquias del fascismo, banderas anticonstitucionales y estampitas del muerto y se organizan excursiones al panteón. Pero estos sociatas de la nueva ola son muy testarudos y no cejarán hasta meter en la mazmorra a los que levanten la mano derecha más de la cuenta, aunque sea para colgar un cuadro. Y habrá gente acechando, como ahora quiere Hacienda vigilar al prójimo, con agentes formados en su nueva fábrica de delatores. En el país de Rinconete y Cortadillo, del ciego Gaudencio y de la espesa negrura, todo esto puede suceder. Franco, que era más listo que Sánchez, se hizo el loco cuando en los trenes correo se practicaba el puterío, en los tiempos en que yo viajaba en ellos desde Cádiz a Gijón. Eran trenes de carbón, llenos de soldados y de putas, vigilados discretamente por la pareja de la Guardia Civil, cuyos tricornios destacaban en el paisaje entre aguadores y alcahuetas de estación. Era la otra España negra, porque a esta de ahora ha llegado la fibra óptica y el AVE y en el AVE las putas, que las hay, no se notan. Sánchez quiere cargarse el franquismo a fuerza de decretos-leyes y lo que ha hecho es resucitarlo y abrir nuevas trincheras de una guerra a la que ya le había dado el matarile la bendita Transición. Yo no sé de dónde sale esta caterva de irresponsables, que quiere volver a joder la democracia.

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