por qué no me callo

El lobo de la realidad

En un mundo como este que ya no está a trasmano todas las cosas pierden pronto interés y gravedad, por abundancia y reiteración. Nos sorprende una mañana esta o aquella nueva chispa restallante de la realidad y el incidente adquiere toda su trascendencia. Pero será fugaz el efecto de cada nuevo shock. Otras conmociones ocuparán, […]

En un mundo como este que ya no está a trasmano todas las cosas pierden pronto interés y gravedad, por abundancia y reiteración. Nos sorprende una mañana esta o aquella nueva chispa restallante de la realidad y el incidente adquiere toda su trascendencia. Pero será fugaz el efecto de cada nuevo shock.

Otras conmociones ocuparán, sucesivamente, el primer plano de lo que podríamos llamar la agenda de los problemas del mundo con el que tanto estamos concernidos desde que se borraron todas las barreras que lo hacían lejano y universal (esto último, más que nunca, convertido en aldea local). No hace mucho nos desvelaba por las noches el brexit, la obsesión compulsiva del inconsciente británico desde su orgullosa insularidad por cortar amarras con el continente y buscarse la vida sin el corsé de las normas de Bruselas, aunque ello supusiera el riesgo de cortarse las venas en mitad de todos los posibles naufragios.

El brexit ahora ya es irreversible. Acaba de darle luz verde la Cámara de los Comunes y pasa a la de los Lores, y, sin embargo, hemos arrumbado el tema en el desván de las cosas irrelevantes (apenas nos separan unas semanas del debate que agitaba todos los demonios del brexit en Brsuselas y en Canarias, pero ahora que va en serio se nos baja el suflé). El 31 de este mes la desconexión se hará efectiva y no es ningún secreto que tendrá consecuencias en las Islas, en España y en Europa.

Uno de estos días, cuando Estados Unidos asesinó al general iraní Soleimani y todos pensamos lo mismo, que sería inevitable la guerra con Irán, asistíamos, sin saberlo, a una de tantas escenificaciones, escaramuzas y desafíos pasajeros. (Venimos de la parodia de Trump y Kim Jong-un, que es todo un reciente clásico del género.) Tanto le interesaba al yanqui desviar la atención a Oriente Medio en mitad de su calvario personal por el proceso político (impeachment), como a los actores de ese polvorín selecto del planeta seguir moviendo fichas en el tablero. Poco importa que se mintiera sobre las embajadas de EE.UU. que el general pensaba destruir, y en mitad del conflicto, la misma Guardia Revolucionaria que dirigía la influyente víctima ajusticiada confundió un avión comercial con un misil y lo derribó causando la muerte de 176 personas (iraníes y canadienses). De nuevo, la pausa y el punto y seguido. Era otro episodio para seguir temiendo lo peor. Pero el impacto de las tragedias y convulsiones de nuestro tiempo tienen una vida limitada. Efímera.

Hace meses que en distintas esquinas del mundo (Teherán también) se suceden manifestaciones de pronto explosivas y persistentes. La moda de estas revueltas en la nueva década, como la de aquella Primavera Árabe de comienzos de la década pasada, reviste, a primera vista, una enorme relevancia, hacen tambalear gobiernos como en Chile, sacuden las calles de París desde que las tomaran los chalecos amarillos, y con el paso de los días, semanas y meses, pasan a ser un hecho habitual y hasta coloquial en el paisaje de estas revoluciones emocionales que tan rápido se evaporan.

De tal manera que nos adaptamos a una nueva realidad incesante, pero previsible en sus efectos. Cataluña puede ser la siguiente, o lo está siendo ya, en esta saga de ictus menguantes. El disparo de la realidad atrae toda la atención, que acto seguido se desvanece. Nos hemos acostumbrado, por tanto, a relativizar los continuos sobresaltos y las amenazas aparentes. Hemos dado ya ese salto vertiginoso sobre los impactos cotidianos. Le hemos perdido el respeto a los peligros. Y como en el cuento del pastor que cuidaba las ovejas y siempre fingía que venía el lobo, cuando sea verdad nadie lo va a creer.