Por qué no me callo

Rajoy, Sánchez y Arrimadas

Este diciembre ha irrumpido como un toro. Tiene desafíos para parar un tren. Las negociaciones para la investidura, la cumbre del cambio climático, la apertura de la Cortes de la XIV legislatura, el Día de la Constitución… y un epílogo: se acabó esta década. Es la gran traca final del año 19 que precede al […]

Este diciembre ha irrumpido como un toro. Tiene desafíos para parar un tren. Las negociaciones para la investidura, la cumbre del cambio climático, la apertura de la Cortes de la XIV legislatura, el Día de la Constitución… y un epílogo: se acabó esta década. Es la gran traca final del año 19 que precede al 20 y, por tanto, es pasar el Rubicón. En las memorias de Rajoy cuenta aquellos días de la censura de Sánchez en 2018. En el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS, Rajoy desveló, antes de dar a la imprenta su inventario de gestión, que la mayor frustración de aquel período fue no haber conseguido con Sánchez la Gran Coalición PP-PSOE. Como si viniera a las Islas en busca de nostalgias y afines, se encontró con Asier Antona -al que piropea en el libro por su lealtad- y con Román Rodríguez, en una cena de políticos y empresarios que organizó este periódico y que algún día habría que contar en detalle por los acontecimientos que se desataron esa noche.Rodríguez se había reunido en secreto con Rajoy en el Santa Catalina, en Las Palmas, y hubo acuerdo presupuestario en 2018 con el voto de Pedro Quevedo, el diputado 176. Antona facilitó aquellos encuentros para desbloquear el laberinto en el que se había metido España. Ahora seguimos enclaustrados en otra dependencia de ese mismo laberinto. Las alianzas políticas entre distintos son posibles en Europa (se suele poner el ejemplo de Alemania). Aquella entre el PP y Nueva Canarias desmilitarizó la beligerancia que arruina a menudo a grandes países como ahora mismo a Francia, condenada a enfrentar barricadas cada sábado en carreteras y rotondas. Como quiera que Sánchez interpretó que las urnas el 10-N le impelían a formar gobierno por la vía rápida, desmintió sus noches de insomnio y se mantiene en vela cerrando acuerdos con Podemos, el PNV, los minoritarios y el sursum corda, o sea ERC. En los mentideros políticos de Madrid se daba por seguro que esta vez Pablo Casado y Albert Rivera, tras el escrutinio, abrirían los candados y la legislatura echaría a andar. Pero el PP de Casado sufre el mismo síndrome que costó la dimisión a Rivera: la tentación de hacer cálculos cortoplacistas para llegar al poder suele inmovilizar a los líderes, que dejan que el tiempo transcurra sin mover un dedo, esclerotizados. Si Inés Arrimadas, como sugiere su carta de ayer, desea facilitar la investidura de Sánchez, peca de arrimarse demasiado a Casado, que sigue a rebufo de Vox. En las dos entrevistas que Pedro Sánchez concedió a nuestro periódico en vísperas de las elecciones del 28-A y el 10-N parecía tender la mano a la oposición para sortear la investidura sin prejuicios ideológicos. Esperanza Aguirre pide públicamente a Casado que facilite la investidura de Sánchez, como hizo en septiembre en el Foro Premium del DIARIO y como han hecho Feijóo y Cayetana Álvarez de Toledo. En su carta a Sánchez, Arrimadas amaga, pero le falta decisión personal. Cs puede ser la bisagra, pero el frentismo que invoca su epístola al demonizar a Podemos arruina a priori el éxito de su iniciativa. Que el separatismo catalán se adocene o radicalice en esta negociación alejará o acercará ese escenario del pacto constitucionalista, al que Podemos no hace ascos en la versión actualizada de su líder en los dos últimos debates electorales. Como dijo Manuela Carmena, en nuestra entrevista del domingo, en la Transición se fraguaron los mejores cauces de diálogo. Nos dotaron de la Constitución que celebramos este viernes y de las Cortes democráticas que reabren hoy sus puertas. Un país, este, con vocación de cicerone y faro, que recibe a una constelación de estadistas para tomar las riendas del clima, incapaz de resolver sus problemas domésticos.