historia

¿Hubo ‘conexión canaria’ en la red de espionaje Gladio?

Se cumplen 30 años de un escándalo que sacudió a las Islas y a los servicios secretos de los países de la OTAN: el descubrimiento de una trama paramilitar para frenar a la ultraizquierda en Europa
Sede actual permanente del Consejo del Atlántico Norte, en Bruselas. E. Press
Sede actual permanente del Consejo del Atlántico Norte, en Bruselas.  E. Press
Sede actual permanente del Consejo del Atlántico Norte, en Bruselas. E. Press

La investigación abierta en verano de 1990 por el juez veneciano Felice Casson para esclarecer un atentado con coche bomba que acabó con la vida de tres policías el 31 de mayo de 1972 en Peteano (Gorizia) por un grupo terrorista vinculado a la ultraderecha italiana, destapó la existencia de una estructura secreta ilegal formada por civiles y militares que provocó un escándalo internacional y que colocó en el disparadero a los servicios secretos de Estados Unidos y de los países europeos integrados en la OTAN.

La red paralela a los servicios de inteligencia, conocida como Operación Gladio, resultó ser una trama creada en 1950, en plena Guerra Fría, para abortar cualquier tentación militar soviética de invadir algún país de Europa Occidental, pero también para frenar el auge de los movimientos ideológicos de ultraizquierda en el Viejo Continente. La estructura golpeaba a través de atentados o de una serie de montajes contra los grupos afines al comunismo.

Las investigaciones del joven magistrado de 37 años sobre la estructura secreta patrocinada por la CIA provocaron un escándalo político en Italia. El primer ministro Giulio Andreotti levantó el secreto de Estado y fue el primer mandatario europeo en reconocer, ante el Parlamento de su país, el 24 de octubre de 1990, la existencia de Gladio.

A partir de ahí se sucedieron nuevas revelaciones. El secretario general de la Alianza Atlántica, Manfred Wörner, desveló en una reunión a puerta cerrada con los 16 embajadores de los países miembros de la OTAN que Gladio (espada, en italiano) era una trama secreta coordinada por el mando militar supremo de la alianza, mientras que el ministro de Defensa belga, Guy Coeme, llegó a admitir que uno de los objetivos de la organización era “impedir el acceso de la izquierda al poder”. Precisamente, desde Bélgica llegó la primera conexión de la red clandestina con España. El periódico El País publicó que el exagente del Servicio General de Información belga André Moiyen reconoció el papel de la inteligencia española en el reclutamiento y en la información para los servicios secretos paralelos.

No obstante, España no llegó a participar en las reuniones anuales que celebraban en Bruselas los responsables de los servicios secretos de Italia, Reino Unido, Alemania, Francia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, según reveló el general Fausto Fortunato, director general de la inteligencia italiana entre 1971 y 1974. La permanencia de Franco en el poder y, sobre todo, no formar parte de la OTAN eran argumentos de peso suficientes como para mantener a España fuera oficialmente de la organización secreta paramilitar.

En los días sucesivos una nueva revelación echaba más leña al fuego y colocaba a Canarias en el centro de la polémica de la trama Gladio.

Alberto Volo, un antiguo agente secreto, excoronel del Ejército italiano, declaró al programa Informe Semanal de TVE que entre 1966 y mediados de los años 70 se realizaron entrenamientos, en los que él mismo participó, impartidos por instructores estadounidenses en varios emplazamientos de Gran Canaria, concretamente en un campo de tiro en La Isleta, en una zona próxima a Tejeda y en Maspalomas, donde la Agencia Espacial Norteamericana (NASA) instaló en los años 60, en colaboración con el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial, dependiente del Ministerio de Defensa, una estación de seguimiento para la vigilancia de los cohetes lanzados por Estados Unidos al espacio.
El físico gomero Félix Herrera, que trabajó en la base espacial grancanaria desde que entró en funcionamiento, declaró a El País que el personal norteamericano que se movía por las instalaciones no era militar sino científico.

España admitió contactos, pero sin presencia en el comité de coordinación

La revelación del ex agente secreto italiano Alberto Volo, apuntando supuestos campos de entrenamiento en Gran Canaria sentó como una bomba en el Archipiélago, que apenas cinco años antes se había pronunciado en las urnas en contra del ingreso de España en la OTAN, aunque por estrecho margen.

El 11 de diciembre de 1990 el ministro de Defensa, Narcís Serra, que semanas antes había ordenado la apertura de una investigación al CESID (hoy CNI, siglas del Centro Nacional de Inteligencia), reconoció conexiones en el pasado de la red Gladio con los servicios secretos españoles, pero desmintió la participación nacional en el comité de coordinación de la trama clandestina. Se pudo constatar que dos oficiales españoles participaron en una reunión de la red celebrada en 1973, un encuentro que no tuvo continuidad en los años sucesivos, lo que corrobora el nulo peso de la España franquista en el núcleo de la organización.

La trama fue condenada por el Parlamento europeo mediante una resolución aprobada el 22 de noviembre de 1990, pero nadie resultó condenado por estos hechos. Con el paso del tiempo Gladio fue desapareciendo del foco mediático hasta recuperar su espacio natural, la penumbra, que durante tantos años ocupó.

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