tribuna

El CO2 de la investidura

Hoy es 1de diciembre. La ciudad está iluminada con millones de bombillas LED; se multiplican los belenes en instituciones y supermercados; el Corte Inglés enciende su árbol gigante y en balcones y fachadas pronto colgarán los Papás Noel trepando de espalda; el martes se constituyen las Cortes de la XIV legislatura y la investidura está […]

Hoy es 1de diciembre. La ciudad está iluminada con millones de bombillas LED; se multiplican los belenes en instituciones y supermercados; el Corte Inglés enciende su árbol gigante y en balcones y fachadas pronto colgarán los Papás Noel trepando de espalda; el martes se constituyen las Cortes de la XIV legislatura y la investidura está en el aire como un globo errático. Es Navidad y la democracia se resiente con el paso de las horas. España es un belén de dirigentes con pies de barro, donde hay reyes y bueyes, pero el pesebre está vacante. La elección de un presidente se ha convertido en una carrera de obstáculos. El denostado bipartidismo ha dado paso al intransigente bloquismo (se lamenta Felipe González), de cuya lógica ilógica no se esperan milagros. Derecha e izquierda se confrontan y ganan los héroes presos del procés. Si nos cae encima, además, la recesión (asunto controvertido en Canarias), han hecho un buen trabajo los chicos de Putin.

Este país debería coger recortes de lo que está pasando en otras latitudes con el fin de no caer en las mismas trampas. Hay señales para no pecar de pardillos. La funambulesca política ha abandonado toda ortodoxia para instalarse en el trapecio sin red donde romperse la crisma. Hay ejemplos recientes. Era lo más fácil del mundo salirse del guion de Italia, Reino Unido o París, pero, con o sin ayuda de los agentes externos ahora tan activos repartiendo consignas y pertrechos por media Europa para desestabilizarla, vamos a conseguir sumarnos al pandemonium que agitan los partidos menos interesados en la democracia y la libertad que se recuerda desde la Segunda Guerra Mundial.

España patas arriba no es una excepción, forma parte de una inercia desquiciada de inestabilidad, cada país expande la plaga como en una dispersión de propágulos. Con esta pinta nos disponemos a entrar en una nueva era de adelantos tecnológicos como prometen los profetas de la segunda década de este siglo que empieza mañana mismo, dentro de un mes, en 2020, en que este periódico cumplirá 130 años.

En Madrid se disponen a estas horas a abrir el telón de la cumbre climática de Naciones Unidas en mitad de esta borrasca política. No parece nada grave por ahora. Sacamos el paraguas y vemos pasar los días tras las últimas elecciones. Pero en cualquier momento se monta el quilombo, porque el falansterio no está para bollos, y llaman a urnas, en el calentamiento que sufre la política con el consiguiente CO2 de la investidura. Ya estamos curados de espanto. Buena parte de los líderes de este país, a tono con el esmog mental imperante, han perdido el norte hace tiempo, la gran mayoría cobró la indemnización por la disolución de las cámaras y asumen que el suyo es un oficio bien remunerado y nada más. Las razones de Estado, la visión de altura y el reemplazo de estadistas de la nueva generación son pura nostalgia, vieja política. España ya es un gallinero más del gran corral. La pregunta que nos hacemos es quién se está riendo a nuestra costa, con el reality como método político y la sensación incómoda de estar transitando en mitad de El show de Truman.

Cuando a finales del año pasado, en Italia, en un mitin propagandístico, Steve Bannon, esa cabecita para un caldo de pescado (como diría un buen amigo politólogo), anunció que se iba a mudar una temporada a Europa para acometer su cruzada ultraderechista The Movement a base de más nacionalismo y menos inmigración, dejó las cosas meridianamente claras. El nacionalismo anticolonial , que bebía en el caribeño Frantz Fanon, autor de Los condenados de la tierra, en la segunda mitad del siglo pasado, se retuerce por dentro arrastrando ahora este baldón de Steve Bannon y toda la fachendosa ralea mutilante de predicadores de su misma laya. El estratega de Trump se trasladó, en efecto, a Europa, recorrió sus principales plazas, bendijo a Salvini, a Le Pen, al húngaro Viktor Orbán, a los de la Alternativa alemana, a los de Suecia y Holanda, a los de Austria y Suiza y a Abascal, y prometió, con la papada cervecera y los kilos de más incendiar el Viejo Continente para proteger la civilización con la cólera de Atila. En la tramoya que se ha montado esta panda de intrigantes yanquis exportan sus sandeces como dogmas de fe, y, al parecer, esa música le gusta a cierta plebe de las redes obedientes. Hoy Calígula tendría éxito y sus huestes recogerían conchas en la playa tras declararle la guerra al mar a base de lanzas y pedradas, pues el jefe cuanto más lunático mejor.

Todo este cuartelazo de la sinrazón es cosa de un corto periodo de la historia reciente, donde se unen el hambre y las ganas de comer. Desde que vimos que líderes necios se encaramaban al poder en países inteligentes, dijimos que algo estaba sucediendo y no era un mal pasajero. Luego se ha sumado la infantería de conspiranoicos con sospechas de injerencias y chapuzas en redes revueltas, ganancia de pescadores. Así está el patio cuando en España, que ya es otra, se desconoce qué va a pasar y si la política sirve para algo dados los niveles de hartazgo, y si eso es lo que buscaban los agentes secretos en las cloacas del sistema. ¿Ha llegado el momento de parar el reloj y preguntarnos qué nos está pasando? Desde aquella Primavera Árabe que resultó no ser ni tan primavera ni tan árabe hasta esta nueva insurrección de las calles de este a oeste, incluida la anestesiada Chile, los partidos políticos tienen un problema. Otros están robándoles el trabajo.

En España llevamos cuatro elecciones tratando de encontrar el quórum de la investidura y por el camino se han ido cayendo algunas biografías rutilantes, y los partidos del bloque de derechas se confiesan inasequibles a la investidura, aunque los catalanes se le suban a las barbas al mismísimo rey, y por eso este domingo 1 de diciembre nadie es capaz de desmentir que acaso tengamos que ir de nuevo a votar en busca del vellocino de oro, ya como simple mito desacreditado, como Jasón en la crátera de figuras rojas, como un mero adorno, sin ninguna fe en obtenerlo.Nadie entenderá en el futuro por qué se alineaban siempre los planetas en un país convencional y escarmentado haciéndole el juego a ese tal Bannon y sus prosélitos. Si el separatismo catalán, tras caer en desgracia, quería aliados, ahí tiene a los mejores.