elecciones 10-n

Razones para votar sin dejarse vencer por la rabia o la pereza

La abstención subió ayer en Canarias, pero la calle bullía con gente que iba o venía del colegio electoral entre el cansancio y el cabreo
Foto: Sergio Méndez

Cuando Vanessa le dijo a su hija Gabriela, que tiene cuatro años, que iban a ir a votar, ella lo tuvo claro: “¿Otra vez, mami? ¡Qué aburrimiento!” “¿Te subo en brazos y metes tú los votos?”, le preguntó cuando ya estaban delante de la urna, como hicieron el 28 de abril y el 26 de mayo. “No, no quiero”. Algo parecido le ocurrió a algunos canarios ayer, 1,2% menos de participación que el 28-A, dos puntos menos en España.

La Laguna estaba húmeda y fresca. Se intuía, pero aún no se sabía, que Vox podía llegar a los 50 escaños. El obispo Bernardo daba misa en la catedral porque tocaba consagrar diáconos. Y apoyado en una columna junto a la puerta, Alberto, un veterinario jubilado del País Vasco, observaba la misa porque no lo dejaban visitar la iglesia en plena ceremonia. Así que, se animó a comentar: “Yo voté por correo y con la nariz tapada a Unidas Podemos. Un proyecto que podía haber sido estupendo se ha malogrado por el personalismo de Iglesias”.

Fuera, sentada en una terraza, Judit tomaba un café con leche, mientras decidía que iba a ir a votar al colegio electoral de El Calvario, en El Sauzal. “O vamos, o no veo mucho futuro”, afirmaba, mientras dudaba si meter una papeleta de Unidas Podemos, como el 28-A, o la del PSOE. “Yo conozco a Alberto, y me parece un buen tipo, pero Pablo Iglesias no me convence tanto. Lo del PSOE es por ayudar a desbloquear la situación, pero no me gustó nada Pedro Sánchez en el debate, me pareció que iba de sobrado”.

Al lado, Juan, “como El Bautista”, de casi setenta años, tenía decidido no ir esta vez. “Hasta que no se presente una mujer a la Presidencia del Gobierno, no vuelvo”, decía. “Tengo dos hijas y cuatro nietas, y hay que pelear por un movimiento feminista”. Él votó a Ciudadanos la última vez. “Se tienen merecido el desplome que les auguran las encuestas. Tenían que haber apoyado al PSOE, podían haber hecho algo bueno”.

Muy cerca, en otra terraza, Ana estaba tomando café con otras dos amigas. Ayer se levantó pronto, con necesidad de ir a votar, “como una amazona” y lo hizo por algún partido de la izquierda que prefería no especificar, el mismo que la vez anterior. “Y me sorprendió ver cómo había bajado el montoncito de Vox”, contaba. “Yo vivo en una zona rural con un montón de problemas, gente cobrando pagas, subsidios, tenemos un minicasino. Me da miedo que la gente vote por Vox, no sé lo que va a pasar”.

“Yo también estoy desanimada”, contaba Sulay, profesora de teatro, junto a sus amigas mientras le daba el puré a su hijo de 16 meses. “Votas porque sabes que tienes que hacerlo, si no, los mandabas a tomar por saco”.

Un poco más arriba, Carmen, jubilada, salía con su madre del colegio electoral y convencidisima de su voto al PSOE, como siempre. “No ves qué miedo me da que venga la ultraderecha. No me importa volver a votar, estuvimos 40 años sin hacerlo. Mi pobre padre decía: ‘Por fin puedo ir a votar’”.

Por fuera, dos monjas guatemaltecas caminaban velozmente por la calle Juan de Vera. Llevan un chorro de años en La Laguna, pero no pueden votar porque no están nacionalizadas. “Es que Guatemala no nos deja tener la doble nacionalidad”, decía una. “Y la tierra ‘jala’”, decía la otra. “Pero sí estamos rezando mucho”. “¿A favor de quién rezan?”. “Dios manda el sol sobre buenos y malos”, zanjó con una sonrisa.

En la puerta del Colegio Aguere, en el Polígono Padre Anchieta, una jovencísima Melania de 18 años iba a votar ayer por primera vez y ya estaba de apoderada de Coalición Canaria-Nueva Canarias. “Estoy entretenida, vengo a ayudar a este partido. Los escuché en un mitin y me gusta lo que dicen”

También deambulaba por ahí Manuel Armas, conocido militante socialista, que estaba de apoderado y repartía cajas de menús para los interventores del PSOE. Había croquetas y escalope, con un pan, un bocadillo de jamón y queso para media tarde y una palmeritas algo pálidas, como si estuvieran poco horneadas. “Los de Unidas Podemos nos tenemos que ir a casa a comer”, decía una interventora. “Iba a decir una maldad, pero me contengo”, le contestaba Armas. “¿Ya empiezan las discusiones?”. “¡Qué va! Si en la base estamos mucho más de acuerdo que los dirigentes!

Recién salidos de votar, Antonio y Juana iban acompañados por sus hijos. “A ver si me suben la pensión”, decía Antonio, “que me quitaron una invalidez cuando me jubilé”. Él votó a Coalición Canaria, “aunque no sé si esta vez lo merecían”. “Nosotros somos de Ana Oramas, que lucha bastante por nosotros”, decía Juana, que había traído el sobre preparado de casa. También el hijo, Rafael, conductor de guaguas. “Si no los voto, mi madre me corta la cabeza”, decían entre bromas. Carmen, la hija rebelde, se planteaba si votar o no al PSOE, como la última vez. Ángela, su cuñada, lo tenía muy claro: “Votaré al PP”. Lo único en lo que estaba de acuerdo era en que se iban a comer a la casa de los abuelos. “Como el potajito de mamá, no hay nada”, decía Rafael. “Lo más grande que tiene uno es la familia”.

También en familia, pero costillas y papas, es lo que comieron Daniel, mozo de almacén de 33 años, su madre Fátima y el padre, que ya había votado antes. “Con mojito de cilantro”. Los tres repitieron voto por Unidas Podemos. “Y mi padre bajó, aunque tiene párkinson. Pero son los únicos que pueden hacer algo”, afirmaba Daniel. “Antes votábamos al PSOE, pero se ha convertido en un partido que no conecta con las necesidades de la gente normal”.

Cuando los primeros sondeos salían en la Península, los colegios electorales no habían cerrado en Canarias y los puestos de castañas llevaban tiempo soltando humo. Verónica y Fernando salían del Instituto Cabrera después de votar por Ciudadanos, héroes en medio del desplome. Mientras, Vox campaba a sus anchas, camino de los 3,5 millones de votantes.

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